Las próximas elecciones autonómicas y municipales van a ser un punto de inflexión importante en los cambios de la política española, produciendo uno total que obligue a rediseñarse los modelos de convivencia, u otro parcial que sólo sirva para seguir parcheando lo conocido y manteniendo el status del sistema. Para ello los partidos en liza se encuentran ante una encrucijada grave: demostrar sus diferencias con lo anterior en todos los aspectos (incluido el propio funcionamiento) o seguir adaptándose a lo establecido limitándose a tímidas medidas de supuesta regeneración política.
Los partidos “de siempre” es muy difícil que se salgan de lo que conocen y han mamado durante muchos años. Eso les proporciona una cierta seguridad de supervivencia aún en circunstancias adversas ya que, como se ha demostrado en Andalucía, el poder ejercido durante muchos tiempo crea adicciones y lealtades partiendo del “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Unos y otros tienen demasiadas sombras en su recorrido lo que va a provocar en el caso del PP y PSOE una especie de “pareja de hecho” aunque sea con previa separación de bienes. Tanto una formación como la otra se juega mucho ante una posible pérdida de poder y, aunque sea mirando para otro lado, van a ser esos “ extraños compañeros de cama” que preconizaba Fraga en la política. Una alianza implícita para sobrevivir les une a pesar y con motivo de los muchos escándalos y casos de corrupción que, prescritos o no, les marcan. Sus líderes respectivos quieren ser y hacer algo diferente, pero tendrían que prescindir de sus muchos implicados, directa o indirectamente, en casos oscuros, abrir a la investigación los archivos de gestión pública para auditar las cuentas y acordar una reforma constitucional que, al menos, se ocupara del polémico y cuestionado sistema autonómico, de la reforma electoral, de la separación real de poderes, del régimen de incompatibilidades públicas, del reajuste y control en profundidad del gasto público y del régimen de responsabilidades personales correspondiente (entre otras cosas). Nuevas caras y personas sin contaminar aunque eso suponga la refundación de ambos partidos.
Por su parte, los nuevos partidos emergentes deben plantear claramente sus programas políticos. Las transversalidades que tratan de defender deben ser reales, no mera cosmética o estrategia electoral. Para ello precisan un trabajo enorme de organización funcional operativa, de estudio de la gestión de gobierno, de diseño de gestión pública y de alternativas viables y reales a las distintas situaciones y problemas. No se trata de aumentar expectativas a base sólo de las pérdidas de los otros, sino del merecimiento por el esfuerzo realizado para poder coger el timón de gobierno. No se trata de esperar los resultados electorales para ver qué se puede hacer o de basarse en las meras opiniones o referencias de colectivos públicos (que también), sino en ir construyendo una verdadera alternativa de gestión de cara al futuro incierto que se nos presenta. Las diferencias en el funcionamiento deben ser netas y la forma de participación de afiliados y simpatizantes abierta a todos. Las noticias sobre la retirada de uno de los miembros de la directiva de “Podemos” reabre la cuestión de cual es el modelo transversal preferido: el asambleario o el funcional. Por su parte “Ciudadanos” aún está acusando y tratando de digerir el brutal ascenso en la intención de voto, detectándose un cierto temor a verse en la obligación de gobernar desde la inédita situación actual donde, contra reloj, se trata de construir una organización operativa y eficiente. En ambos casos se plantea el mismo problema: no hay experiencia de gestión pública y, por tanto, van a estar al albur de quienes desde distintos colectivos públicos y privados, se arroguen el papel de consejeros áulicos con intereses personales o corporativos. Distinguir una cosa de la otra y saber rodearse de quienes no tengan otro interés que ayudar sin ninguna contrapartida, es una asignatura que todavía tienen por delante.
Finalmente, tanto UPyD como IU están intentando remontar esa caída de apoyo que les ha sumido en el desconcierto y la sorpresa. Como ya hemos apuntado en algún momento sus posibilidades electorales son escasas y están obligados como PP y PSOE a una profunda refundación de sus estructuras, de sus formas de actuar y, sobre todo, de las viejas guardias que, más que ayudar, parecen lastrarlos.
El cambio político no es sencillo. Han sido muchos años de perversión y corrupción de un sistema que se ha permitido estar por encima de los ciudadanos en lugar de a su servicio. Un sistema en que han prevalecido intereses y privilegios personales o corporativos, en los que se ha confundido lo público y lo privado. Un sistema nacido de las buenas intenciones de la reconciliación ideológica o política, que se materializó en una Constitución violada constantemente por quienes debían defenderla desde las instituciones públicas. Un sistema que tuvo su vigencia y su sentido hace ya 37 años en los que la sociedad ha cambiado profundamente y que necesita actualizarse con proyección de futuro. Un sistema lleno de contradicciones donde la unidad política que se pretende lograr en la UE, choca frontalmente con los soberanismos autonómicos; donde la participación política ha sido selectiva y controlada hasta llegar al “no nos representan”; donde los modelos de vida y desarrollo se han mostrado insuficientes o equivocados; donde los valores más importantes de las personas han sido sustituidos por el poder, la codicia o la simple estupidez.
Los partidos políticos, tal como los hemos conocido, necesitan renovarse para seguir realizando el papel que les toca: ser los representantes reales de una sociedad a la que no se puede ya engañar o someter. Una sociedad viva, plural y a veces desconcertante, pero ellos deben ser su fiel reflejo y estar a su servicio. Ya no son de recibo los programas políticos surgidos solamente en etapa electoral sin ninguna conexión con la sociedad, ni son de recibo las formas en que han estado funcionando que se han demostrado artificiosas en sus estructuras y falsas en sus promesas.













