Las uvas están verdes en Gibraltar

Las uvas están verdes en Gibraltar
Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores y autor de "La historia del poder". En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.

El acuerdo que, tras la consumación del Brexit, ha firmado con Gibraltar la ministra de Exteriores Arancha González Laya, nos hace recordar la fábula de la zorra y las uvas. Cuenta su autor, Félix María Samaniego, que el deseo de comerse el racimo que ve colgar en la parra hace saltar a la raposa una y otra vez para alcanzarlo, mas como no lo logra encuentra una justificación para evitar sentirse frustrada. Entonces mira las uvas por última vez y se aleja musitando. ¡Están verdes!

Que la zorra resuelva así la cuestión no es estimulante para la mente humana si se considera que la metáfora nos hace ver que el anhelo de recuperar Gibraltar se arrastra desde su remota cesión a Inglaterra. Recordémoslo: A la muerte del rey Carlos II sin descendencia, el trono de España con su vasto Imperio se convertía en objeto de deseo para las dos dinastías preponderantes en la Europa de principios del siglo XVIII, los Habsburgo y los Borbones. La guerra de sucesión implicó también a Inglaterra y el resultado, tras el terrible desgaste que supuso para España participar durante catorce años en aquella contienda, dio lugar al Tratado de Utrecht (1713) por el que el rey español cedía al inglés: la plena propiedad del castillo de Gibraltar, con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre.

Son innumerables los ejemplos (véase: http://www.lahistoriadelpoder.com) que nos muestran la manera en que la vida de las gentes es condicionada por una decisión del poder. Un monarca cedió Gibraltar y también Menorca porque, tras la disputa por el trono entre dos dinastías, se llegó a una transacción que años después quedó sin efecto en el caso de Menorca. En cuanto a Gibraltar se le prohibía en el tratado comerciar con los pueblos colindantes e incluso el abastecimiento por tierra, pero esto quedó en papel mojado. Más de dos siglos después, cuando se acordó la descolonización dentro de Europa, Gibraltar fue objeto de debate y se definió como un caso colonial que debía resolverse. Si España no lo logró entonces fue porque era la parte más débil. ¿Cuánto se demoró Portugal en entregar Macao? ¿Cuánto la propia Inglaterra en ceder Hong Kong, su más importante enclave en la costa asiática? En ambos casos bastó simplemente que China lo exigiera.

En las páginas de El Mentor, han tratado el caso de Gibraltar con su acostumbrada brillantez Pedro González y Carlos Miranda. Poco cabe añadir a sus excelentes artículos. Si acaso, resaltar el hecho de que para nosotros no cabe el auto engaño, como hace con las uvas la zorra de la fábula. Por el contrario, Gibraltar lleva trescientos años madurando. Incluso en la levedad de su única concesión para justificar la sinrazón, Inglaterra firmó que España tenía absoluta prioridad si la corona británica tenía que vender o enajenar su propiedad, una propiedad que ahora dice abandonar en favor de los gibraltareños, tras haber ampliado su extensión por el procedimiento invasivo de ocupar unilateralmente el istmo, donde construyó un aeropuerto militar, convertido luego en civil.

Incorporo a mi argumentario otras razones que me transmite, con no poco desaliento por la actuación del Gobierno, uno de los promotores del movimiento “La España que reúne” (véase: http://laespanaquereune.com/. Tales son que sufrimos una situación política por la que el gobierno pacta con fuerzas que pretenden deshacer España. Ello conduce a ignorar lo que nos es común para insistir en lo que nos separa. Es el caso del acuerdo sobre Gibraltar, una reivindicación histórica con identidad nacional que ahora se abandona. Y añade con buen criterio: que los gibraltareños tengan un futuro mejor no debería molestarnos si no fuera porque es a costa de extraer ilegalmente una parte de la renta que fiscalmente le corresponde a España.

En efecto, si algo está claro de la vida de la colonia, es que se ha desarrollado sobre un gran negocio que extrae de su entorno cuanto puede. Son miles las sociedades creadas, hay informes que mencionan algo más 40.000 y entre ellas un centenar largo de entidades bancarias; casi la totalidad de dichas sociedades carece de personal y son administradas por bufetes que sirven en muchos casos para la elusión cuando no la clara evasión fiscal y, a veces, para actividades que rayan o entran de lleno en lo delictivo como es el blanqueo de capitales. Es probable que la Royal Navy siga atracando sin control alguno sus buques de guerra y hasta algún submarino nuclear, como ha ocurrido en el pasado. Se añade a ello que la decisión de suprimir la verja permite a los gibraltareños residir y disfrutar sin limitaciones de la Costa del Sol y acaso de su red sanitaria. Para consuelo de pocos, darán trabajo no cualificado a un contingente de trabajadores de la Línea de la Concepción, excluidos de la legislación laboral española, aunque felices de obtener unos ingresos en su ciudad azotada por el desempleo.

Esa es la realidad, con más o menos matices, que el aprovechado Fabián Picardo, “primer ministro de Gibraltar”, ni siquiera se molesta en edulcorar como ha hecho nuestra diplomacia. De ahí que haya iniciado el nuevo año 2021, que quedará señalado como el de la consumación del Brexit, con una advertencia que debería ruborizarnos. Su declaración no necesita intérpretes, está hecha en puro llanito. Pongan ustedes el acento: “España no tendrá control ni en el puerto ni en el aeropuerto y ningún español realizará control alguno. Esta es nuestra tierra”. Entre los logros que Pedro Sánchez quiera inventarse ante la ciudadanía que le otorga su confianza, según nos recuerda cada mes el CIS de Tezanos, le será difícil incluir como un gran éxito el acuerdo sobre Gibraltar, que hace vibrar de satisfacción al ministro Picardo.

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