España y la generación que buscó —y encontró— su buena suerte

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Mariano Guindal: Un hombre con buena suerte. Memorias apasionadas de un reportero
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

“Mi vida es uno de esos cientos de miles de casos de éxito de los españoles que, en medio de las penalidades de la posguerra, crearon un proyecto de nación del que todos nos podemos sentir ufanos, puesto que hemos creado un gran país. ¡No lo estropeemos!”. Con este llamamiento concluía Mariano Guindal la multitudinaria presentación de su último libro, Un hombre con buena suerte, memorias apasionadas de un reportero (Ediciones Península, 589 páginas).

Con la perspectiva distanciada del testigo visual de los acontecimientos, el intercambio de golpes —preguntas, respuestas— con los principales actores de todos los estamentos de la sociedad, Guindal ha confeccionado una obra apasionante, en la que cualquier lector que haya vivido la totalidad o parte de los últimos sesenta años de la historia de España, se sentirá inevitablemente reflejado.

Este emblemático periodista, cuyo último reconocimiento ha sido el premio Carlos Humanes, concedido por la Asociación de Periodistas Europeos, ha compuesto un potente mosaico de historias, anécdotas y conversaciones con quienes decidían desde los principales estamentos del poder el destino de todos.

Mis abuelos eran rojos porque tenían que ser rojos

En tiempos apoteósicos de escepticismo y relativismo, el autor es una rara avis en cuanto a la capacidad de extraer consecuencias o proyecciones positivas de cualquiera de los muchos acontecimientos que vivió. El mismo título se hace presente cuando el autor no considera forzosamente una desgracia haber nacido y vivido en una de las muchas chabolas de la miserable periferia del Madrid de la posguerra. “Mis abuelos eran rojos porque tenían que ser rojos. Eran pobres y estaban en zona republicana”.

El destino le señala como testigo-protagonista del primer cambio, el impulsado por el desarrollismo del régimen franquista: “En mi barrio las chabolas fueron cayendo una a una, derribadas por presos políticos. Una imagen terrible, donde los presos se revolvían mientras los guardias civiles les apuntaban con fusiles amartillados. Gritamos, insultamos, rabiamos… No sirvió de nada. Los unos tenían órdenes tajantes; los otros temían la muerte”.

Como tantos otros españoles, con historias de éxito, Mariano Guindal pudo estudiar gracias a su esfuerzo y a los innumerables suelos y escaleras que fregó su madre como asistenta por horas. Esa conjunción de sacrificios y esfuerzos le permitiría no desaprovechar su acceso a la universidad, ya pasados los veinte años.

La exclusiva que nadie creyó

Como le ocurriera tantas veces Guindal estaba en el sitio adecuado en el momento preciso en que el coche oficial del almirante Carrero Blanco voló por los aires:

“En ese momento de desesperación vi salir discretamente a un sacerdote de la iglesia de los jesuitas [de la calle Serrano]. Trataba de pasar inadvertido. Corrí hacia él y le supliqué con mi mejor pose dramática:

—Padre, ¿puede contarme algo? Es mi primer día de trabajo —mentí— y si me presento ante mi redactor jefe con las manos vacías me va a echar.

—Dime hijo, ¿qué quieres saber?

—Todo sobre la explosión de gas.

—No ha sido una explosión de gas, ha sido un atentado.

—¡Ah, un atentado! ¿Y contra quién?

—Contra el presidente del Gobierno.

—¡¿Contra Franco?!

—No, hijo, contra el almirante Carrero Blanco.

—Y usted, ¿cómo lo sabe?

—Porque le acabo de dar la extremaunción.

La agencia de noticias para la que trabajaba Guindal no le creyó. Al fin y al cabo era solo un becario. Perdió, pues, la ocasión de adelantarse a Radio Nacional, que solo dio la noticia del atentado a las siete de la tarde (habían pasado más de diez horas) y de Radio París, que confirmaría a las once de la noche que había sido ETA.

Pero, aquella amargura por el scoop fallido se trocaría en la suerte de ser el primero que le “arrancaría” al superministro Miguel Boyer la inminente declaración de quiebra de todo el imperio Rumasa y su correspondiente incautación por el Gobierno de Felipe González. Recuerda que también fue la maestra de reporteros Oriana Fallaci la única colega que quiso escuchar la versión de Guindal sobre la matanza de los abogados laboralistas de Atocha, vinculando los asesinatos con la huelga de transporte y con el sindicato vertical, teoría que “plumas consagradas” calificaron entonces de “insensatez monumental”.

Cualquier lector puede identificarse con las sucesivas pérdidas de la inocencia que se narran en estas apasionantes memorias. Pero, son particularmente relevantes las que se produjeron en los primeros años de Gobierno socialista. Mazazos informativos como el de la mujer de Luis Solana, presidente de Telefónica, luego director general de RTVE: “A los socialistas también nos gusta el caviar”. Fue un auténtico escándalo en un país castigado por el paro.

También desvela, con muchos años de diferencia, la confesión que el autor del programa económico del PSOE, Miguel Sebastián, hizo para las elecciones de 2004. Aún no se había producido el atentado del 11-M, por lo que con gran desparpajo, le confesó que aquel programa de promesas sin cuento “cuando la que se viene sobre España por la burbuja inmobiliaria es gorda, no es un programa para gobernar, sino para que José Luis [Rodríguez Zapatero] obtenga un buen resultado y pueda salir reelegido como secretario general del PSOE. Después ya haremos un plan económico en serio para gobernar”.

Un libro, en suma, que avivará el recuerdo y la experiencia personal de cada uno, porque todos los españoles, de los que hoy cuentan entre veinte y ochenta años, han sido testigos-protagonistas de la historia más contemporánea de España. Fiel a su talante, Guindal estima que, en base a su experiencia personal, lo que hoy puede percibirse como una debacle por lo que se está viviendo con respecto de Cataluña, el paso del tiempo lo colocará en su justo término”.

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