Un semáforo para gobernar Alemania

Un semáforo para gobernar Alemania
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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Lo apretado de los resultados electorales en los comicios que han de designar al sucesor de la canciller Angela Merkel arrojan una primera consecuencia: que la señora Merkel permanecerá interinamente al frente del país al menos por seis meses más. Es el tiempo que precisarán los jefes de filas del Partido Socialdemócrata (SPD) y Cristianodemócrata (CDU) para conformar una coalición que permita a la República Federal de Alemania un gobierno estable y a los Veintisiete miembros de la Unión Europea saber a qué atenerse para un próximo futuro cargado de grandes retos. 


Si el enorme volumen de los votos por correo no cambia el escrutinio final parece que el vencedor de estos comicios es el hasta ahora vicecanciller, el socialdemócrata Olaf Scholz, cuya moderación, tanto en el discurso como en su actuación al frente de la Economía y las Finanzas de Alemania han afianzado el indiscutible liderazgo germano en Europa en la pasada legislatura. Conforme a los usos de la moderna política alemana es, pues, el candidato al que se le encargará armar las alianzas precisas para conformar un gobierno estable para los próximos cuatro años. 


Para Scholz el 26% de los votos es a todas luces un gran triunfo, toda vez que su partido venía del peor resultado registrado desde la década de los años cincuenta del siglo pasado. No es el caso en cambio del controvertido Armin Laschet, que ha rebajado notablemente el suelo del 33% que cosechó la propia Merkel en las elecciones de 2017 al frente de la coalición CDU/CSU. Entre ambos grandes partidos apenas consiguen la mitad de los sufragios, lo que rubrica la profunda atomización de la política germana, como en los demás países europeos por otra parte, y exige la entrada en la ecuación de otros actores. 

Evitar el riesgo de parálisis de la Unión Europea

En buena lógica Scholz debería lograr, tras largas y a buen seguro arduas tractaciones, una coalición tripartita que en Alemania ya se denomina “semáforo”: el rojo del SPD, el verde de los ecologistas de Annalena Baerbock, y el amarillo de los liberales  del FDP de Christian Lindner. Entre los tres superan por poco la mitad del electorado, pero sería suficiente para evitar tanto la repetición de la Grossen Koalitionen del SPD con la CDU como la entrada en la ecuación de Die Linke (La Izquierda), la marca utilizada por los antiguos comunistas de la RDA para suavizar su presentación ante un electorado que abomina por igual del nazismo y del comunismo, las dos plagas soportadas por la que la actual RFA, a pesar de tales estigmas, es la líder indiscutible de la UE y la cuarta potencia económica del mundo. 


Desde una perspectiva europea amplia, y en aras de la urgencia que exige afrontar los retos globales en presencia, sería deseable que las negociaciones no se prolongaran en exceso, so pena de sumir a la paquidérmica UE en la parálisis, al menos hasta bien entrado el primer trimestre de 2022. Pero, además de las cuestiones internas a discutir, resulta más que evidente que lo que acuerden los integrantes de la nueva coalición de gobierno germana va a proyectarse inexorablemente sobre el resto de Europa. 


Si hay algo en lo que no hay discrepancias respecto del legado de Merkel es en que, a pesar de sus luces y sombras, ha dado estabilidad a una UE que ahora habrá de vérselas con la abierta confrontación entre Estados Unidos y China y sus correspondientes derivadas. El nuevo canciller tiene por tanto sobre sus espaldas el reto enorme de reforzar la Unión Europea y encarar las fuertes turbulencias que se avecinan. Si dudare en semejante cometido la primera consecuencia será la desconfianza de una ciudadanía europea que acaba de despertar de su sueño de prosperidad sin riesgos, lo que alimentaría no poco a los que dentro y fuera de la UE azuzan a los perros del nacionalismo, la fragmentación e incluso la implosión de la mejor experiencia de convivencia voluntaria que ha vivido el Viejo Continente en toda su historia.  


En clave interna alemana, pero también como ejemplo para el resto de europeos, sería deseable que la nueva coalición reformara su propia ley electoral, siquiera para no aumentar hasta niveles preocupantes el número de diputados. En teoría el Bundestag cuenta oficialmente con 598 escaños, pero en la legislatura ahora concluida eran 709 y en la anterior 631. Cuando concluya el escrutinio de las actuales elecciones podrían oscilar hasta el entorno de los 850, lo que resulta a todas luces un exceso. Ello se debe al sistema electoral por el que cada votante emite dos sufragios: en el primero vota por su representante en su propia circunscripción electoral, y en el segundo vota por una lista de partido.

La mitad de los escaños se asignan por mandato directo, y la otra mitad por candidatos de las listas de partido. Pero, si un partido lograra más mandatos directos de los que le corresponderían por el segundo voto el propio sistema genera más escaños para asegurar la proporción, pero además compensa a los otros partidos. El resultado es que, caso de seguir en esa dinámica, el edificio del antiguo Reichtag se quedaría pronto pequeño para albergar a tanto representante de la soberanía popular.

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