Israel demuestra que la educación y la investigación son las armas más poderosas en un mundo globalizado

Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

El mismo año, 1986, en que se incorporaba a Europa, España terminaba también con una anomalía, la falta de reconocimiento del Estado de Israel y la consiguiente ausencia de relaciones diplomáticas. Treinta años después los perfiles de ambos países han cambiado sustancialmente, pero muestran en cambio grandes diferencias respecto de su integración en el actual mundo globalizado.

España ofrece inquietantes síntomas de caer de nuevo en la nefasta tentación del ladrillo, ahora que parece enfilar la recta que conduce al final de una larga y dolorosa crisis. Por el contrario, Israel ha aprovechado la coyuntura para conformar una sociedad donde lo que prima es la famosa ecuación I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación), y que de manera sostenida le está llevando a disputar el liderazgo a Estados Unidos, China, Corea o la Unión Europea en los avances tecnológicos a escala global.

Esta es una de las principales conclusiones que se extraen del intenso debate, celebrado a lo largo de dos días en el Centro Sefarad-Israel, con el que se cierra un año de actividades conmemorativas en ambos países de aquel histórico establecimiento de relaciones diplomáticas.

Desde la creación del Estado de Israel en 1948, y hasta bien entrada la década de los ochenta, la principal actividad económica israelí era la agricultura; sus naranjas competían entonces con las de la Comunidad Valenciana por los mercados europeos. Desde entonces, Israel ha cambiado esencialmente la estructura de su PIB, de manera que a fecha de hoy el 45% de sus exportaciones son tecnológicas, pura propiedad intelectual. En cualquier teléfono móvil u ordenador, o en miles de medicamentos, aunque estén fabricados en Estados Unidos, Suiza o Corea, hay numerosas patentes israelíes, cuyos royalties componen un capítulo cada vez más abultado en sus exportaciones.

Este tipo de modelo no se improvisa, como afirma Gil Cidrón, presidente de la Cámara de Comercio España-Israel. El país apostó desde siempre por la educación en la excelencia, de modo que se ha convertido en el país del mundo con mayor número de técnicos superiores, ingenieros en todas sus ramas especialmente, en relación con su número de habitantes. Y, en términos absolutos, Israel tiene tantas empresas de alta tecnología como toda la Unión Europa junta. Más de 300 centros de innovación se albergan en los 21.000 kilómetros cuadrados de Israel, equivalentes al territorio que ocupan Galicia o el País de Gales.

Como es obvio, los ocho millones de israelíes no conforman un mercado suficiente para absorber tal cantidad de innovación, por lo que su salida natural es la exportación. Y es en este aspecto en el que la práctica generalidad de los ponentes reunidos en el Centro Sefarad-Israel coinciden en apuntar a la firme alianza y cooperación con España para dar salida a tan ingente cosecha de talento.

Ciertamente, España se ha beneficiado e implementado la tecnología israelí del riego gota a gota, “que ha cambiado el paisaje de Andalucía y Murcia, por ejemplo”. Pero, también de las técnicas de desalación y depuración de aguas, lo que representa un auténtico mar de oportunidades en vista de la desertización creciente de muchas regiones como consecuencia del cambio climático.

No es fácil, sin embargo, copiar literalmente el modelo israelí. Como señala Itzik Goldwasser, del Yissum Technology Transfer (Universidad Hebrea de Jerusalén), hace falta un entorno sociopolítico muy especial. No hay muchos casos en el mundo en que un país, tan pequeño territorialmente, esté rodeado geográficamente por adversarios, incluso enemigos, muchos de los cuales preconizan y ansían su destrucción, lo que determina que todos los jóvenes israelíes cumplan un servicio militar obligatorio de tres años.

Ello no impide que las universidades hebreas hayan consolidado centros de investigación punteros, plenamente ligados a la industria, que a su vez impulsa con sus demandas, y su dinero, los grandes hallazgos. Asimismo, la sociedad israelí ha interiorizado plenamente que para inventar o crear un determinado producto hace falta invertir, asumir grandes riesgos (entre ellos el no menor de perder la inversión) y, sobre todo, el fracaso, porque ningún gran descubrimiento surge al primer intento, ya que normalmente antes de encontrar lo que se busca surgirán numerosas pruebas fallidas. Eso sí, la experiencia ya demuestra que un solo gran hallazgo compensa todas las inversiones anteriores y permite resarcirse ampliamente de las hipotéticas pérdidas precedentes.

Que Israel invierta nada menos que el 4% de su PIB en I+D+i (cuatro veces más que España y casi el doble de la Unión Europea) le está suponiendo que coseche unos retornos cada vez más abultados. Baste como comparación que el solo Yissum Technology Transfer ingresa 1.000 millones de dólares anuales por la cesión de sus patentes, que no vende nunca, frente a los escuálidos 6 millones de dólares que por el mismo concepto ingresa la Universidad Politécnica de Madrid.

Israel empieza a ser conocido como una Start-Up Nation, una cualidad que le permite encarar con todas las perspectivas favorables la feroz competencia de un mundo imparablemente globalizado, pese a la inútil resistencia de quienes no quieren darse cuenta de que ya estamos en otra era.

Esta faceta sorprende cada vez más al creciente número de españoles que visita Israel, de la misma manera que los 350.000 israelíes que visitan España cada año (en 2016 ha sido el principal destino de los turistas israelíes) descubren raíces y rasgos de su identidad, que ya se habían diluido en el magma de su boyante sociedad. Si hay un denominador común en el que coinciden especialistas de la historia como José Antonio Lisbona, Florentino Portero, Mario Sznajder y Ruth Fine; observadores cualificados como Henrique Cymerman, Eduardo Serra y Yigal Palmor, y diplomáticos como Ignacio Ybañez o Daniel Kutner, es en que las sociedades española e israelí son mucho más parecidas (talante, convicciones, cultura e incluso humor) de lo que ellas mismas creen de sí mismas. Y que el mejor conocimiento mutuo facilitará que ambas prosperen en los difíciles y convulsos años que se avecinan.

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