La Segunda Guerra Mundial dejó en Europa un rastro de sangre, dolor y destrucción que aún pervive en la memoria colectiva como otro “¡Nunca más!” que algunos políticos, —quizá por su edad y desde luego por su afán de poder—, parecen ignorar, en un juego peligroso de tensiones que van salpicando la geografía mundial.
Los grandes bloques políticos y militares que resultaron de aquella contienda, han mantenido un pulso continuo durante lo que se llamó “guerra fría” que, a pesar de la caída del muro de Berlín con su significado de aproximación entre los pueblos europeos, parece mantenerse aún con algunas variaciones.
La antigua URSS vio —y aceptó en cierta forma— el desmoronamiento de su imperio con la autonomía o independencia política y administrativa de sus repúblicas federadas en un compacto bloque ideológico, mantenido tras el “telón de acero”, mientras que su rival americano sacaba pecho patriótico desde todos los rincones de su territorio, como triunfador absoluto y dueño del modelo democrático con el que cobrar royalties al resto de las naciones. Tanto por convencimiento como por vencimiento.
Tal circunstancia hizo que se erigiera en el gendarme mundial de la aplicación de su modelo, ya no tanto por razones democráticas (apoyó a muchos personajes o grupos muy cuestionables) como por razones militares, económicas y políticas. Necesitaba aliados y apoyos a su causa, a su economía y a sus necesidades y los fue logrando mediante métodos más o menos discutibles. La cuestión ideológica parecía ser lo de menos con tal de que sirvieran a su fines, aunque éstos se adornasen de un cierto “buenismo” democrático.
No bastó con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki -con cientos de miles de muertos civiles- para probar su fuerza militar y humillar el orgullo del imperio japonés, era preciso seguir demostrando continuamente su enorme poder sobre el resto del mundo con varias estrategias paralelas: la económica con el dólar como patrón monetario, la intelectual y cultural con la importación de talentos foráneos y la imposición de modas USA o de las tecnologías con el oligopolio mercantil de sus productos. Esos mismos con los que ahora se controla y espía a sus usuarios.
Vietnam, Panamá, Chile, Cuba, Afganistán, Irak, Libia… La lista de “charcos” en que se han metido de cabeza con esas oscuras operaciones especiales de sus agencias de seguridad (convertidas a veces en estados dentro del Estado), es larga y sus resultados conocidos. Ahí donde existe representación diplomática, sus agentes pueden operar con toda libertad en los conflictos en que la alta política de Washington decide intervenir —o hacer la vista gorda para la intervención irregular— sabiendo, en todo caso, creyendo que el pueblo americano siempre estará como una piña para apoyarlos o que, será minoritaria la protesta.
El problema es que no han escarmentado en su afán de justificar su presencia e importancia en cualquier lugar del mundo donde se sienten en sus dominios. La frase tan difundida por la propia cinematografía americana: “soy ciudadano americano” (en vez de “estadounidense”) es significativa y ha sido como un “mantra” mágico que permitiera abrir puertas y hacer o deshacer lo que a cada uno le pareciera conveniente. ¡Ay de quienes no lo tuvieran en cuenta! Los caminos secretos de la represalia son largos y retorcidos. El atentado sobre las Torres Gemelas de Nueva York, en su día, sirvió para establecer toda una doctrina basada en el miedo y en la supuesta inseguridad, para justificar una hoja de ruta denunciada por el propio general Wesley Clark que anticipaba los conflictos posteriores. En Irak las supuestas “armas de destrucción masiva” fueron el motivo para la guerra; en Siria el “uso de armas químicas”; en Irán la posible existencia de armas atómicas…
Esta especie de “policía” internacional y sus tentáculos se ha movido en las “primaveras árabes”, en las revueltas de Siria, en los conflictos nacionalistas, en el Maidán de Kiev, en Egipto —donde fueron sorprendidos por la ventaja democrática de los “hermanos musulmanes” y hubo que dar un golpe de timón (suena mejor que “golpe de estado”), todo ello sin que las instituciones internacionales como Naciones Unidas abriesen la boca. No en vano están donde están.
El problema es que intentan enredar a los “aliados” en sus juegos de guerra buscando que los escenarios bélicos se encuentren lo más lejos posible de ellos. Buscando barreras que reciban los impactos de la primera línea, mientras ellos usan el mando a distancia que tan bien les ha ido. En el conflicto de Siria lo intentaron con sus socios europeos, pero éstos están suficientemente escarmentados con este “amigo” que los utiliza en su provecho y que además están sufriendo una crisis económica que les llegó desde sus burbujas financieras. En este caso los gobernantes europeos miraron para otro lado a pesar de los chantajes emocionales de la “guerra química”. Al fin y al cabo nadie movió un dedo antes, cuando ya los muertos se contaban a miles.
Ahora los escenarios de conflicto se multiplican. Corea del Norte es impredecible y posee suficiente arsenal bélico para cruzar el Atlántico. China tiene un gran poder económico y empieza a parecerse a los EE.UU. en su forma de colonizar comercial e industrialmente el mundo, Afganistán sigue en gran parte en manos de los “talibanes” (esos mismos a quienes adiestró y pertrechó EE.UU. para echar a los rusos) convertidos en un “boomerang”. Turquía que ya era de facto un socio de la UE, empieza a tener conflictos internos. La tensión entre Israel y sus vecinos no se rebaja por muchos viajes de conciliación que se hagan (esas negociaciones de paz que siempre fracasan y llevan a la guerra como única salida posible). El mundo árabe a pesar de sus diferencias, parece ir adquiriendo conciencia de imperio y recuperar el pasado esplendor (por eso hay que mantener los viejos recelos entre ellos). Africa está siendo explorada sutil y eficazmente por las potencias emergentes que también saben comprar voluntades y favores. En Europa se agitan los nacionalismos como ocurre en algunas repúblicas de la vieja URSS que debilitan e impiden la cohesión final de una Unión Europea. En el continente sudamericano los “populismos sociales” hacen estragos y provocan situaciones muy contrarias a los intereses de las grandes compañías (que hasta hace poco eran las que manejaban los gobiernos), conscientes de sus riquezas naturales y de su potencial político.
Mientras tanto, un Putin reforzado y apoyado por una mayoría del pueblo ruso ante la crisis del mundo occidental (EE.UU. a punto de quiebra), ha recuperado la península de Crimea tras las operaciones “especiales” de acoso y derribo del gobierno de Ucrania, apoyadas —al parecer— desde el exterior, provocando el escándalo internacional del mundo occidental, siendo acusado inicialmente por el presidente Obama de “saltarse el derecho internacional”, mientras se confirmaba el sistema de espionaje a los propios “aliados” europeos, sin más consecuencias que meras protestas diplomáticas. Eso -al parecer- nada tiene que ver con el derecho internacional.
El hecho cierto es que están saltando las alarmas por todas partes y que cualquier circunstancia baladí, puede servir de justificación para provocar un caos bélico a escala mundial, sin que los despistados ciudadanos, entretenidos con los “juguetes” electrónicos y manipulados hábilmente en el ocio irresponsable, se den cuenta de que quizá se los prepara para lo peor: para servir de carne de cañón en un escenario parecido a esos juegos electrónicos que los infantilizan.
El mundo cambia cada cierto tiempo y los imperios se colapsan debido a su propia complejidad y al empuje de otros —supuestamente marginales— que toman el relevo. En ese cambio probablemente ya no existirá el predominio total y absoluto de un estado, sino que pueden consolidarse nuevas alianzas más acordes con la historia y la cultura de las naciones, generando un equilibrio diferente al conocido, quizá más justo y más de acuerdo con las aspiraciones de unas sociedades que empiezan a despertar de su largo letargo y sólo quieren vivir en paz. Esperemos que ese despertar traiga además sistemas políticos más humanos y que se destierre para siempre ese “si vis pacen para bellum” que no es otra cosa que la forma de someternos con la inseguridad y con el miedo que ellos mismos inventan.













