Ya sabemos lo que nos pasa

Por
— P U B L I C I D A D —

Hace más de un siglo, el ensimismamiento de una generación de intelectuales cuya característica común era dolerse por España, llevó a Ortega y Gasset a una conclusión que espetó con reproche a la clase política: «lo que pasa es que no sabemos lo que nos pasa«. Entre las propuestas esgrimidas en artículos de la época se debatió, con no poco apasionamiento, que la solución estaba en «europeizar» España.

Y hete aquí que cien años después es Europa quien nos insta a hacerlo, por una vía facilitada por el interés surgido en el último cuarto del Siglo XX, de crear un mercado común que ya no es suficiente como modelo de competir con éxito en la globalización. El fracaso del marxismo, cual maldición no explicitada en sus estertores, no ha derivado en el feliz final de la historia que augurara Fukuyama, con el triunfo de la democracia liberal garante de un bienestar inacabable. Por el contrario, los países estancados en su desarrollo social por el marxismo, estaban en condiciones de ofrecer al mundo mundial ingentes ejércitos de mano de obra barata, ávida de trabajo y de consumo y en disposición de fabricar casi todo lo que hacia el capitalismo a un precio inferior en diez veces a lo que producía Europa o América. El escenario que se abría ha generado en menos de veinte años, una deslocalización progresiva de toda industria de mano de obra intensiva. Y no sólo eso, un empresario español que construye en Panamá me decía recientemente: he comprado suelo a 3 dólares metro cuadrado; he conseguido recalificar y tener los papeles en cuatro meses y he tenido propuestas de suministradores a los que muestro el equipamiento que voy a instalar y me ofrecen productos equivalentes en apariencia y calidad a los que instalo en España, perfectamente «fusilados» en China, a un precio cinco veces inferior tras cruzar el Pacífico y situármelos en naves de dos mil metros por las que pago cinco mil dólares al año.

Y mientras está dinámica emergente se produce, una España incorporada tarde al Estado de Bienestar, pero afianzada razonablemente en el sistema, aún adolece de resabios culturales de un invento propio y genuino como la picaresca. Iré a dos anécdotas y dejo al lector considerarlas aisladas, o elevarlas a categoría: un prestigioso abogado de mi entorno social se me queja de que un familiar es un pequeño propietario agrícola de provincia andaluza; merced a subvenciones al olivo, mantiene unos ingresos suficientes para vivir pero merced, también, a su condición de empresario, firma las peonadas suficientes a un sobrino muy querido, que ha terminado ¡a los 35 años! la carrera universitaria de filólogo y, no teniendo empleo, se acoge al PER gracias a las peonadas que le firma su tío. Ha sido inútil que mi conocido les recriminara. «Esto es lo común«, es la justificación que le dan.

La otra anécdota me la brinda una profesora de Universidad holandesa casada con un español: en encuentro europeo de profesores asiste un «experto» enviado por alguna Institución nuestra que, después de participar en dos jornadas de intercambio intensas, presume de que en su trabajo en España vive relajadamente y no como ellos. No siguió en su alarde –dice la holandesa-  cuando de forma impensada por él, percibió claramente la desaprobación del grupo por lo que interpretaron una falta de ética profesional.

Y en este contexto tan actual y reconocible, determinados líderes europeos empiezan a ser conscientes de que más de trescientos millones de ciudadanos, pertenecientes a diversos estados que miran a su propio ombligo, pierden posiciones ante los gigantes de Occidente y de Oriente. En un horizonte de dos décadas, la Europa rica envejece mientras China, India, Brasil, entre otros, pugnan por alterar el ranking mundial de la competitividad y el desarrollo. Hasta aquí hemos llegado. Los acontecimientos de las últimas semanas han puesto de manifiesto que Europa no puede descolgarse con un seísmo brutal de las reglas que impone la globalización. En lo que a España nos concierne, hemos empezado a saber lo que nos pasa. Incluso ZP ha caído del caballo y, cómo Saulo, ha descubierto que la soberanía se desplaza felizmente a través de los Pirineos para que se nos impongan deberes y obligaciones comunes en una progresiva revisión de los derechos que aun reivindican quienes creen que las conquistas se heredan, frente a los que creen que hay que esforzarse en lograrlas cada día.

Abel Cádiz

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