20 años de la Carta Europea de Derechos Fundamentales y las nuevas sanciones a Rusia

Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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Que los intereses económicos mutuos son importantísimos, casi trascendentales, no lo duda nadie; que la geografía lo es también resulta incuestionable. Pero, aun así, Europa no puede negarse a sí misma, de manera que, aunque sea más simbólico que práctico, adoptará nuevas sanciones contra Rusia. Un número de altos funcionarios rusos, todavía por determinar, pasarán a engrosar la lista negra de los que, entre otras cosas, no podrán pisar suelo de la UE y, en caso de poseer cuentas u otro tipo de activos en su territorio, les serán congelados.  

De momento, esta es la primera consecuencia del desastroso reciente viaje a Moscú del jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, que sufrió en sus carnes el desafío y la humillación de su homólogo Sergei Lavrov. Aquel resume su infructuosa gestión como la expresión de que “Rusia está en curso de confrontación con la Unión Europea”. Y, refiriéndose más en concreto a la persecución contra Alexéi Navalny, el opositor más destacado al presidente Vladímir Putin, Borrell lo define como “un rechazo tajante [por parte de Rusia] a respetar sus compromisos, incluyendo su rechazo a las decisiones del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos”.  

Coincide en el tiempo este “periodo de turbulencias en la relación con este vecino inevitable”, según expresión de Arancha González Laya, con el vigésimo aniversario de la Carta Europea de Derechos Fundamentales. Un texto adoptado en el año 2000 en la cumbre de Niza, y que conforma definitivamente el papel central del ciudadano de esta Unión compuesta hoy por 27 Estados.   Valores de cumplimiento inexcusable para pertenecer a la UE 

Aunque pueda parecer ocioso recordarlo, la Unión Europea se fundamenta en los valores del respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Nada más y nada menos. Son valores consagrados en el artículo 2 del Tratado de la UE, de forma que su cumplimiento por parte de los Estados miembros es condición sine qua non para participar en el proyecto europeo. La Carta Europea de Derechos Fundamentales incorporó estos valores a la legislación de la UE.  

A la vista del panorama actual en el seno de sus miembros es indudable que aún quedan muchos retos por afrontar y mucho que perfeccionar. Son evidentes los embates que la aplicación de la Carta está sufriendo en países como Hungría, Polonia o Eslovenia, e incluso en España, donde determinadas manifestaciones, actuaciones y acontecimientos despiertan bastantes dudas respecto de la debida observancia de la Carta. Así se puso de manifiesto precisamente en un animado debate virtual organizado por la Representación de la Comisión Europea en España y la Fundación Konrad Adenauer. Particularmente encendida fue la intervención del director de esta última para España y Portugal, Wilhelm Hofmeister, rechazando las críticas hacia España que en muchos países europeos, especialmente en Alemania, se han intensificado en las últimas semanas: “Los derechos de libertad de expresión y manifestación –aseveró de manera contundente- están plenamente garantizados en España, derechos que por otra parte están asegurados en Europa como en ninguna otra parte del mundo”.  

Tanto Hofmeister como Emmanuel Crabit, director de Derechos Fundamentales y Estado de Derecho de la Comisión Europea, advirtieron no obstante de la necesidad de estar atentos y vigilantes para la preservación de la mayor área de libertad del mundo. A este respecto, Paloma Biglino, catedrática de Derecho Constitucional de la Universidad de Valladolid, señaló que, desgraciadamente, “la democracia ya no es un valor que se pueda dar definitivamente por asentado”. Algo que subraya de manera contundente el informe anual de The Economist sobre la Democracia en el mundo, según el cual no llega a la mitad (49,4%) la población mundial que vive en democracia, e incluso un 41% de esa raspada mitad lo hace en democracias defectuosas, mientras que el 50,6% habita en regímenes híbridos cuando no abiertamente autoritarios, por no decir dictatoriales o tiránicos.   

Son, en efecto, numerosos los atentados contra la democracia, como sistema político que permite sobre todo la alternancia y el traspaso pacífico y leal del poder. El último sobresalto ha sido precisamente el de Estados Unidos, cuya Bill of Rights ha sido la fuente de inspiración tanto de la propia Carta Europea de Derechos Fundamentales como de no pocas Constituciones.  

20 años después de su aprobación e incorporación al acervo comunitario, la Carta de Derechos Fundamentales precisa fortalecer su aplicación por parte de los Estados miembros; conseguir que todo proyecto legislativo esté de acuerdo con las disposiciones de la Carta, y en fin profundizar, de acuerdo con las autoridades locales y regionales, en la traducción práctica a la vida diaria de sus propias disposiciones.  

De la alta política a la más local; de lo mayor a lo más pequeño, la observancia y preservación de los Derechos Fundamentales ha de permear todas las decisiones, de forma que el ciudadano europeo sienta que todo ello forma parte, como el aire que respira, de su propia naturaleza. Es la esencia misma de la UE y la única y segura garantía de su pervivencia en el tiempo.     

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