Una administración pública superpoblada con amplias clientelas endogámicas o mediatizadas por la selección política; amontonada e invertebrada por la inexistencia de carrera administrativa verdaderamente profesional, segura y estimulante. El funcionario goza de la seguridad del puesto pero no del reconocimiento del esfuerzo, y los niveles influyentes de las Administraciones Públicas están saturados de asesores de nombramiento discrecional, en su inmensa mayoría, pesebreros de lujo de los partidos políticos; una clase política elefantiásica, superprotegida, bien pagada en general, relación con lo que, de acuerdo con los bajos niveles de exigencia para su reclutamiento y funcionando sin control posible, en frase del ex-presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, que vino a decir que teniendo en la Junta cientos de Directores Generales, el que quiere robar, roba y no se puede evitar.
Separatistas displicentes malversando y abusando del dinero de todos, juzgadores estrella que atribulan el ánimo con sus sentencias y comportamientos, tribunales vergonzantemente obsequiosos con sus jefes políticos; el sentimiento abrumador de una derrota política inferida por los terroristas vascos que con sangre —y la vileza de los gobernantes del Estado— señorean ahora con terrorismo verbal y burla inclemente las calles del País Vasco; tinglados sindicales vampirizando, con los partidos políticos, la hacienda de los ciudadanos y además con artilugios para incrementar la mamandurria más descarada; casi seis millones de parados; el 25 % de fracaso escolar; miles de millones de euros en socorro de la Banca y las Cajas, ya hace tiempo y no por ello llega el crédito a los empresarios; la politización y saqueo de las Cajas de Ahorros, con sindicalistas, diputados, senadores, alcaldes y hasta ex-Vicepresidentes del Gobierno esquilmando esas instituciones con avaricia e incompetencia; miles de aforados (hay países con dos o tres figuras, aquí más de diez mil); una deuda astronómica; Gibraltar hampona y desafiante; banderas nacionales vejadas e incendiadas, así como la efigie del Jefe del Estado; la Cumbre Iberoamericana que habría de ser nuestra plataforma política en el mundo junto con la U.E., desmoronándose; millones de jóvenes sin esperanza y profundamente escépticos sobre su vida y sobre la validez de una democracia que quiso ser representativa, y ahora es una partitocracia de control asfixiante y universal, en lugar de una democracia del pueblo; gentes que jalean a los criminales y participan en asaltos y saqueos cometidos en pleno día; una ex–ministra socialista que defiende el derecho a que la terrorista Inés del Rio, sea indemnizada con treinta mil euros por daños morales, a quien es responsable de veintitrés asesinatos y está en la calle.
Mala memoria histórica, memoria solo de lo malo; partidos políticos que son iglesias sectarias, gestores que se han comportado como ladrones insaciables (y con escasos riesgos) del dinero público que “al fin y al cabo no es de nadie”. Universidades en puestos remotos en todos los rankings; los peores en Pisa. Agravios longevos que quieren eternizarse. Sí. Eso es España hoy y aun mucho más. Esa es una España.
Hay otra España. Y es tan certera como la descrita.
Tenemos los jóvenes mejor preparados de todos los tiempos, nos desenvolvemos en una atmosfera de tolerancia y adaptabilidad, el nivel dogmático de nuestras creencias y actitudes, al menos en los jóvenes, rompe barreras de incomunicación; somos titulares de empresas realmente abanderadas en varios sectores a nivel mundial: disponemos de unas Fuerzas Armadas disciplinadas en la civilidad y en la competencia; una Iglesia Católica más fraterna que jamás y lo que le queda, pero lo sabe y lo quiere; un éxito del turismo y las exportaciones en tan desmedradas circunstancias; unas victimas del terrorismo que no desfallecen en la búsqueda de la justicia pero no han tenido la tentación de tomársela por su mano y por ello constituyen así el mejor fundamento moral de nuestra desfallecida democracia; nuestros millones de pobres, muchísimos nuevos pobres, sufren violentados pero sin violencia. Al contrario que los violentos que nunca carecen de alimentos y trabajo; somos un país que ríe sus penas y que es hermoso, variado y firme en los siglos… Entrenado a sufrir. También es España, también es de hoy. Y estoy seguro de que es la mayoría.
Entre tantas y tan vergonzantes heridas y traiciones, España vale la pena y aun puede movilizar raudales de alegría, vitalidad y energía.













