Transición ecológica

Por
— P U B L I C I D A D —

“La frecuencia de uso de la voz Ecología, crece exponencialmente durante los últimos años, pero en parte, debe atribuirse a una moda, porque el aumento de los conocimientos no guarda proporción con tal crecimiento”

Ramón Margalef (“Ecología”)

La Ciencia es una cosa muy seria como para que la manipulen intereses privados para retorcerla, sesgarla y prostituirla a su antojo, por muy “guay” que suenen sus expresiones falsas.

Una de ellas es el concepto “transición ecológica” surgida del mundillo de la política y, al parecer, inserta en ese futuro de “agendas” para bobalicones. La política está para resolver problemas concretos, no supuestos problemas artificiales.

El término “transición” indica de entrada un difuso camino desde una situación a otra diferente en cualquier tipo de cosas. Aquí se aplica a la “Ecología”, una ciencia todavía joven (se atribuye la palabra a la derivación de “oekologia” del biólogo alemán Ernst H. Haeckel a finales del siglo XIX que se empieza a consolidar en 1930), que ha servido como coartada a movimientos civiles quizás bienintencionados (el infierno está lleno de buenas intenciones) y a otros claramente oportunistas, que viven de levantar banderas emocionales y supuestamente científicas en una sociedad que ha olvidado el bachillerato e incluso la “primaria”, cuyas instituciones mantienen un silencio elocuente ante la manipulación política y la aberración científica.

Allá por los años 70 del pasado siglo empezamos en España a hablar de “medio ambiente”, un concepto más inclusivo y generalista, que incluía otros conceptos como el de “ecología” o ciencia que trata del estudio de las relaciones medioambientales con sus correspondientes derivadas hacia otras ciencias más consolidadas como la Biología, la Geología, Fisiología, Etología, Demografía, Sociología, Antropología, etc. en lo que conocemos como Biosfera, espacio de la corteza terrestre donde se confunden, conviven y se relacionan naturalmente una multitud de elementos y seres cuya evolución ha debido adaptarse a las cambiantes condiciones de cada época geológica. Cambios climáticos y ambientales existentes ya hace millones de años desde el momento en que el planeta Tierra empezó a enfriarse y sus movimientos propios (rotación variable alrededor del eje) o inducidos (giro orbital alrededor del Sol) condicionaban el cambio de situaciones estacionales y ambientales.

Es en esos imprecisos tiempos cuando la conjunción de energías, radiaciones, átomos y compuestos químicos como el carbono, permiten la creación de unas condiciones específicas para generar las primeras e incipientes moléculas y el paso de una atmósfera anaerobia (sin oxígeno) a otra aerobia donde el oxígeno constituye un elemento principal para el desarrollo de la vida (se supone que a partir de las “algas azules” comenzó el proceso de fotosíntesis de las plantas absorbiendo CO2 y produciendo oxígeno: “El conocimiento de la asimilación del carbono y de la utilización de la energía de las plantas, combinado con el estudio de la respiración, fue esencial para formular el concepto de producción y reconocer la mutua dependencia entre plantas y animales” (Margalef)). Un proceso que ahora se considera maligno por los “expertos” a sueldo de los intereses políticos o económicos con otro concepto vacuo: “descarbonización” (supuesta eliminación de CO2 atmosférico).

Todo ello en un Universo o Cosmos de dimensiones infinitas, forma desconocida y edad inimaginable, en el que existen miles de millones de galaxias con sus trillones de estrellas, planetas, satélites, asteroides, cometas, meteoritos que se mueven y se mezclan con diferentes movimientos y velocidades, donde nuestro “planeta azul” (no verde) queda perdido, hasta que unos patéticos seres humanos que se creen dioses deciden hacer la “transición ecológica” a base de poner nombres rimbombantes y firmar papeles que se llevará el viento de cualquier manifestación de la Naturaleza.

La soberbia que ello implica va pareja a la estulticia ignorante de quien se lo cree de buena fe o a la manipulación expresa de voluntades sometidas al dinero y al poder, tras un largo proceso de ingeniería social que ha ido calando como “lluvia fina” (Aznar) en sociedades enteras. Una soberbia que implica la locura irracional de quienes deben su evolución a la sabiduría y el conocimiento adquiridos desde la simple supervivencia durante millones de años: “…ni el comportamiento de una especie ni su evolución, se comprenden fuera del marco constituido por el ecosistema en que viven (Margalef)”. La especie humana, única en la que se produce una evolución adaptada en lo físico a las condiciones del medio y en lo espiritual a la existencia de lo que se conoce como “alma”, ha incidido como el resto de las especies y su respectiva evolución en el “medio natural”. Unas veces para explotarlo y contaminarlo con sus avances tecnológicos; otras veces para utilizarlo en beneficio particular o político; las menos veces para respetarlo tal como es tratando de interferir en sus procesos naturales con artificios de todo tipo y todos los aspectos.

La tan cacareada “transición ecológica” debería denominarse en realidad “regresión tecnológica” ya que supondría la desaparición de los supuestos “progresos” de la especie humana, unos útiles, otros perfectamente amortizables, cuando se han estado “vendiendo” (no olvidemos el mundo de la publicidad y el adoctrinamiento) como “grandes avances” de la evolución técnica y científica, de la que se han lucrado los más hábiles y que ahora (más publicidad para desavisados) consiste en colocar la etiqueta “sostenible” en todo tipo de envases, vehículos, productos, establecimientos y hasta venta de seguros u operaciones bancarias, cuando no conocemos ni podemos prever (sí imponer) el futuro de la evolución humana.

Porque de eso se trata, de crear unos relatos y actos ajenos a las realidades de la propia Naturaleza, para pasar a esa fase distópica salida del “cómic” y de la ciencia-ficción de “transhumanización” o “robotización” imprescindible para el triunfo de los sistemas totalitarios sobre seres sin alma, sin futuro, más allá de lo que el poder permita. Ya estamos en ello sin darnos cuenta.

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