El negocio de la guerra

El negocio de la guerra
Por
— P U B L I C I D A D —

«Ningún problema de nuestro tiempo es remotamente tan importante, tan real como fuente de incertidumbre, como la carrera de armamentos entre EE.UU. y la Unión Soviética»

Galbraith: “La era de la incertidumbre”

Es conveniente recordar estas palabras del economista americano John Kenneth Galbraith, en plena “guerra fría” entre ambas potencias (1977), así como las del presidente americano Eisenhower: “El pueblo americano debe estar en guardia contra la adquisición de una influencia injustificada, buscada o no buscada, por parte del complejo militar-industrial. El potencial para el desastroso crecimiento de un poder mal situado existe y persistirá…” (1961), para tratar de entender los conflictos bélicos que, como las cuentas de un rosario, se han extendido a lo largo de los años en diferentes partes del mundo.

El pulso hegemónico entre ambas naciones perdió su sentido cuando la antigua URSS sufrió el desmembramiento territorial de sus repúblicas para quedar reducida a una Rusia debilitada por tal fragmentación, cuyo colofón final fue la caída del muro de Berlín en el año 1989, así como la política de la “Glàdnost” y la “Perestroika” puestas en marcha por el presidente ruso Gorbachov para el acercamiento a Occidente. Para EE.UU. eso era una señal de debilidad del adversario y el momento de seguir extendiendo su influencia a través de la OTAN y la UE, entre otras.

Por otra parte, desde las conferencias de La Haya (1899/1907) sobre control de armas y desarme (cuyos escasos resultados fueron las dos guerras mundiales), a lo largo del siglo XX y en especial desde la creación de la ONU, esta cuestión se convirtió en un objetivo a conseguir, estableciéndose en 1978 la Conferencia de Desarme como foro de negociaciones, materializado en los tratados y convenciones sobre armas nucleares, biológicas, químicas o antipersonas en 1999 (el único problema de los tratados y convenciones internacionales, es que no se cumplen tras su firma y todo sigue igual).

Hay que tener en cuenta que la industria militar ha tenido siempre un doble rasero: el avance tecnológico aplicable también a usos beneficiosos y el enorme riesgo de su utilización en contenciosos bélicos, con resultados impredecibles para la Humanidad. “La carrera de las armas ha producido los medios conducentes a que las naciones de destruyan recíprocamente en cuestión de horas, junto con el resto de la Humanidad” (Galbraith).

Pero, al final, todo es negocio que se explica claramente: los ejércitos hacen los pedidos a la industria de armamento, proporcionando los beneficios que la mantienen y la ayudan a crear otras nuevas que, como en toda tecnología, harán anticuadas las anteriores. De esta forma la escalada armamentística va por un lado y los tratados y convenciones por otro. Todos son conscientes de la barbaridad que supone el gasto en una defensa que solo puede llevar a una destrucción total, pero el negocio es el negocio y nadie quiere ser el último, aunque sea en realidad una trampa para todos. Al final es la gente inocente quien pasa por la experiencia del horror y ven sus vidas truncadas para siempre.

Galbraith recuerda como en el Berlín ocupado del año 1945, sólo quedaron escombros de los barrios populares, mientras que las bombas habían respetado bastante los suburbios opulentos, de donde eran desahuciados los ricos alemanes, para dejar sitio a los ocupantes “que nunca habían estado tan bien alojados”.

Las guerras dan prestigio e influencia a las fuerzas armadas, pero también hacen maravillas para los negocios y el mundo financiero, lo que suele provocar una simbiosis de beneficios perfecta. En las guerras se destruye y en las postguerras hay que volver a construir, lo que lleva consigo grandes oportunidades económicas para quienes saben aprovechar la situación. “De todo ello se deriva un hecho muy simple, muy práctico y demasiado evidente para no ser advertido: si continúan las amenazas bélicas, continúan las ganancias” (Galbraith).

Así pues, parece que la doctrina del conflicto “inevitable” cuenta con el apoyo del mundo de los negocios, arropado muchas veces por los “belicistas patológicos” y por los intelectuales prácticos, capaces de disfrazar ante la gente como causa moral a la que apoyar, los verdaderos intereses hegemónicos, geoestratégicos o más burdamente particulares, convirtiendo cualquier conflicto en cruzada religiosa. La justificación moral debe estar por encima del interés económico. Los “buenos” deben siempre ganar a los “malos” aunque —como decía Pío Cabanillas— “no se sepa quienes son”.

En esas estábamos cuando apareció un “verso suelto” en la presidencia de EE.UU. que, lejos de insultar, agredir, colonizar, provocar y entrar en el juego del negocio, era capaz de entenderse con todos para dedicarse únicamente a los graves problemas de la sociedad norteamericana. No más guerras, no más muertes ni sufrimiento, no más mesianismo mundial. Cada cual en su casa y con sus asuntos. Y no gustó mucho. Ni a los negocios de armamento, ni a los que se lucran con las guerras. Y pasó lo que pasó.

Su sucesor Biden, por el contrario, está más en línea del conflicto inevitable que se ajusta como un guante a los intereses comentados. Ya veremos donde nos lleva la actual confrontación en Ucrania donde, de momento, será Europa quien —como siempre— sufra las consecuencias. Y no aprendemos.

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