Las nuevas murallas

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Estas construcciones han tenido siempre un carácter defensivo y protector hacia el exterior, ya que se trata en general de barreras que impidan el paso de cualquier amenaza. La más conocida de ellas, la Muralla China, es el mayor ejemplo de ello, pero no debemos olvidar todas las demás, desde la más pretenciosa a la simple muralla doméstica que no sólo es un muro de fábrica, sino también puertas y ventanas blindadas, alarmas, perros guardianes y vigilantes.

La desconfianza y el miedo, normalmente espoleados desde distintos espacios con intereses políticos, sociales o comerciales, han hecho de nosotros unas personas cobardes ante todo lo que significa nuevo, diferente o sospechoso. Es una sociedad miedosa, acobardada, temerosa y desconfiada lo que hemos ido construyendo con la civilización. De ahí el egoísmo insolidario que no nos permite ver más allá de nuestra nariz o del ombligo.

Hace ya tiempo que las fronteras empezaban a abrirse y que el símbolo de la negación de la libertad, el muro de Berlín levantado por la Unión Soviética tras la 2ª guerra mundial, fuera demolido y arrasado por unas generaciones nuevas que pretendían poner punto y final a la guerra fría. Unas generaciones que veían en el modelo de vida occidental como el paradigma de la libertad, se apresuraron a romper barreras, a comunicarse directamente y a entender que nuestras formas de vivir eran mejores que las que conocían en sus lugares de origen donde la miseria, las guerras, el hambre, las epidemias o la muerte eran y son habituales.

Los desplazamientos de población o de inmigración se han cobrado muchas más víctimas que los propios conflictos bélicos en el siglo XX, todos en una huída desesperada de situaciones que impedían tener un horizonte de futuro. El miedo de unos huyendo empezó a generar miedo de otros que los veían llegar a sus fronteras, a sus costas, saltando barreras y exponiéndose a muchos peligros para llegar a lo que consideran una tierra de esperanzas y promisión. El miedo se apoderó del llamado primer mundo y las fronteras se fueron cerrando para los extraños, los “extranjeros”. Cabe recordar lo que fue y significó la pequeña isla Ellis antes de que se erigiera en ella la Estatua de la Libertad, lo que ha sido y es el muro levantado entre israelíes y palestinos o las nuevas murallas y barreras a la inmigración que Europa levanta todos los días para impedir el acceso a sus territorios de miles y miles de personas.

El miedo a estas avalanchas humanas fuera de controles políticos o administrativos ha sido el caldo de cultivo de la desconfianza hacia ellas en unos momentos en que, el supuestamente brillante y opulento mundo occidental, empieza desvelar sus muchas y escondidas sombras tras falsas burbujas especulativas llenas de gases tóxicos que parecen haber sorprendido a todos. O quizá no a todos. Quizá no haya casualidad en ello y simplemente responda a unas estrategias geopolíticas que se nos escapan pero que, como es natural, podemos suponer porque ¿qué sentido tiene el generar el terror en unas poblaciones determinadas a través de enfrentamientos inducidos?, ¿qué sentido tiene el apoderarse de recursos de la periferia occidental que podían servir para mejorar las condiciones de vida de los inmigrantes?, ¿qué sentido tiene el utilizar la corrupción y el chantaje para imponer intereses económicos?

Sólo nos queda otra vez la palabra “miedo”. Un miedo que nace de propiciar la inseguridad y lleva al sometimiento. Una población atenazada por el miedo a lo que sea (si no existe se inventa) es una sociedad fácil de dominar, fácil de llevar por los caminos que se les marque, fácil de influir, fácil de jugar con ella según convenga o interese.

Ahora, tras el aumento imparable de la inmigración, el miedo empieza a estar en el bando contrario. Cuando las situaciones se desbordan se levantan nuevos muros para contenerlas, alambradas, vigilantes, perros e incluso armas. La inseguridad de los que llegan provoca la inseguridad de los que están, ya que será una guerra sin cuartel por la supervivencia y ¡quién sabe lo que puede pasar! Ya no se trata de parias que pueden ocuparse sólo de tareas menores sino de personas preparadas y trabajadoras con perfiles cualificados. Son la competencia para quienes ven peligrar aún más su anteriormente feliz modo de vida. Vienen de culturas diferentes y de religiones diferentes. Viven y se relacionan de una forma distinta a la de los nacionales de cada país por muchos que la globalización les haya influido.

El miedo a las mayorías raciales o étnicas es sistemático como demostró la lucha por los derechos de los negros en EE.UU. y cómo puede regresar desde las propuestas de tribunas políticas que, como cenizas que no se han extinguido todavía, vuelven a proclamar el recelo hacia los “extraños” aunque tengan la misma nacionalidad. La desconfianza y el temor es intuitiva y no nace de la racionalidad, por ello es fácilmente explotada ideológicamente en uno u otro sentido. Los conflictos civiles y sociales dan lugar a los bélicos en unas gentes propensas al miedo con que se trafica en el mundo. Un miedo tan contrario a la libertad que quizá, en un corto plazo, nos haga conocer situaciones que nos retrotraigan a épocas que creíamos superadas. Barreras, muros y murallas vuelven a ser las nuevas fronteras de defensa absurda ante quienes previamente se los ha convertido en desesperados.

Las nuevas murallas no son sólo físicas, sino que las habremos levantado en nuestros corazones para encerrarnos de por vida. Nuestra supuesta libertad habrá demostrado que no era real y que nuestra cobardía construirá nuestra propia jaula.

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