Reconstrucción… ¿Qué reconstrucción?

Reconstrucción de España
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Los antiguos “brotes verdes” de Zapatero, parecía que empezaban a florecer con las llamadas “comisiones de reconstrucción” del sucesor Pedro Sánchez. Empezaron con la de “reconstrucción nacional” (con excepción de los territorios independientes de hecho porque no reconocen al Estado que representan), tal como ocurrió en España tras la Guerra Civil y ahora han continuado ¡cómo no! en el ámbito autonómico y en el municipal.

En los tiempos de la verdad (sin necesidades de comisiones) los ácratas acuñaron una ingeniosa frase: “Que se pare el mundo, que me bajo…” Hoy tenemos una nueva pandemia política bajo el nombre “reconstrucción”, que se irá nutriendo —como siempre— de los presupuestos públicos, para saltar después a los contribuyentes. Cada palabra reconstructiva en cada una de las miles de comisiones al efecto, será pagada a escote por los ciudadanos que todavía se preguntan de qué va eso de la “reconstrucción” y su eficacia real de cara a la sociedad.

Etimológicamente la palabra tiene su sentido cuando se parte de que haya existido una destrucción previa, bien total, bien sectorial, lo que traducido a la vida política en España y en el mundo, sería el grado de afectación del virus en los estratos sociales y políticos correspondientes, entendidos éstos en consecuencias finales y fatales para los ciudadanos. 

Está claro que el virus ha golpeado inmisericorde a una sociedad desprevenida en su ignorancia, en su comodidad y en sus miedos, salvo honrosas excepciones (dicen que la cobardía es libre ). Una sociedad que ha puesto todas sus esperanzas de vida en una clase política, a la que ha llevado a los altares de las nuevas religiones y dogmas entre aclamaciones babeantes e inciensos de hachís. Que, como en el conocido chiste, ha inclinado la cerviz ante sus “popes” exponiendo su trasero, diciendo: “Perdone mi señor que le de la espalda”. 

Una sociedad a la que se ha trabajado desde hace muchos años con unos objetivos determinados: un pensamiento único globalizado basado en la incultura o la contracultura galopante a lomos de tecnologías nada inocentes; una precarización intelectual e infantilizada acerca de la vida (la Filosofía o el arte de pensar, se eliminaron a favor del pragmatismo banal); una eliminación paralela del libre albedrío o la libertad de ser, sentir y hacer, de acuerdo con los principios morales naturales, para sustituirlos por los rimbombantes nombres de supuestas ideologías hábil y torticeramente manipuladas: ecologismo, feminismo, homosexualidad, etc. ; la progresiva dependencia de un supuesto “estado de bienestar” donde el estado (o sea, los políticos que se lo apropian), atenderán con solicitud en sus cada vez mayores exigencias.  En consecuencia, una sociedad donde las mutaciones del virus político han dejado sin capacidad de respuesta ante un nuevo totalitarismo a generaciones enteras.

La “reconstrucción” social, tan necesaria tras muchos años de adoctrinamiento y manipulación cultural, no va a depender de unas comisiones políticas. Ni siquiera de los llamados “expertos”, donde cada cual se pronunciará en función de quien le pague o del rendimiento que le produzca (como hemos visto con el Covid-19). La reconstrucción no será algo colectivo, sino personal donde cada uno demuestre su capacidad crítica a partir del conocimiento y la información depuradas individualmente.

Desde el punto de vista político la destrucción también ha sido progresiva a partir de la entrada de agentes externos que marcan las agendas de los estados en la medida que estos se dejen. Hay honrosas excepciones en países donde a estos infiltrados se les ha mostrado respetuosamente la puerta de salida. Unas cuantas organizaciones filantrópicas pretenden tener la llave para cambiar el mundo y la sociedad desde hace bastantes años, cosa que tendría su mérito si eso no significara la previa destrucción de los valores y principios que han servido para sustentar lo que llamamos “civilización”. Tanto las tradicionales corrientes políticas de “izquierdas” y “derechas” han sido capturadas para la causa, brindándoles nuevas banderas que exhibir para justificar su existencia. De esta forma no es de extrañar que las causas o idearios anteriores, se sustituyan por unos y otros de la misma manera, hasta el punto de confundirse y confundir a los ciudadanos. 

Pero hay más, todo lo aprendido, asimilado y defendido como forma de convivencia democrática, ha sido subvertido por nuevas y melifluas formas de totalitarismo “democrático” (dicen), donde la soberanía nacional conquistada por los pueblos ha sido usurpada sutilmente desde gobiernos autocráticos que han puesto las instituciones públicas a su servicio. Los poderes en que se asienta un sistema democrático han quedado reducidos a uno solo de ellos que se lo apropia con total descaro, al amparo de una supuesta representación política que hace aguas por todos los costados. Ni el legislativo está formado por representantes auténticos de la ciudadanía, ni el judicial es capaz de escapar a las trampas tendidas en su entorno jurisdiccional por el gobierno. 

En este apartado no hay que olvidar el papel que representan en España las CC.AA. como forma de clientelismo partidario, despilfarro de gasto público y fragmentación o destrucción de la nación como tal. Alrededor de 3.500.000 empleados públicos, bajo la batuta de mando de partidos estrambóticos, con miles de cargos apesebrados directa o indirectamente en los presupuestos públicos: Más o menos medio millón de personas en numerosas organizaciones alimentadas desde el Estado, rinden pleitesía a quien les proporciona suculentos contratos, cargos y retribuciones con las justificaciones más surrealistas. El gasto público a pesar de sus importantes órganos supervisores, es ya la vía de corrupción directa o indirecta más conocida. Frente a eso y para mantener el sistema, se plantean solamente por los “reconstructores” un aumento de impuestos en lugar del necesario, urgente e imprescindible ajuste presupuestario de gastos.

Finalmente tenemos el sistema corporativo y mediático, dos partes importantes del “tripartito” que se retroalimentan mutuamente. El mundo empresarial ya no es lo que debía ser: una aventura romántica e idealista de aportación social clara, desde la limpia competencia, la honestidad de la gestión y las cuentas claras y transparentes. Hoy se ha concentrado en auténticos oligopolios con capacidad e influencia política —mucho más allá de lo que pudo soñar nunca el “Ciudadano Kane”—, que cuelgan y dependen de los presupuestos públicos. El reciente decálogo de la CEOE lo deja al descubierto. 

Como vemos hay motivos importantes para la “reconstrucción” de lo destruido, pero mucho nos tememos que éstos se olvidarán en la era seráfica y distópica de la nueva normalidad. Es una cosa que el PSOE maneja con soltura desde las primeras elecciones.

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