Derivas partidistas

Derivas partidistas
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Según el art.º 6º de la Constitución Española “los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funciones deberán ser democráticos”.

Por otra parte, la palabra “deriva” significa la falta de rumbo o de sentido de algo que inicialmente pudo tenerlo, pero que —como se dice coloquialmente— “ha perdido el norte”. No sabe dónde está, ni adónde se dirige. Es más, ha olvidado incluso sus intenciones de llegar a algún sitio. Tal deriva puede estar influida por agentes externos o puede deberse a la simple incompetencia de quien guía la nave, tal como parecen indicar los muchos sesgos, bandazos y piruetas ideológicas, de quienes en teoría debían ser ejemplo de solidez (que no inflexibilidad) intelectual y política. En definitiva, han perdido su razón de ser y por ello desaparecen.

Ha ocurrido con ideologías clásicas como el marxismo, el socialismo o la democracia cristiana y el liberalismo que se han intentado “refundar” o camuflar con otros nombres. En algunos casos puede que hayan acertado, en otros se han convertido en el esperpento de idearios prefabricados por las multinacionales con arreglo a sus propios intereses. Que no son precisamente “manifestación de la voluntad popular”. La voluntad popular en cambio es moldeada a conveniencia de quien paga y los partidos se convierten en agentes de propaganda a su servicio.

No obstante, hay que tener en cuenta la desafortunada redacción del texto constitucional ya que los partidos, para expresar el pluralismo político, deberían ser una auténtica caja de resonancia social en lugar de pretender que sea al revés (la sociedad tiene que aceptar lo que ellos establecen). La “soberanía nacional de la que emanan los poderes del Estado” pierde su condición ya que, de donde emanan tales poderes en la práctica, es de los partidos. Mejor dicho, de sus cúpulas, ya que el debate interno es inexistente y hay pocas “luces” que brillen más allá de los liderazgos precocinados y engrasados con el dinero público. Cargos, privilegios y subvenciones públicas sirven para engrosar “ideológicamente” las militancias que, de otra forma verdaderamente altruista o ideológica, se verían notablemente mermadas. La compra de votos ya es una práctica y todo depende de quien ofrezca más.

Todo esto es aplicable al panorama político español, pero también al de los países de la UE donde se ha aplicado (en general y salvo excepciones) de una forma generalizada. El incentivo moral de las ideas ha sido sustituido por el incentivo económico al servicio de las ideas. Todo ya es industria (política) o negocio (político) más o menos disfrazado de “ideales”.

Por eso ya no llama la atención el funambulismo político. Está asociado a intereses personales de quienes lo ejercitan y pretenden además que se tomen como dogmas de nuevo cuño, cuando lo que esconden son intereses de poder o económicos (que en estos tiempos equivalen a lo mismo). Por eso no sorprende que quienes dicen defender a las clases más desfavorecidas, las utilicen para ser ellos mismos “clase favorecida”, ofreciendo una imagen patética y servil hacia el capitalismo mundial y sus “ideologías”.

Por eso se entiende cómo se puede impulsar desde el poder y la influencia a quienes no se rebelarán ni cuestionarán las imposiciones que reciban. Por eso todos quieren estar bajo el paraguas ideológico/económico de los “poderes salvajes” (Luigi Ferrajoli) que no acatan normas, sino que las establecen. Por eso finalmente, el supuesto espectro político del pluralismo ideológico se limita a aceptar por igual un perfil político bajo, tibio, inane y banal. Todos son y pretenden lo mismo: ganar el concurso electoral no por sus conocimientos, experiencia o liderazgo natural (no artificial), sino por su fotogenia, su capacidad de persuasión a gentes a quienes desprecian en el fondo, o por su habilidad para hacer juegos de prestidigitación política desde la propaganda, el engaño y la manipulación mediática (los medios, salvo excepciones, son ya parte del sistema).

En el movimiento del “15M” se equiparaba a los partidos del bipartidismo (PP y PSOE), tanto en sus ideas y programas, como en sus hechos de gobierno, todos ajustados a los “poderes” imperiales. Tampoco se libraban de crítica las organizaciones sindicales oficiales que, junto a IU, intentaron apropiarse en su momento del movimiento camuflándose en el mismo al que, por su experiencia en el activismo asambleario, lo fueron llevando a su terreno aprovechando para convertirse también en “casta” plegada a quienes la financian. Todo bajo el rancio engaño o “mito de la izquierda” (Bueno).

Pero… ¿qué ocurre con el “mito” de la derecha? Partiendo de lo que se llamó Alianza Popular que recogía los restos de la UCD tras su voladura interna controlada, pretendía defender una posición más conservadora (dentro de la socialdemocracia), a la del equipo rival (también socialdemócrata) formado igualmente con las bendiciones y ayudas del gobierno de EE.UU. a través de Alemania. Los partidos no son consecuencia de la “voluntad popular” sino que la “conforman” para que quede dentro de lo correcto. El refundado PP tuvo su nomenclatura trufada de “corrección” política que ha impedido en sus hechos de gobierno, algo distinto a lo establecido. Ni siquiera una mayoría absoluta que le permitía hacer una política propia fue posible ya que, al parecer, no existía. Entre complejos y seguidismo, ha ido marchando por la senda que marcaban sus adversarios (supuestos).

Había un denominador común llamado “corrupción” que en distinta medida los equiparaba. Cada uno se sentía capaz de hacer en sus nuevos dominios autonómicos y municipales lo que quisieran. Los estatutos hacían posible incluso modificar el texto constitucional por vía de las leyes que emanaban de él. El reparto de cargos en los otros poderes que debían controlarse recíprocamente y las “puertas giratorias”, llevaron a la política del pragmatismo o cortoplacismo de los intereses personales. Y surgió “Ciudadanos” como adalid de la honestidad -y posiblemente con el apoyo de intereses -que rápidamente fue colonizado por los viejos resabios partidarios. Los resultados de su gestión son conocidos y, al igual que otros partidos anteriores, se irá diluyendo poco a poco al perder tales apoyos.

El paisaje actual no es para entusiasmar a una “soberanía” que está hasta las narices de que se la utilice a conveniencia. De votar por algo que luego no cumplirá la parte del contrato que le corresponde. Y se sienten engañados, estafados y ofendidos al sentirse tratados como ignorantes. La abstención es una opción política legítima ante la deriva en los partidos en la representación política de los ciudadanos. Una legitimidad que irá convirtiendo en “ilegítima” la representación institucional.

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