Las “cloacas” del Estado

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Las cloacas del Estado
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Se viene utilizando este término para denominar todo aquello que los poderes públicos (no el Estado), desean dejar oculto al conocimiento de los ciudadanos, bien por tratarse de temas especialmente sensibles, bien por tratarse de delitos o ilegalidades cometidas por los servicios públicos, aunque sean justificados por “razones” del propio Estado.

Tales servicios públicos han sido revestidos de autoridad y de poder delegado, por parte de quienes ostentan la representación política (Parlamento), a través de las leyes correspondientes y de quienes las deben ejecutar (Gobierno), pero suelen tener tendencia a arrogarse en muchos casos más autoridad o poder de la que les corresponde, creándose grupos y organizaciones que pueden al final condicionar al propio Estado, entendido como la organización política y administrativa que se da una sociedad para la convivencia.

Lo estamos viendo en diferentes ámbitos. Los casos más conocidos (pero no los únicos) por todo lo publicado hasta ahora, demuestra las “amistades peligrosas”, los compromisos personales derivados de favores mutuos e incluso los chantajes de unos personajes a otros, basados en el conocimiento de sus respectivas actividades. Tener “cogido por los h…” a alguien, se ha convertido en una forma mafiosa de actuar en nuestra sociedad y el mundo de la política, lo corporativo o lo mediático no iba a ser menos. A más poder más posibilidad.

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Las “cloacas” del estado empezaron a supurar porquería en España con mayor virulencia a partir de lo que se suponía un régimen democrático. La batalla del Estado contra el terrorismo justificaba acciones que, en otro contexto, serían injustificables. Siempre habrá una cierta justificación para la acción delictiva. Estas “cloacas” se ramifican por todo el mundo como algo consustancial a la política. Lo vimos en su día con conocido “Watergate y lo hemos comprobado con el espionaje telefónico entre supuestos aliados o las “operaciones de falsa bandera” para provocar conflictos.

En ese mundo de “cloacas” los servidores públicos van conociendo los entresijos e intereses de personajes a los que se espía abiertamente o de los que se tiene suficiente información sobre sus actos privados y vida personal. El chófer del cargo público que participa y conoce las escapadas sexuales del jefe así como la procedencia del dinero gastado en fiestas, estará siempre en condiciones de tenerlo cogido “por los h…”. Los servidores públicos que reciben encargo de cualquier actuación ilegal tienen información del inductor, pero también del resultado de tal actuación. El mundo de los servicios secretos utilizados para la seguridad del Estado, puede derivar en otros intereses ajenos al Estado… Todo ello lleva las consiguientes contraprestaciones y, al final, se crean “estados” dentro del Estado, con más poder que éste.

El Estado Español por su parte tiene una serie de controles internos que deberían velar porque tales actos no se produjesen, tanto en el orden político (Parlamento), como económico (intervención de Hacienda), como en el jurídico (abogacías del Estado), como en el administrativo (inspección de servicios), así como una fiscalía del Estado (que no del gobierno) que debe actuar ante cualquier indicio de delito en el sector público para llevarlo a los tribunales. Pero, los gobiernos se apoderan del Estado y lo ponen a su servicio con la justificación de los intereses públicos. Unos intereses que —muchas veces— sólo son de quien maneja los resortes públicos en su propio beneficio. Las “cloacas” van llenándose de actuaciones que conviene tener ocultas. La red de “cloacas” va extendiéndose en una metástasis cancerosa por todas las instituciones, cruzándose con las “cloacas” del mundo corporativo (que también las tiene), del mundo mediático y de la propia sociedad, que queda contagiada por ellas. Encontrar honestidad y bondad en la convivencia habitual de los ciudadanos con la ejemplaridad recibida, se vuelve cada vez más difícil y, en todo caso, siempre será cuestionada.

La seguridad del estado se confunde con la seguridad de quienes viven del Estado y, cada uno en su pequeña “taifa”, tiene la posibilidad de actuar según sus intereses personales. Si éstos se basan en principios éticos de auténtico servicio público, los ciudadanos (el Estado) saldrán robustecidos. Si no existen tales principios y el contagio de las “cloacas” los ha infectado, se servirán de su cargo, posición, relaciones, influencias y conocimientos en su propio beneficio y habrán añadido una nueva “cloaca” a la red existente. Una red de distintas proporciones, cada vez más extendida y portadora de porquería en casi todos los casos.

En España el sistema autonómico ha multiplicado las “autoridades” y “cargos” partidarios, que se alimentan a su vez de personas de la sociedad que reciben la responsabilidad del “poder delegado” pero que, en algunos casos, carecen del sentido de lo público o creen eso de que “el dinero público no es de nadie” y es la ocasión de derivar algo hacia su persona. Pero el dinero no es todo en ese juego de la “erótica” del poder. Es demostrar quien tiene más poder, quien manda más, quien tiene un ejército de burócratas o servidores públicos mayor, cuando no es la megalomanía de los edificios y despachos más apabullantes.

Las “cloacas” se alimentan todos los días por todos aquellos que utilizan su poder o posición (por pequeños que sean), para conseguir abusivamente beneficios propios, escondidos en las supuestas razones de Estado o en el servicio público. Es nuestra forma de decir que somos civilizados.

“John Le Carré” queda a la altura de un inocente cuento de Disney, cuando vamos enterándonos de lo que se esconde en los vericuetos de las “cloacas”. Sus ya famosos personajes preocupados en teoría por la seguridad del país, ponen en evidencia las muchas bajezas morales que, ese mundillo misterioso y oscuro, esconde a quienes han delegado en ellos confianza y poder: los ciudadanos.

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