La aporía del zorro libre

José Mª Montoto
José Mª Montoto es abogado, miembro del Aula Política del Instituto de Estudios para la Democracia, Vicesecretario de Foro de la Sociedad Civil y Vicepresidente del Club Liberal Español.

Al concluir el examen oral de la última de las asignaturas, Filosofía del Derecho, de la licenciatura en la Facultad de Sevilla, el catedrático Don Francisco Elías de Tejada me dijo: “A usted que es liberal, voy a sugerirle el tema de una posible tesis: resuélvame la aporía de la libertad de un zorro libre en un gallinero de gallinas libres”. Asumí mentalmente el reto, pero he de reconocer que, cuando esto ocurría (junio de 1970), no podía imaginar que fuera a tardar más de cuarenta años en superarlo y, con todo, no estar aún en condiciones de asegurar haberlo conseguido del todo satisfactoriamente.

Las aporías o paradojas, esto es, las dificultades lógicas casi insalvables que a veces plantean los problemas especulativos, son el azote o bestia negra de los constructores de sistemas. Conocida de todos es la de Aquiles y la tortuga. La del zorro y las gallinas debe resolverse, no negando al zorro, en abstracto, su libertad de comerse a las gallinas, ya que su innata tendencia a hacerlo es consubstancial a su propia zorruna naturaleza, sino impidiéndole el concreto ejercicio de tal libertad y poniendo todos los medios a nuestro alcance para dificultarle que tal tendencia, por muy innata y natural que sea, pueda ser materializada, ya que no se puede dejar libre a un zorro dentro de un gallinero sin atentar contra el derecho a la integridad física de todos y cada uno de los miembros del colectivo gallinas.

Ello no quiere decir, sin embargo, que haya ocasiones en que las libertades individuales deban ceder ante los derechos colectivos. El problema está mal planteado en esos términos, porque no se trata del conflicto entre dos clases de derechos, sino entre derechos igualmente individuales: el del individuo como tal, es decir, el del individuo «en sí» (por utilizar la terminología de Hegel) y el del individuo «para sí», esto es, del individuo como miembro del colectivo social. Planteada así la cuestión, estamos en todo caso ante la garantía de libertades igualmente individuales, quiero decir, de la garantía de la libertad de un mismo individuo, sólo que en su doble consideración de persona singular y de miembro integrante de la colectividad social, doble cara de una misma moneda, unidad esencial indisociable en la dualidad de vertientes que comporta toda manifestación de humanidad, conforme a la consideración aristotélica del hombre como zóon politikón, unificadora de dicha doble manifestación, interna y externa, interior y exteriorizada, de una misma substancial esencia.

Partiendo de ello, la muy posterior idea de que la vinculación del hombre a la sociedad debe necesariamente efectuarse a través del llamado “contrato social” (esbozada por Hobbes, desarrollada por Rouseau y asumida políticamente por la Ilustración), parten de la errónea concepción del hombre como algo distinto de la sociedad, aquél como un ente esencialmente natural (concepto rousoniano del “buen salvaje”) y ésta como una construcción artificial.

Esbozadas quedan pues las vías por las que hemos de adentrarnos en las movedizas arenas de la solución de la Aporía del Zorro Libre. Confiemos en que no nos engullan.

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