Una sociedad acobardada

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.
Publicidad

“Toda grandeza tiene sus raíces en el riesgo”

Albert Camus

Y con toda razón. Por el continuo bombardeo de mensajes dispares sobre una pandemia de la que se desconocen los datos esenciales, pero que está obligando a la población a mantener (sin ver el fin) toda una serie de supuestas medidas de protección a pesar del -también supuesto- éxito de la vacunación masiva sin control médico individual y responsable.

Pero el fenómeno no queda ceñido a la pandemia. Ligados a ella se vienen produciendo desde hace tiempo acontecimientos políticos y económicos, que muestran la extrema vulnerabilidad de los pretenciosos y falsos “estados de bienestar” que se nos han vendido como mérito político, cuando sólo es una forma más de revestir un relato que hace aguas por todos los costados en cuanto es puesto a prueba.

Una sociedad que fue meciéndose en la facilidad del crédito bancario (al igual que cada país), en el consumo compulsivo de todo tipo de supuestos bienes a los que debe prestar atención y servicio permanente por su escasa calidad técnica, rodeados de todo tipo de diversiones y entretenimiento banales y alimentada con series televisivas producidas al por mayor, se empieza a dar cuenta de que el colorido horizonte se va destiñendo y empieza a ser víctima del miedo, la incertidumbre, la desesperación, los sueldos precarios y la explotación laboral, que caracterizan eso que llaman “nuevo orden mundial”. Un caldo de cultivo idóneo para el sometimiento social a ideologías y dogmas que les vienen cocinadas desde el capitalismo mundial.

Tres son las premisas para que todo ello sea posible: una es la desmedida concentración de poder económico en manos de quienes se sienten nuevos dioses del “Olimpo”, salvadores del planeta y con poder para cambiar el mundo a su conveniencia; la segunda es la escasa resistencia de unas sociedades que están presididas por la ignorancia y la corrupción, donde los valores y principios que antes eran el escudo social natural, han sido arrastrados por el fango de una pretendida modernidad; la tercera ha sido la preparación de una especie de totalitarismo sutil (blando lo llaman algunos) a través de gobiernos-títeres cuyos hilos están en media docena de manos.

“¡Es lo que hay…!”, se suele repetir desde la resignación cobarde y cómoda, que considera arriesgada cualquier actitud crítica con la situación, pero es también la consigna coreada por quienes son parte del sistema (“la homologación de los que consienten y la denigración de los discrepantes y de los diferentes”. Ferrajoli) y viven del mismo, vampirizando a las sociedades a su capricho. La política ya no está al servicio del pueblo, de la tan cacareada soberanía nacional, sino que se ha sesgado interesadamente para crear un trampantojo imaginativo de sombras chinescas, que esconden poderes absolutos y particulares. Incluso alardean de ello como “poderes salvajes” (no sujetos a norma) que Luigi Ferrajoli denunciaba tan certeramente en su obra con tal título: “Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional”, siguiendo a Aristóteles en su “Política” (animalidad del poder no sujeto a ley).

Estamos ante procesos “deconstituyentes” orientados al “vaciamiento de la democracia política…todo sobrevolado por una política cultural, mediáticamente muy bien instrumentada, dirigida de forma sistemática y con éxito, al envilecimiento y la insensibilización de la opinión” (Perfecto Andrés Ibáñez, en su prólogo a la obra de Ferrajoli). Unos procesos que se culminan con crisis de origen incierto y por ello difíciles de afrontar por una sociedad débil, anómica (Dalmacio Negro), donde el miedo se ha pegado a las alas de los sueños como la inscripción que Poe coloca a la puerta del infierno: “Perded toda esperanza” (“El cuervo”).

Dalmacio Negro en su obra “La ley de hierro de la oligarquía” dice al respecto: “Una de las pocas leyes que verdaderamente vertebran lo político, es la ley de hierro de la oligarquía. El poder, en efecto, recae siempre en manos de unos pocos…” . Un poder que es “intrínsecamente egoísta” (Bertand de Jouvenel) “y que se opone a todos los egoísmos menos al suyo” (Burckhardt). El poder constituido por sí mismo (por su voluntad) y erigido en el “cesarismo” de los gobiernos pronosticado a principios del pasado siglo por Spengler (“La decadencia de Occidente”). Sin barreras, sin obstáculos a sus intereses y designios por muy malvados o aberrantes que sean.

El poder que está “en la posibilidad misma de legislar que se han atribuido algunos hombres para redactar leyes útiles a sus intereses” (Tolstoi: “Contra los que nos gobiernan”) no está en quienes ostentan “la soberanía nacional de la que emanan los poderes del Estado” (artº 1.2. C.E.) sino en aquellos que, por sus condiciones personales o particulares (sobre todo económicas) pueden influir en las leyes, en la organización de los estados, en la economía de la sociedad, en sus gustos, creencias y apetencias (propaganda) e incluso en su salud. Está en quienes celebran o tienen acuerdos de intereses de cualquier tipo y tienen capacidad de imponerlos moviendo los hilos adecuados.

Por eso, una sociedad que no lucha ni arriesga por ser ella misma, que asume acríticamente cualquier postulado o teoría que le transmitan desde esos poderes, es una sociedad no sólo acobardada, sino amortizada. Es una sociedad que ha entregado “su” poder, que lo ha vendido por un plato de lentejas o una serie televisiva alienante. Una cosa es vivir y arriesgar y otra simplemente existir o sobrevivir de migajas. “La gloria no está al final del camino, sino en cada vez que caemos y nos levantamos de nuevo”, eso es lo que cada especie -y especialmente la humana- ha venido haciendo a lo largo de su extensa historia, renaciendo de las cenizas a que nos quieren reducir las ambiciones y las codicias de quienes se sienten divinizados por su dinero.

Es momento de replantearse si queremos seguir siendo humanos, con sus muchas imperfecciones, pero también con sus virtudes, o convertirnos en subhumanos distópicos (otros dicen transhumanos). Una especie de mascotas respondiendo a estímulos artificiales de la tecnología, manejada por quienes han hecho de la Humanidad y del Planeta un campo de experimentación para sus fines particulares.

2 Comentarios

  1. Es magnífico leer algo tan obvio para algunos pero al mismo tiempo tan terrible, de esta sociedad en que vivimos aborregada.
    Juan Laguna, como siempre recordándonos de dónde venimos, dónde estamos y el panorama que tenemos delante de nuestras narices.
    Gracias por tus magníficas reflexiones.
    Un abrazo.
    Jesús Temiño.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.