Resulta siempre difícil intentar buscar explicaciones racionales a los actos de violencia que no están provocados por cualquiera de las motivaciones que, desde los instintos más bajos del ser humano, aquéllos que lo acercan al mundo animal irracional, nos pueden resultar más entendibles.
Para ello debemos partir de la violencia que, diseñada y propagada por doquier, ha dominado (y domina) a las sociedades actuales, constituyendo un sistema global, a pesar de los intentos legales de sancionarla. Debemos partir de un mundo violento por antonomasia en el que vivimos donde, todos los medios de la comunicación humana, están enfocados a enaltecerla, tanto si es violencia inducida por “buenas causas”, como si se trata de las calificadas como “malas”. En todas ellas hay un componente supuestamente “heroico” que se premia con medallas o con “paraísos” para aquellos dispuestos a todo por diferentes causas: valor, deseos de protagonismo, simple desesperación o codicia.
En todo ello está teniendo un gran papel un mundo conmocionado por conflictos que tratan de justificarse desde la política o la religión (sobre todo) pero que, en el fondo, son caldos de cultivo de odios, resentimientos y deseos de venganza por muchos de los que se sienten marginados, perseguidos u objeto de guerras que no entienden. Si a ello añadimos los múltiples casos de enajenación mental que muchos descubren en su entorno más inmediato (también por motivaciones diversas), veremos que eso que llamamos “seguridad” es sólo una forma de combatir nuestro sentimiento de miedo. Ni existe tal seguridad completa, ni se la puede pretender en un mundo dominado por la violencia.
Europa y el mundo civilizado está nuevamente conmocionada por unos atentados a los que se busca de inmediato motivación o explicaciones (no justificaciones) que permitan seguir administrando por una parte el miedo y por otra “seguridad”. Pero no es sólo Europa donde la barbarie reina provocando muerte y sufrimiento. Son muchos los países donde la delincuencia organizada, los odios étnicos o raciales y la violencia social (además de las guerras), dejan a diario un triste parte de bajas y nadie sabe si, por cualquier circunstancia accidental, le tocará ser el siguiente. Al fin y al cabo las muertes son iguales en la mayor parte de las ocasiones y dejan el mismo vacío e impotencia.
Nuestra sociedad ha vuelto a vivir con horror lo ocurrido en Niza, en un tren en el sur de Alemania, los conflictos raciales en EE.UU. o lo sucedido en Münich. Es algo que nos llega de inmediato desde los medios de comunicación, sobre lo que comentamos probablemente condolidos, pero que no nos impide a continuación seguir viendo (y disfrutando que es peor) de series televisivas, películas y juegos de violencia que, poco a poco, van provocando un sentimiento de rutina y hábito (cuando no de un cierto y peligroso afán de protagonismo) que asumimos, al igual que lo hacemos con los cientos de accidentes y muertes de tráfico o laborales.
El caso de los llamados “lobos solitarios” en la jerga policial, parece tener más que ver con esa violencia mediática difundida por todos lados, junto con la posible situación personal y mental de sus protagonistas, que buscan en muchos casos la notoriedad de los “héroes” de ficción que los saque de su entorno vulgar que no les brinda la menor esperanza. Tal parece ser el caso del chaval que con un hacha en la mano se dedica a agredir a los viajeros de un tren o el que, con un simple camión, irrumpe en un espacio lleno de gente que se lleva por delante o el que, provisto de un arma de fuego o un artefacto explosivo, decide hacer una matanza indiscriminada en cualquier lugar del mundo (hoy 80 muertos en Kabul) . Incluidos aquellos que están dotados de mayores medidas de seguridad.
El riesgo está a la vuelta de la esquina y vivir o sobrevivir en este mundo resulta cada vez más difícil. Me permitiré una anécdota personal. hace poco, en una parada de autobús del centro de Madrid, hacia las ocho de la tarde, llegó una persona de apariencia normal. Tendría unos sesenta años. Fuerte, con el pelo cano, vestido con normalidad. Nada que llamara la atención. A los pocos minutos de estar sentado debajo de la marquesina, se me acercó amenazante y me dijo: “Si quisiera, le podía matar ahora mismo”. Sorprendido me volví y comprendí que la amenaza no era una broma. Intenté bromear con él y ganar tiempo. Llegó el autobús y subió en él empezando a meterse con los viajeros. Avisé al conductor y esperé que no ocurriera nada pero, si esa persona llevaba (como creo) una navaja en el bolsillo y decide agredir a los viajeros ¿estaríamos ante un atentado terrorista o ante un acto de enajenación mental? Es más ¿podríamos calificar de terrorista al piloto que estrelló su avión en los Alpes? Cada caso es más complejo de lo que nuestro deseo de explicaciones reclama.
Nos provoca terror todo aquello que escapa a nuestro control y cada vez son más cosas. Es una espiral de miedo que se acompaña de una violencia latente en nuestro entorno. Tenemos miedo de personas inofensivas y, en cambio, no somos capaces de percibir el verdadero peligro. Intentamos achacar comportamientos agresivos solo guiados por los tópicos de aspecto, raza o edad, mientras quizás a nuestro lado un ciudadano “normal” pueda actuar con una violencia inesperada.
Por eso estamos desorientados y cada vez más asustados. Porque estamos envueltos por las “amenazas sobreestimadas” que, según un experto del IEEE, “nos dictan los medios de comunicación social” con respecto al atentado de Niza:
“…. sin ninguna o difusas relaciones con la organización matriz, algunos enloquecidos se prestan a realizar acciones criminales sobre blancos fáciles….”, contribuyendo a lograr los deseos de quienes buscan nuestra desestabilización social, cultural o política o buscan la reivindicación de su supuesto poder personal o colectivo. No es raro pues que, cualquier acto violento, intente ser reivindicado por unos u otros de los que entienden el poder como dominio sobre los demás en el tablero del mundo, ya sea a nivel local, regional o nacional.













