Francia apuesta por el objetivo, el relato vendrá después

Francia apuesta por el objetivo, el relato vendrá después
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Una victoria en cualquier guerra será pírrica si el país o la sociedad ganadora no salen más unidos y ahormados de la experiencia. De poco serviría ese triunfo si la inmensa mayoría de sus ciudadanos no compartieran sus mieles e, incluso y, sobre todo, no interiorizaran conjuntamente las hieles del sacrificio de los que murieron. Anteponer el objetivo de la victoria colectiva a cualquier otra consideración fue lo que el presidente de la República Francesa, Emmamuel Macron, puso en el horizonte personal y general de todos sus conciudadanos en su tercera intervención radiotelevisada desde que estallara la pandemia. 

Macron fue menos épico que en otras ocasiones y mucho más integrador, aunque como comandante en jefe dibujó un horizonte de esperanza al tiempo que un programa de operaciones para la que se supone nueva y decisiva fase de la guerra contra la COVID-19. 

Antes del estallido de la pandemia, el presidente francés no había logrado imbuir de esa esperanza a los millones de franceses cuyo malestar y protestas se expresaban semana tras semana a través de los autodenominados “chalecos amarillos”. Que las manifestaciones y disturbios fueran menos numerosos que hace dieciocho meses e incluso fueran languideciendo de semana en semana, no restaba un ápice al evidente descontento de las numerosas capas de la sociedad que se decían ayunas de futuro. 

Las más que necesarias reformas estructurales que precisa Francia, en especial la de su sistema de pensiones, plagado de privilegios y excepciones, han quedado en suspenso. Urge, pues, ganar la guerra, y tal es el objetivo primordial que Macron ha fijado a sus compatriotas. Y, sin duda bien aconsejado, entre otros, por sus predecesores en el cargo, ha reconocido errores e imprevisiones sin echarle la culpa al empedrado.  Los cambios de la posguerra

Con la solemnidad que caracteriza a los discursos de un jefe de Estado, que además ostenta en su caso el poder ejecutivo, Macron ha esbozado las líneas maestras del cambio que se producirá en la posguerra, desde la reindustrialización del país, que como tantos otros había dejado en manos de China “la fábrica” de productos que ahora se han revelado estratégicos, hasta el fortalecimiento conjunto de una Unión Europea, que no pocos arúspices se aprestan a dar por finiquitada. 

Francia misma se dispone a aprovechar esta oportunidad para cohesionar un país que se estaba descomponiendo por muchas de sus costuras, empezando por la división e incluso antagonismo con los franceses de origen árabe y el resurgimiento de un antisemitismo explosivo, pasando por los ciudadanos procedentes de las culturas subsaharianas o criollas. No pocos de estos encuentran serias dificultades para enterrar o repatriar a sus países de origen a los muertos por coronavirus. 

En suma, Macron es consciente de la ocasión que le brinda la historia de reconstruir la unidad y grandeza de Francia, sin olvidar tampoco que esta vez ese horizonte no estará desgajado del resto de la UE, cuyo hipotético fracaso sería una determinante derrota colectiva. 

Además de a los franceses, Macron debería persuadir entonces a los demás integrantes de la UE de la necesidad de actuar unidos y no en orden disperso. No es tiempo de fabricar relatos, que la realidad presente se encargaría pronto de desmentir, sino de actuar, sumando a la inmensa mayoría de la ciudadanía, sea cual fuere su ideología y estatus social. Tampoco lo es de desvalorizar conceptos tan épicos como el de la heroicidad. Héroes son los que dan sus vidas salvando muchas mediante actos tan arriesgados como determinantes. No ha caído, pues, Macron en la cursilería de llamar héroes a los que se aburren en el sofá de su casa, rodeados de toda la panoplia tecnológica. 

“Jamás ganaremos solos”, proclamó el presidente francés en defensa de esa Europa cuyos ciudadanos necesitan sentirse finalmente parte del bando vencedor. Ciudadanos que, como en toda posguerra, puedan contarse después las experiencias comunes, sus batallitas, en suma, esas sobre las que se cimentó el futuro convertido en presente, aunque al cabo de los años se conviertan en los relatos repetitivos de quiénes a justo título pasarán, con toda la gloria que merecen, a la categoría inmortal de excombatientes.

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