Este titular de un prestigioso diario digital vuelve a poner sobre la mesa el muy complicado asunto de los Presupuestos Públicos para el ejercicio de 2017.
Por otra parte, un reconocido economista, comentaba hace unos días lo difícil que resulta el cargo de ministro de Hacienda, hoy pretendo entender porqué no salen las cuentas públicas en un Estado que ha perdido su soberanía económica y ha vivido por “encima de sus posibilidades” con cargo al déficit.
España, según todo el mundo afirma, a partir de la Transición experimenta una mejora importante y se coloca entre los países o naciones a quienes hay que tener en cuenta en los círculos más restringidos como el célebre G.8. Pero, lo más importante, es saber cómo se produce esa mejora en infraestructuras, equipamientos y servicios y a costa de qué precio.
Pues bien, España, los españoles y sus gobiernos descubrieron lo artificial de la economía: no hacía falta producir bienes para dar la apariencia de un desarrollo que no se basaba más que en el crédito. Los bienes los producían otros y nosotros pasamos a consumirlos con exceso. Se había abierto el grifo del dinero inexistente que nos permitía pagar no sólo las necesidades reales, sino todos los caprichos, públicos y privados.
Fue en la década de los 80 cuando el déficit, las burbujas, empezaron a brotar tanto en lo público (presupuestos), como en lo privado (créditos). Todo tenía valores inflados: la vivienda, los coches, los terrenos, la ropa, la alimentación y… ¿porqué no? el ocio. Tanto el sector público como el privado actuaban como si les hubiera tocado “el gordo” de la lotería. Eramos los nuevos ricos de Europa y actuábamos como tales, sin medida y sin control.
El presupuesto del Estado pasó de golpe de unos 800.000 millones de pesetas con los gobiernos de UCD, a unos 17 o 18 billones de pesetas con el PSOE y, desde entonces, no ha dejado de crecer hasta los 436.370 millones de euros (calcúlese en pesetas) en el pasado ejercicio de 2016. Las AA.PP. vieron aparecer en su seno todo tipo de “empresas públicas” con miles y miles de puestos de trabajo, donde colocar a los muchos compromisos personales, políticos, sindicales, etc.etc. Empezaba a funcionar el “clientelismo político” o, lo que es lo mismo, la compra de voluntades y apoyos electorales con cargo a los presupuestos. La nómina de “empleados públicos” crecía con cada ejercicio y, de paso, las cifras de desempleo (de trabajo productivo real) se maquillaban ( Andalucía, por ejemplo, tenía una cifra aproximada del 30% en el año 1982). Mientras tanto iba creciendo nuestro déficit y debíamos endeudarnos para pagar nuestra “modernidad” pública. Esa que, según nos dicen, envidian otros países más ricos.
Nadie prestaba atención a todas estas cifras pues, al fin y al cabo, muchos vivían de la misma forma: de prestado. Las entidades bancarias y crediticias “fabricaban” moneda circulante (ficticia) para el consumo de bienes que, en su mayor parte, ya procedían del exterior. Nos endeudábamos para que las economías de otros países funcionaran mejor. Una economía de papel venía a sustituir a la economía real. Se había conseguido la cuadratura del círculo: gastar mucho, teniendo muy poco, pero… ¿quien pagaba la fiesta?
La fiesta se paga con los impuestos sobre los ciudadanos a los que hay que convencer de que “Hacienda somos todos” con que se nos bombardea desde todos los medios de comunicación, publicidad que por cierto tiene también su coste clientelar. Todo ello bajo la presión del pensamiento único socialdemócrata que se ha instalado en nuestra sociedad, por mucha cosmética manipuladora ideológica que se haga. Pero la fiesta también la pagaban otros países europeos vía fondos de desarrollo, estructurales o con cualquier otro nombre. La Europa del norte mantenía y pagaba la del sur, lo que provocó no pocas reprimendas a los gobiernos respectivos. Luego estaban los “inversores” que compraban deuda pública con sus intereses (deuda de difícil recuperación tal como están las cosas). Menos de la riqueza nacional, el dinero parecía fluir por todas partes.
Hoy, el titular a que nos referimos, viene a abundar en lo que parece un enfrentamiento de dos posiciones en el mismo partido: una más liberal (según dicen) del Sr. Guindos y otra más socialdemócrata del Sr. Montoro. La cuestión es ¿cual de los dos ganará el pulso si, tanto uno como otro, tienen la confianza de su partido y del presidente del gobierno? La responsabilidad de la Economía en general se supone que es -o debe ser- superior a la de las simples cuentas públicas, pero en realidad parecen imponerse las tesis de Hacienda y, claro, así nos luce el pelo: miles y miles de empresas cerradas, hartas de la persecución fiscal y administrativa y de la inseguridad jurídica de las normas fiscales; millones de empleos que pasan a depender de los presupuestos públicos en lugar de aportar su contribución; la continuidad del déficit y el siempre peligroso riesgo de las pensiones públicas.
No pueden salir las cuentas sorbiendo y soplando al mismo tiempo. No pueden mantenerse equilibrios precarios sobre dos posiciones antagónicas por mucha ingeniería financiera que se haga. Por eso la UE está con la mosca detrás de la oreja. No se puede mantener el nivel de gasto público pretendido a costa de seguir asfixiando la economía y a los contribuyentes. La economía mundial ha quebrado y nosotros con ella por la desmesura y la codicia. Si la mayor potencia económica tiene un déficit de más de 17 billones de dólares (según lo publicado), nos encontramos con el resto de las economías en parecida situación y, lo más grave, empobrecidas con respecto a ideas de futuro.
En España falta el coraje de asumir los muchos errores cometidos, tanto en la estructura territorial del Estado, como en las políticas de subvenciones directas o indirectas que han producido más organizaciones no productivas y más clientelismo partidario, que verdadera riqueza nacional. Todavía estamos esperando el tan dilatado reajuste estructural de las AA.PP. y el adelgazamiento orgánico y funcional de todo lo que ha “engordado con pienso ajeno”. Todas las formaciones políticas lo saben, al igual que se sabe el “brindis al sol” de las exigencias de Ciudadanos al Partido Popular, sobre todo por la disparidad bipolar liberal-socialdemócrata de ambos partidos. Las cuentas son mucho menos complejas de lo que parecen interesadamente. Sólo hace falta voluntad y disposición para aplicar la cirugía que precisan. Que no es poco.













