Las colas del hambre

Las colas del hambre
Por
— P U B L I C I D A D —

«A los occidentales ya no les quedan respuestas…»

Esta frase proviene de los diálogos de la magnífica película “El año que vivimos peligrosamente” que, allá por los años 80, adaptaba una novela de Christopher Koch sobre los conflictos políticos en Indonesia en los años 60, donde el presidente socialista Sukarno apoyado por el partido comunista PKK, hacía gritar al fotógrafo Billy Kwan (interpretado por la actriz Linda Hunt) desde la ventana de un hotel: ¡Sukarno, da de comer a tu pueblo…! antes de saltar al vacío y estrellarse en el suelo.

En septiembre de 2020, con el título Los nuevos indigentes publicaba un artículo sobre lo que históricamente fue la “Hermandad del Pan y el Huevo” ya en el siglo XVII, que salía a la calle para socorrer a los mendigos y que continúa haciéndolo en el siglo XXI con la única diferencia de que ya no sólo son mendigos clásicos, sino que las llamadas “colas del hambre” han ido aumentando en número y tipología de los que esperan un plato caliente al día.

Eso está ocurriendo con un gobierno que prometió que “nadie se quedaría atrás”, pero debía estar refiriéndose a la multiplicación de cargos y sueldos que ayudarían a mantener el poder, mientras iba destruyendo económicamente al pueblo que ingenuamente se creyó sus promesas, dejándolo en la miseria y estrujándolo hasta dejarlo en los huesos. Las “colas del hambre” serán siempre uno de los estigmas más miserables de una clase política incapaz de defender al pueblo de la necesidad y el sufrimiento.

Si se destruye la economía de un país siguiendo instrucciones ajenas a los intereses de su soberanía, se está actuando en contra del Estado y la Nación, (términos que desde la postverdad —o sea la mentira— han quedado relegados) y por ello deben suponer responsabilidades de toda índole para sus autores. Es ahí donde la Justicia, tercer poder del Estado, tiene la última palabra (ya que la penúltima correspondería a la Jefatura del Estado, encarnada en la figura del Rey según el artº 56 y 62 de la Constitución).

Son los sistemas políticos adulterados los que esconden tras de una bonita fachada social una realidad diferente. En su día el “socialista” Sukarno pudo crear un patrimonio que permitió a su viuda Dewi Sukarno (muy conocida por la prensa rosa) instalarse en Occidente y vivir a su costa. Lo mismo podríamos decir de un buen número de “revolucionarios” en todos los continentes, de los que se descubren patrimonios (digo “descubrir” por la hipócrita sorpresa que -sobre todo los medios de comunicación- ven sólo a toro pasado) amasados a costa del hambre, la miseria y el sufrimiento de sus pueblos.

Cuando el llamado “mundo democrático liberal” anunciaba a bombo y platillo la existencia de un mundo justo, equilibrado institucionalmente, donde el Estado de Derecho de cada país garantizaba la “igualdad ante la ley” de todos sin excepción, empezaron a surgir demasiadas “excepciones” todas ellas con el soporte legal correspondiente. Todos los casos tenían una cobertura jurídica (ya que se hacía a medida) y por tanto encontraban en la legalidad justificación de los actos por muy estrambóticos, arbitrarios, discrecionales e injustos que fueran. De una forma sutil primero, de una forma descarada después, con absoluta sinceridad.

Mientras tanto la gente, el pueblo del que se han apropiado (“da de comer a TU pueblo”), ha ido pasando de la soberanía nacional a ser utilizados en beneficio de unos cuantos que son los que en verdad dirigen, ordenan, planifican y se confabulan para salvar sus propios intereses. Eso sí, bajo el eufemismo de “estados de bienestar”. Atrás quedó -incluso en las monarquías absolutas- el “nos, que valemos tanto como vos y todos juntos más que vos…” con que los vasallos se enfrentaban a los príncipes y reyes de la época. Hoy día y en muchos casos, la frase más acertada sería la pronunciada por las oligarquías mundiales: “Nos, que valemos mucho más que vos, puesto que eres un producto de nuestro poder…”.

El dinero se dispara en beneficios para unos, mientras maltrata a los que un conocido político “de izquierdas” llamaba “chusma”. La torpeza para acabar con el descontrol de los llamados “paraísos fiscales” con su correspondiente blanqueo de capitales, o el anuncio frustrado de las listas de evasores de capital, tan pomposamente anunciadas por los llamados “socialistas” del mundo, han sido como el parto de los montes: al final, un pequeño ratón.

No es tan difícil seguir la pista de los beneficios y la “santidad” de los mismos. Desde luego no están, ni estarán nunca, en las colas del hambre. Esas son simples “daños colaterales” del aumento de beneficios para los de siempre.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.