Romeo y Julieta, versión vasca

Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

En un Hollywood de calles y caseríos, el drama de Shakespeare adquiere un sello intimista y humano lejos de los tonos violentos o truculentos del cine vasco al uso.

El film “Un otoño sin Berlín”, ópera prima de Lara Izaguirre, se estrenará el próximo 13 de noviembre. Sin güelfos ni gibelinos, sin ocho apellidos vascos ni carboneros del monte, sin truculentas escenas de diablos, fugas de la cárcel ni diablos y tormentos infernales, Lara cuenta el fracaso del amor que da vida a la familia y a la relación de pareja, que se produce por culpa de una sociedad vacía de amor, fundada sobre un absurdo machismo, que está desencadenando diariamente miles, millones de tragedias en la vida de ciudadanos y ciudadanas de a pie, corrientes, anónimos…

Es otra Euskadi ausente hasta ahora de las pantallas cinematográficas, la del día a día. Todo ocurre en Amorebieta, su pueblo natal, mitad rural mitad industrial de alrededor de Bilbao, y en los hogares del padre de la protagonista, Irene Escolar, y en el de su exnovio. La protagonista es huérfana de madre, y su padre se ha hundido en una soledad absoluta; lo mismo le ha ocurrido a su exnovio, hundido también en una depresión de caballo.

La protagonista, la “Julieta” de esta tragedia intimista, vuelve de una huida de este escenario para intentar rescatar a su padre de su soledad, y recuperar al mismo tiempo el amor de su exnovio y sacarlo de su exilio de casa a la calle, a vivir al aire libre, incluso a pasar un otoño en Berlín.

Pero fracasa en los dos planos. Como contrapunto, recupera a su mejor amiga embarazada, y con ella las alegrías de un amor cuajado felizmente, del nacimiento del hijo de su amiga, del cariño de un alumno de francés de pocos años, y de su hermano. El resto es noche negra y triste, desolación. Julieta en la ventana llorando la muerte de su amor, el hundimiento definitivo de su novio en la depresión, la vuelta a la nada y el vacío.

Esa es la Euskadi anónima, éste es el drama ausente de los mass media. La denominación de origen euskaldún queda evidente en la frecuente introducción de palabras y expresiones vascas en el idioma de la película, y en ese “Hollywood” típicamente euskaldún que habita por igual caseríos y calles urbanizadas de una localidad de unos 20.000 habitantes.

La película, tan localista y enraizada en una cultura concreta, conserva al mismo tiempo su valor de drama universal. Porque lo concreto, lo local y particular, es lo más próximo a lo universal, al drama humano que se vive aquí, en Japón, África o América, allí donde hay seres humanos.

Lara Izaguirre, ruiseñor y txepetxa (nombre de un pajarillo de setos y labrantíos del lugar), en su primer film ha llevado al cine vasco un marchamo mundial. Es como una versión de ese dicho de los bilbaínos, tan fanfarrón como infantil: “El mundo entero es como un Bilbao más grande”. Y de paso nos acerca a nuestro siglo XXI a Romeo y Julieta, y presenta otra visión de su patria chica, hasta hoy quizá desconocida de la opinión pública.

 

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