«Enteraos»

Protestas Hasel
Por
— P U B L I C I D A D —

Son malos tiempos para ir por la vida con las orejas puestas, porque andas oyendo soflamas, retóricas incendiarias, demagogias y slogans que te hacen pensar que no nos cabe, en este país, un tonto más; que si los indigentes mentales volaran, no solo no veríamos la luz del sol, sino que terminaríamos cubiertos de sus heces dialécticas.

Por poner un ejemplo: uno de los participantes en las algaradas de Barcelona de la última semana afirmaba que «nosotros hemos estudiado que las conquistas se consiguen luchando». Lo hacía en un programa de una televisión privada de ámbito nacional. Y se ve que, orgulloso como estaba de su primera deposición, remataba que “los derechos humanos no se consiguen de forma pacífica”. Aquí, un filósofo, otro “enterao”.

Mira que lo he buscado en Internet, pero sus homónimos en la red son gente con formación: el CEO y fundador de una empresa, un lexicógrafo gallego, un fisioterapeuta… No parece que éste haya estudiado nada en ningún sitio, como no sea en surtidos botellones, con algunos colegas de su ralea y generosamente surtido de sustancias que elevan el espíritu y agudizan el conocimiento, aunque solo sea en apariencia.

Posiblemente era el ideólogo de la pancarta que encabezaba el momento pacífico —las jaurías nunca lo son, y estos no son sino perros que son muy valientes en manada y no son nadie tomados uno a uno— de la sexta jornada de asonadas de esta semana pasada: “Nos habéis enseñado que ser pacíficos es inútil”, aunque parece que la tela es obra de un desconocido “cineasta” y menos reputado trapero (intérprete de eso que se llama “trap”, aunque se ve que también le gusta diseñar trapos para desordenes urbanos…) que no mencionaré porque no lo conocen más que en su casa y no pienso darle ni esto de publicidad.

Pero tampoco hay que extrañarse de que estos indocumentados intelectuales vayan vomitando su bilis ante los micrófonos que uno no les prestaría, porque solo sirve para alimentar su ego y porque sus opiniones quedan suficientemente ilustradas en el aspecto de las calles tras el paso de la piara que incorporan. No es verdad que todas las opiniones sean respetables, por más que se repita esta mentira. No son respetables las opiniones que agreden, que ofenden, que amenazan, que violentan a una sociedad o a uno solo de sus integrantes.

Pero es que tienen de quién aprender. Del autómata portavoz de la mitad del Gobierno de España, por ejemplo, que hace gala de su (nula) educación no solo en los comentarios en que alienta a los desórdenes —que ya investiga la fiscalía—, sino acelerando su sofisticado taka-taka en presencia del Jefe del Estado que le paga, para no cumplir con la elemental cortesía del saludo.

O de su jefe, el de la coleta y la chepa, que aprovecha el lugar preferente que el decreto de Precedencia del Estado le otorga de acuerdo con el Protocolo para, ostensiblemente, no aplaudir al Rey o dedicarse a mirar su móvil en patente desaire.

Pues en gentuza como ésta se fijan los niñatos que salen a destrozar una ciudad, a robar en los comercios que asaltan y a atacar a las fuerzas del orden, en busca de una víctima que elevar a la categoría de mártir si es u conmilitón, o de victoria si se trata de un agente de policía. Y como no puedes dejar las orejas en la mesilla, encima te tienes que tragar su hedionda presencia.

Al menos ya sabemos una cosa: ya no se pretenden pacifistas. Pues nada, espero que, cuando vaya papá a recogerlos a comisaría los lleven a su casa a collejas y, lo que será peor, les confisque el móvil.

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