Descomposición partidaria

Descomposición partidaria
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

El sistema de composición de partidos políticos en España desde la Transición no fue el resultado de un proceso gradual de construcción de alternativas políticas con su correspondiente componente ideológico, sino que, por aquello de la necesidad de cambio de régimen, se montaron deprisa y corriendo unas estructuras orgánicas piramidales desde el propio régimen, donde el pluralismo ideológico de carácter clásico (democratacristianos, liberales, socialistas e incluso comunistas) quedaba diluido en opciones como derecha, centro, izquierda y nacionalistas.

Unos y otros hicieron encaje de bolillos para en aras del pragmatismo quedar institucionalizados como la única vía de representación política una vez eliminadas aquellas otras del régimen anterior. La derecha acogería a los sectores más conservadores mientras la izquierda se arrogaba el llamado progresismo y el centro actuaba de árbitro ayudado por los nacionalistas. Se habían creado los clubs, pero éstos debían demostrar su músculo político y para ello contaron con toda suerte de bendiciones, facilidades y ayudas. Desde las económicas con créditos y préstamos tan irrecuperables como la deuda, hasta un sistema de financiación en que era mejor no conocer de donde y porqué llegaban fondos (el Sr. Flick en el caso del PSOE fue en su día un clásico que nunca se aclararía al igual que las Filesas y demás vías de apoyo económico y financiero), hasta las políticas donde los supuestos intereses de Estado tapaban cualquier desafuero jurídico, institucional o administrativo.

La sustitución a partir del fallido golpe de estado (que todavía no se ha aclarado) de la Unión de Centro Democrático por el Partido Socialista Obrero Español surgido de Suresnes (con la venia de EE.UU.) dio origen a un bipartidismo cómodo donde la alternancia en el poder y su ejercicio absoluto a partir del control del resto de poderes (incluido el mediático) permitiría una cierta tranquilidad en el gobierno de turno. Desmontada la UCD por voladura interna y por intereses externos, se consolidó el absolutismo socialista basado en el clientelismo político. Había mucho dinero, cargos y estructuras orgánicas que repartir en el Estado Español al que había que cambiar para que no lo conociera “ni la madre que lo parió” según el Sr. Guerra.

No obstante, no todo eran luces en la situación. Los socialistas se encontraron con que —según el Sr. González— debían olvidar sus principios ideológicos para ser prácticos y ocupar el poder. Del “OTAN, de entrada NO” en sus primeros años, pasaron sin despeinarse al “OTAN, SI” con que el PSOE se graduaba ante sus nuevos (y antes denostados) amigos americanos que les habían apoyado en su ascenso. Igualmente su pensamiento republicano daría paso no sólo a la aceptación de la monarquía reinstaurada, sino a una complicidad total con el propio monarca. El cambio de principios por el poder motivó diversos enfrentamientos sobradamente conocidos entre quienes defendían una cosa y otra. La victoria de éstos últimos retiró a los incómodos críticos y aupó a los más pragmáticos cuya vida cambió a mucho mejor. No hubo pérdidas importantes cuantitativas, pero sí grandes pérdidas cualitativas que se paliaban con los resultados electorales procedentes ya del clientelismo político. Ellos eran los amos del España y podían hacer y deshacer a su antojo como prueba el desmontaje de las AA.PP., la eliminación de sistemas de control interno y la impunidad de muchos de sus actos. Eso “molaba” y más a quienes nunca se habían visto en una situación parecida con los “Mystere” a su disposición, la mayoría en la cúpula del poder judicial, el mundo financiero dispuesto a apoyar a cambio de tratamientos especiales, los militares controlados y el apoyo del propio Jefe del Estado (más cómodo con ellos que con UCD y Suárez). La descomposición era ideológica y esto suponía ya en aquellos tiempos la pérdida del elemento integrador básico de una organización política, del aglutinante que lo cohesionaba y sería sustituído por el poder y el dinero.

Mientras tanto la descomposición de la UCD dejaba en la cuneta del poder a los pequeños grupos que constituyeron la coalición original de Centro Democrático. El “¡sálvese quien pueda!” resonó como un aldabonazo y cada cual intentaría buscar cobijo en la nueva Alianza Popular (democristianos y algún liberal despistado) o en el propio PSOE (socialdemócratas) quedando unos irreductibles y escasos liberales y otros fieles a Suárez al margen de la política y del futuro de España. El bipartidismo estaba consolidado con la justificación de la gobernabilidad y refrendado por el injusto sistema electoral.

Mucho ha llovido desde entonces y demasiados acontecimientos han ocurrido en la descomposición partidaria actual. No ha sido un proceso contundente ni rápido, sino un proceso gradual y progresivo motivado por una creciente desafección política (lógica ante la falta del cemento ideológico de valores y principios) que ha hecho caer la venda del supuesto “estado de bienestar” de los ojos de los ciudadanos, para darse cuenta de que los habían endeudado sin consultarles y que se habían endeudado o perdido patrimonio y empleo por intereses oscuros nacionales e internacionales. La indignación estaba servida y será muy difícil aplacarla con los paliativos de “postureo” lampedusiano. Los cambios políticos en el horizonte son irremediables en unas sociedades que se sienten engañadas y estafadas por quienes dicen que los representan pero que, en realidad, parecen estar más al servicio de intereses prácticos que de los ciudadanos.

La irrupción de un movimiento ciudadano político como “Podemos” ha venido a revolver el sistema cómodo y engañoso en que vivíamos, revolviendo además las estructuras del mismo. Todos han debido recolocarse, refundarse o reinventarse ante lo que se les puede venir encima: nada menos que la pérdida de la bicoca y los privilegios de que han gozado durante décadas al socaire de la “gobernabilidad”. La imagen es la del hormiguero donde una simple ramita en su entrada provoca la salida, escapada o defensa del mismo, pero todos buscando su propia e individual salvación. El barco se ha hundido y la lucha por los botes salvavidas ahonda la descomposición partidaria. Unos (PP) tratan de mejorar su imagen a base de “legislar” compulsivamente y mantenerse en el gobierno, pero han legislado contra su propia ideología y se desangran por las grietas de la corrupción abiertas en muchos frentes. Otros (PSOE) están inmersos en tantas contradicciones y corrupciones como sus adversarios hasta el punto de no reconocer su identidad original, obligados a decir y desdecirse (también su cemento ideológico se cambió hace muchos años) y se les abandona precipitadamente. La izquierda, supuestamente “unida” cayó también en la tentación del poder y el dinero que corrompe entre sus directivos, tanto sindicales (como en el PSOE) como orgánicos. Las cadenas de transmisión nunca fueron buenas más que para estrategias políticas.

La crisis ha atacado también al único cementante que sustituyó a las ideas: el dinero. Las burbujas de todo tipo se multiplicaron en estos supuestos años de bienestar a costa del crédito y el endeudamiento de las entidades, de las personas y del propio Estado ha requerido una cierta cirugía de hierro que, como es lógico, ha repercutido también en las organizaciones políticas, sindicales y sociales. El clientelismo sufragado con fondos públicos se ha resentido y, con ello, todos los beneficiados de subvenciones, contrataciones y artificios contables administrativos creando nuevos enfrentamientos partidarios que ayudan a la descomposición.

La desafección a la Política es quizá una de las situaciones más graves a que un país puede enfrentarse. No digamos cuando ésta se extiende como una mancha por todo lo que se considera a sí mismo ejemplo de democracia. En Europa occidental tal desafección ha sido estudiada y analizada por algunos expertos y así para el período de 1975/2005 se publicaron los siguientes datos:

a) Afiliación a los partidos……………. 8% (1980)……………… 5% (2005)

b) Identificación de partidos……….. 17% (1980)…………….. 25% (2005)

c) Volatilidad……………………………….. 8% (1980)…………….. 10% (2005)

d) Abstención……………………………… 17% (1980)……………. 25% (2005)

Las cifras generales resultan demasiado bajas, pero es más significativo aún el marcado descenso de afiliación y el crecimiento de la abstención.

¿Qué ha ocurrido para que lo que debía ser una tarea ilusionante para los ciudadanos les haya producido esa decepción? Volvemos a España y a sus próximas convocatorias electorales y nos encontramos con la intención de voto siguiente (16/2/2015):

  • “PODEMOS”: 24,6%.– A pesar de que aún no está definido ni concretado su programa político de carácter transversal, lo que significa que, más que por mérito propio, le beneficia el demérito ajeno (en un buen porcentaje del PSOE e IU, pero también de centro).
  • “PP” : 22,5%.– Se intenta mantener en cabeza a pesar de que las reformas o reajustes le han supuesto casi la mitad de su electorado (clases medias, pequeña y mediana empresa y autónomos) por su presión fiscal y administrativa sobre ellos. El problema es que tales reformas (necesarias para ajustar el déficit) no han tocado un pelo de las excrecencias institucionales de las AA.PP., de sus cúpulas directivas, de las situaciones de privilegio y, sobre todo, del sistema autonómico a quienes se les perdona sus excesos. Si a eso le añadimos los casos judicializados pendientes y la rebelión de sus barones, tenemos la imagen del partido que sólo se mantiene por su situación de gobierno.
  • “PSOE”: 19,5%.– Es quizá el partido más descompuesto, junto a IU, en el momento actual en que trata de refundarse, pero es incapaz de salir de sus propias contradicciones. No puede “estar en misa y repicando” al mismo tiempo y sus numerosos y abultados casos de corrupción, han provocado la mayor decepción de sus votantes. Si a eso añadimos los escándalos de su sindicato, entenderemos mejor la situación.
  • “CIUDADANOS”: 13,4%.– Como en el caso de “PODEMOS” está recogiendo la frustración y la sangría electoral del “PP” por una parte, pero también del “PSOE” por aquello de su transversalidad. Es una situación que les lleva a uña de caballo por la rapidez de los cambios y su reto es poder ir por delante en lugar de a remolque de los acontecimientos. Tiene un serio “handicap” con el hecho de la vinculación a Cataluña de su líder que recuerda en buena parte lo ocurrido con la “Operación Roca” en su momento así como con su estructura organizativa para ser operativo y funcional (responder a los problemas reales de los ciudadanos).

Los casos de otros partidos —como la propia IU— con escándalos también en su sección sindical y abandonos en la formación de las personas elegidas por sus militantes, —tal como parece ocurrir en UPyD— o los desencuentros en CiU, pintan un panorama desolador de cara a un año electoral.

Parece que la descomposición está servida en los órganos que debían servir para representar a los ciudadanos en el ejercicio de su soberanía. Y ello ha ocurrido por varias circunstancias, entre las que destaca precisamente la representación indirecta (podríamos llamar) organizada piramidalmente desde las cúpulas de los partidos y organizaciones sociales, más proclives al entendimiento con los poderes económicos o los intereses parciales de unos cuantos en detrimento de la mayoría social. El sistema de representación ha defraudado a sus representados, que se han visto obligados a preocuparse directamente de los asuntos públicos además de sus asuntos particulares. La indignación no solo es por sentirse engañados por sus administradores o representantes, sino también por sentirse con esa nueva obligación ciudadana —a la que éramos tan ajenos sumidos en nuestras comodidades.

Los pronósticos hacia el futuro presentan un panorama electoral bifronte: más de lo mismo con los partidos tradicionales, o riesgo de gobernabilidad con los “novatos” sin un proyecto definido, algunos de los cuales empiezan a mostrar “tics” muy parecidos en su organización partidaria a los anteriores.

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