Patada al tablero político peruano

Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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El resultado es contundente: el sindicalista y profesor rural marxista Pedro Castillo ha ganado las elecciones peruanas. Y, después de que los observadores de la Organización de Estados Americanos (OEA) señalaran la limpieza de los comicios, parece harto difícil que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) altere ese resultado. Cierto es que la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, no se resigna a la derrota y ha impugnado la validez de unos 200.000 votos, pero resultaría muy sospechoso que la ONPE anulara la totalidad de tales sufragios en disputa para darle la vuelta por completo al escrutinio y colmar así la desventaja de Fujimori de unos 90.000 votos respecto de su rival. 

Sin embargo, lo que realmente ha encendido todas las alarmas entre la clase política peruana es que la irrupción de un izquierdista radical al frente del país como Castillo ponga patas arriba el actual marco político. Algo que el candidato de Perú Libre, marca tras la que se agrupan neocomunistas partidarios de una revolución semejante a la chavista, no se ha molestado en desmentir. 

A esa hipotética transformación del sistema político de Perú se oponen ya numerosos diputados de un Parlamento que habrá de entregar sus escaños a quienes ganaron las elecciones legislativas del pasado 11 de abril. La nueva Cámara, que debería constituirse el próximo 28 de julio, tendría como primer partido a Perú Libre, precisamente, con 37 escaños sobre un total de 130, seguido de Fuerza Popular, con 24 curules. Los 79 escaños restantes se reparten entre otros ocho partidos, que van de la izquierda moderada a la extrema derecha, lo que obligaría al presidente de la nación a pactar para sacar adelante cualquier reforma. 

Temen muchos de estos legisladores que Castillo cambie el marco constitucional para hacer posible su revolución. Y, ante esa posibilidad, ya se ha puesto en marcha una maniobra tendente a darle una patada al tablero institucional antes de que sea Castillo el que lo realice. 

La maniobra ha salido a la luz al saberse que el actual presidente provisional, Francisco Sagasti, ha sido amenazado con un ‘impeachment’ (destitución) por varios diputados si no se aviene a sancionar una reforma exprés de la Constitución. Todo ello, antes del 28 de julio, fecha en la que también habría de entregar la banda presidencial a su sucesor.

Rebajar los poderes y cortar las alas al presidente

La presunta reforma constitucional consistiría en aprobar hasta doce enmiendas, todas ellas encaminadas a recortar drásticamente los poderes del presidente del país en favor del poder legislativo. Y a este, además de una Cámara de Diputados reforzada, se le complementaría con un Senado. 

El presidente Sagasti cuestionó públicamente estas prisas por una reforma tan profunda de la ley fundamental del país e incluso adujo, para impedir que se consume, la presunta violación del artículo 206 de la Constitución, que exige un amplio debate de las pretendidas reformas, además de una amplia aceptación de su contenido. A juicio de Sagasti, pretender debatir y aprobar doce enmiendas en apenas una semana, y por diputados que ya ejercen su potestad en lo que en términos deportivos son los minutos de la basura, es una manera de darle una patada al tablero institucional. 

Los diputados díscolos no se resignan y han amenazado a Sagasti con destituirle. Sería el tercer presidente, después de Martín Vizcarra y de su propio sustituto, Manuel Merino, en apenas seis meses, toda una plusmarca de inestabilidad. 

Estas maniobras delatan la gran batalla –esperemos que solo sea política- que se avecina en Perú, escenario que no han resuelto estos comicios, antes bien la polarización del país tiende a hacerse todavía más aguda y peligrosa, en un momento en que los grandes problemas que padece la sociedad peruana –el mayor número de muertes por COVID-19 del planeta en términos relativos, multiplicación de los índices de paro y avance incontenible de las colas del hambre-, precisarían de unidad, un objetivo que, a tenor de estos hechos, se antoja imposible.    

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