Ley del clima: churras y merinas

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

«Hace 5.000 años la Tierra estuvo sometida a un máximo de insolación que fue disminuyendo hasta hace 3.000 años. Una época conocida como óptimo climático que era más cálida y más rica que la actual»

H. y G. Termier

En el ámbito de las ideas “mezclar churras y merinas” suele referirse a intentar juntar o relacionar temas o cuestiones que no tienen nada que ver entre sí. Es algo muy corriente en el mundo de la política actual, bien por pura ignorancia, bien por esconder intereses de algún tipo. En su origen se refería a las dos razas de ovejas peninsulares que proporcionaban productos diferentes: alimento (carne y leche) y lana respectivamente.

Esto es lo que viene ocurriendo tanto en la UE como en países-miembros que, como España, hablan de regular un fenómeno natural que viene produciéndose desde los orígenes del planeta Tierra: el clima. Un fenómeno relacionado con nuestro lugar en el sistema solar e influenciado por múltiples causas y movimientos planetarios donde el apelativo “verde” nada tiene que ver.

En realidad, el objetivo de la UE en su comunicación “El Pacto Verde Europeo” (los nombres rimbombantes suelen esconder carencias de verdad) es la “reducción de gases de efecto invernadero para el año 2030”, lo que parece traducirse en “intensificar la ambición climática de Europa para 2030” (nueva muestra de inflar un tema sin conocer su significado). Según esto Europa y sobre todo los europeos (en cuyo beneficio se hace tal pacto), tenemos “ambición climática”. Como vemos las “churras” (el clima) se mezcla con las “merinas” (la contaminación ambiental por gases de efecto invernadero).

Alrededor de todo ello se ha desplegado una propaganda artificiosa y falsa en la que se difunde otra vez el pánico: “colapso climático”, “emergencia climática” y otras lindezas parecidas. El clima mezclado con la contaminación ambiental a gusto de sus promotores se convierte en una nueva religión con sus liturgias, popes ídolos, doctrinas, púlpitos, sacerdotes o sacerdotisas (tipo Greta Thunberg) y devotos creyentes. En esta religión no faltan las amenazas y las alarmas como el pronóstico catastrófico de que la ciudad de Nueva York estaría completamente sumergida en el pasado año 2010, la carencia de alimentos mundial allá por los años 80 del pasado siglo o la descripción de fenómenos naturales como las precipitaciones o las temperaturas como extraordinarios todos debidos al consabido “cambio climático”. Ya digo que la manipulación descarada cree que la ignorancia de la gente aguanta todo.

Hubo un tiempo en el que predominaba un concepto más real: el planeta azul, debido al color de la Tierra vista desde el espacio. A Marte se le adjudicó el rojo y los demás parece que no tienen un color definido. Aquel concepto existente ya en los años 70 del pasado siglo hacía referencia a la misma cuestión: el planeta con agua y oxígeno símbolos de vida donde, desde el Precámbrico hasta nuestros días, la Tierra ha estado sometida a cambios climáticos que han influido en la evolución de las especies que debieron adaptarse a cada situación. Desde las primitivas bacterias hasta el actual “homo digitalis”, la vida ha sido un continuo proceso de adaptación a los diferentes climas terrestres. Pues bien, ahora se trata de darle una mano de color verde al planeta.

Más términos y conceptos surrealistas como “el objetivo de neutralidad climática para 2050” son manejados con total desparpajo en los documentos oficiales de la UE: “Reglamento del Parlamento Europeo y del Consejo por el que se establece el marco para lograr la neutralidad climática…” o la “acción por el clima”, sin que -al parecer- haya existido ninguna voz parlamentaria que pusiera las cosas en su sitio.

¿Qué deberíamos entender los sufridos ciudadanos europeos de tales disparates elevados a disposiciones públicas? ¿Qué se busca al confundir unas cosas con otras? Se supone que una gran parte de los europeos han pasado por una educación escolar básica donde nos quedaban claro conceptos como “clima” e incluso “medio ambiente”. De alguna forma también nos enterábamos en las clases de Ciencias Naturales de lo que era la función clorofílica de las plantas y de la importancia del CO2 en la misma. También algo nos quedaba sobre el sistema solar, el universo y su funcionamiento caótico. Es más, hemos sobrevivido y superado los cambios climáticos diversos que nos ha tocado vivir con fases cálidas y frías, con retiradas y avances de hielos (glaciaciones), con cambios geográficos y geológicos (tectónica), con transgresiones y regresiones marinas, con alteraciones del entorno y el paisaje e incluso con desaparición o cambios en la flora y en la fauna.

Es sorprendente que mientras se intenta proteger y conservar las especies animales en nichos ecológicos o neutralizar el clima (posturas reaccionarias opuestas a la evolución y al progreso), pretendamos robotizar o automatizar a nuestra propia especie que, no nos olvidemos, ha evolucionado gracias a tener que enfrentarse a situaciones climáticas y ambientales diversas. Con el bosque dominando, nuestros antepasados eran arborícolas y presentaban rasgos que los adaptaban a tal medio; cuando tuvieron que adaptarse a la sabana, empezó el bipedismo y la consiguiente evolución cerebral progresiva de la especie que nos ha llevado a sentirnos todopoderosos como parece indicar el intento de sujetar a norma legal el clima (“churras”) cuando lo que parece ser en realidad consiste simple y llanamente en intentar evitar la proliferación de elementos contaminantes (“merinas”) en la atmósfera.

Tampoco deja de ser curioso que los protocolos correspondientes aparecieran cuando países llamados “emergentes” intentaban superar su fase de dependencia industrial y tecnológica de sistemas globalistas, con sus propias soluciones y recursos.

Menos mal que se anuncia “un organismo científico independiente para supervisar los avances en la reducción de emisiones…”. Como ya estamos un tanto avisados sobre el funcionamiento de éstos (la OMS es un ejemplo), de la forma de engrasar sus dictámenes y de la imposición de intereses a través de los mismos, en este mundo repleto de relatos, organismos, organizaciones, fundaciones, ONGs y demás entidades que han tendido una red global para pescar incautos, no nos queda más que recomendar un consejo de un cura de pueblo resabiado (Don Matías) a su monaguillo en una formidable película española “You’re the one” : “Que no te equivoquen…”.

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