A propósito de un despropósito

Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores y autor de "La historia del poder". En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.
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Uno de los personajes más logrados de esa manifestación de sentido del humor, y añadidamente de sentido común, con el que nos divierte José Mota en televisión, hace huir a cuantos se le acercan con una sola frase “¿Dices tú de mili?” que preludia monserga insoportable. Y hete aquí que a propósito del asunto Garzón, la frase con que pretenden resolver los problemas reales de nuestro presente es “Hay que hacer otra transición“. Cuesta creer que, mirando al futuro, los españoles de hoy no tengan la misma predisposición a la huida de quienes realimentan dentro de sí una pasión de venganza sobre lo acaecido con Franco, incluido como referente inmediato el fiscal jubilado, Jiménez Villarejo, del que no se conoce ninguna palabra más alta que otra, durante el antiguo régimen, del que fue funcionario ya desde el año 1962, cuando algunos auténticos opositores, sufrieron represión durante el franquismo.

Azaña, intelectual sólido, español admirable, viendo las consecuencias terribles del desastre civil desatado, pronunció en 1939, con sentido horror y dolor, la frase ¡Paz, Piedad, Perdón! Antes, en la “Jornada de Benicarló” apuntó un diagnóstico sobre nuestra iracundia genética: “el enemigo de un español es otro español, otro español que le hace tascar el freno, contra el que busca el desquite. ¿El desquite de que ofensa? La ofensa de pensar contrariamente”.

Existe una bibliografía abrumadora sobre la Guerra Civil, sobre la revolución interna de la zona republicana, sobre los ajustes de cuentas de cada bando. Si se leen varias fuentes y a diversos autores, el resultado tétrico de horrores, crueldad y bestialismo deja una balanza con platillos que pugnan vergonzosamente por querer equilibrarse. La transición tuvo conciencia plena de lo que significaba lograr pasar página sobre ese periodo y quiso recuperar el espíritu de las palabras dolidas de Azaña. La expresión de apostar por la paz e invocar el perdón se materializó en la Ley de Amnistía, una ley
que, conviene recordarlo, reivindicó la izquierda. Pero, además, la transición fue pilotada por un partido, UCD, que buscó y logro el consenso. De ahí la actual Constitución que es la más estable de nuestra historia. UCD se consumió en el intento, pero desde 1977 a 1982 una clase política con líderes nacionales tan distintos y distantes como Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga y Santiago Carrillo lograron amplios espacios de consenso sin que, además, se produjeran escándalos de corrupción, casos de enriquecimiento o abusos de poder y privilegio como los que posteriormente nos han abrumado. Y hete aquí que para algunos españoles como los que identifica Azaña, procede ahora el desquite, encubriendo algo tan legítimo tan respetable y tan humano como encontrar a sus muertos, acción que las leyes admiten y encauzan por las vías establecidas, con algo tan sorprendente como tratar de ajustar cuentas con el pasado.

Dicen que la justicia universal no admite la Ley de Amnistía promulgada por la democracia. Convendrá entonces definir el concepto de universal y el tiempo al que abarca su aplicación, porque entonces cabría, por ejemplo, someter a examen la conducta de esclarecidos lideres históricos como Churchill y Roosvelt que con la Alemania ya derrotada en 1945, decidieron enviar mil bombarderos sobre la ciudad de Dresde y causar la muerte de más de cuarenta mil civiles. ¿Fue un crimen de guerra? Una mayoría de historiadores así lo sostienen, pero ningún juez ha pedido la lista de quienes dieron o ejecutaron la orden. Durante décadas, regímenes ya extinguidos han sumado horrores a la historia universal reciente. China, Rusia, los países del Este, Argentina, Chile, la Cuba actual, sin que la justicia universal alcance a examinar el Quien es Quien, entre muertos y vivos, a los que llevar ante Tribunales de no sabemos donde.

Parece innegable que una característica de la época, en lo que respecta a la masa de votantes, es la ilimitada capacidad de soportar manipulación que tiene el integrante de esa masa. Los que se consideran más avisados se malician que este “ruido” potente al que se apuntan los cuatro poderes, al dirigir la mirada pasional al siglo XX, está encubriendo la poquedad creativa, la falta de auténticos lideres, para afrontar los auténticos retos de este siglo XXI en el que la transformación de la Sociedad alcanzará manifestaciones que aún no somos capaces de predecir. Garzón no tiene un problema si cree en la Justicia, como debe ser en un juez justiciero, por otra parte admirable en su actuación contra el terrorismo, pero menos admirable en su incursión política. Podríamos preguntarnos, no sin ingenuidad, porqué a los funcionarios adscritos a la milicia se les exige abandonar su carrera si optan legítimamente por la acción política y a un poder más influyente socialmente como el de los jueces, se les permite entrar y salir, para ejercer políticamente en una y otra zona de su actuación.

Abel Cádiz

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