La política de la Iglesia

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Papa Francisco: “La verdadera grandeza de un líder está en cuidar a los que más sufren, en otro caso el poder se convierte en vanidad…”.

Javier Milei: “Santo Padre, la caridad obligada por el Estado, no es amor, es esclavitud disfrazada de compasión”.

He recogido estas dos frases de la visita del presidente de Argentina al Papa Francisco recientemente fallecido. En los dos casos figuras polémicas separadas en la política: el teórico socialismo del Sumo Pontífice frente al más amplio concepto de libertad del igualmente argentino Javier Milei, para tratar de entender cómo la Iglesia se ocupa de cosas terrenales y, por ello, actúa como “influencer” no responsable de sus palabras más allá del mensaje religioso. Uno aconseja (encíclicas) lo que debe. Otro está obligado a resolver realidades diarias de los ciudadanos y de las naciones. “Hombres de fe, tienen que rezar como si nada se produjese sin la intervención de la Divina Providencia; hombres de acción, deben obrar como si la Providencia no existiese” (Jean Chevalier).

En la historia de la Iglesia Católica, desde Constantino el Grande (año 313) hasta nuestros días, ha habido de todo: boato, ceremonial, cercanía al poder y una ostentación incompatible con la doctrina social predicada. Ha sido su forma de sobrevivir para mantener el mensaje de Cristo, pero también los muchos y variados privilegios obtenidos del poder, por mucho laicismo exhibido por los estados. En nuestra Constitución de 1978 (artº 16.1: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades… Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica…” (artº 16.3).

La Iglesia Católica se configura a través de los tiempos como una organización apostólica, pero también política, cuyos miembros deberían ser imparciales y neutrales tanto en el ejercicio de su apostolado, como en las relaciones políticas con los estados e ideologías dominantes en un puro esfuerzo de pulso de poder -unas veces- y otras de simple supervivencia. “Se verá a la Santa Sede fulminar el anatema contra poderes temporales que no reconocen sus derechos o encerrarse en un silencio cuya prudencia será juzgada cobarde e incluso cómplice” (Jean Chevalier). En definitiva, ganar tiempo que es el instrumento de la Providencia.

Su estructura orgánica se apoya en el estado del Vaticano, un pequeño territorio en el centro de Roma que, originariamente tenía 18.000 kilómetros cuadrados y una población de más de tres millones de habitantes que, en los acuerdos de Letrán (1929) entre la Santa Sede e Italia, quedarían reducidos a las actuales propiedades, donde residen las distintas congregaciones y la jerarquía funcional de prelados que asisten al Papa en sus decisiones. En términos laicos es una oligarquía sometida a una sola voz: la del Pontífice, jefe de la Santa Sede y del estado del Vaticano, con sus órganos responsables de las diferentes cuestiones, donde sobresale la figura de la Secretaría de Estado encargada de las relaciones internacionales. Y, por tanto, centro de las actividades diplomáticas, de quien dependen los acuerdos o concordatos que se realicen con los estados. No obstante, si algo no está previsto en los mismos, el representante de la Santa Sede no puede intervenir por ningún medio jurídico en las situaciones políticas de los estados. Sólo aconsejar, influir, opinar… desde el inmenso poder del Vaticano. Desde la constitución del Estado se comprometía a observar la más estricta neutralidad en los conflictos entre otros estados (artº 24 Tratado de Letrán), si bien no podía sustraerse a ellos de una u otra forma.

Cada papado ha dejado una impronta y se ha enfrentado a problemas distintos. Y lo ha hecho a través de mensajes o “encíclicas” que condensaban su forma de influir, reflexionar y orientar en cada momento. De las más conocidas están como ejemplo “Pacem in Terris” (1963) de Juan XXIII o “Populorum progressio” (1967) de Paulo VI. Pero fue en el período de conflictos bélicos en Europa principalmente, donde la diplomacia vaticana encontraría su máxima expresión para adaptarse hábilmente a la situación (sobre todo Pio XII) y así mantener una posición de aparente neutralidad que la hizo sobrevivir y, en muchos casos, intervenir bajo la misma.

El Código de Derecho Canónico establece las funciones en la forma siguiente:

1.-“Cultivar según las normas de la Santa Sede, las relaciones entre la Sede Apostólica y los gobiernos civiles ante los cuales ejercen representación.

2.- Velar por la situación de la Iglesia en el territorio que les corresponde e informar de ello al Papa.” (can. 267).

Como vemos, la estructura funcional externa previene una representación política del Estado del Vaticano similar a cualquier otra legación diplomática (de hecho, se la considera cómo la más importante), con capacidad de influir más allá de los asuntos meramente apostólicos. Esta estructura se complementa con la interna con un aparato administrativo y burocrático al servicio del Papa, Jefe del Estado Vaticano, con sus propios servicios financieros. El Banco del Vaticano es la institución que da soporte económico a las finanzas de la Iglesia.

¿Todo ello es compatible con la verdadera misión de la Iglesia, sobre todo al comparar su situación de poder con la de los más desfavorecidos? Mucho se ha discutido en el seno de la Iglesia sobre esta cuestión, que ha provocado las disidencias de muchos de sus miembros (sobre todo en Hispanoamérica y Centroamérica), donde la explotación de los pobres por las élites, creó la Teología de la Liberación y su vinculación al comunismo, hasta el punto de no saber dónde empezaba o terminaba la influencia política en el mensaje evangélico.

El libro “The Vanishing Clergyman” (1967) de monseñor Illich, es un ensayo que cuestiona todo ello. En él se compara la Iglesia como una “organización internacional de cualquier firma eficiente americana de expertos, tipo la General Motors… donde el Vicario de Cristo, sería el presidente-director general, donde la tecnocracia clerical está más alejada del Evangelio, que la aristocracia sacerdotal”. Se señala asimismo que el Vaticano sufre la peligrosa contaminación de la ONU y “los sacerdotes se ven ahogados porque su sacerdocio está unido a los privilegios del Estado Vaticano”.

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