El terremoto VOX. ¿Vuelve el 15M?

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Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Su irrupción en el mundo de la política —y más concretamente los resultados obtenidos por esta formación en las elecciones andaluzas— ha hecho que se le califique como tal. Una conmoción en el mundo de los “enterados” politólogos mediáticos, transmitida desde el miedo, la manipulación y la falsedad, para evitar dejar al descubierto su ignorancia interesada.

Para empezar, partiendo de la interpretación retorcida de algunos mensajes, se los ha tratado de descalificar de todas las formas posibles (xenófobos, machistas, populistas…) etiquetándolos como “extrema derecha”para crear el rechazo correspondiente.

La pequeñez intelectual y política de quienes así lo hacen, acaba por aflorar y hace evidente la exigüidad del discurso político del resto de las formaciones. Ya decía León Felipe aquello de “la cuna del hombre la mecen con cuentos, los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, el llanto del hombre lo taponan con cuentos, los huesos del hombre los entierran con cuentos y el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos…”.

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Esos son los cuentos que, a partir de ahora, van a seguir defendiendo lo que algunos consideran “políticamente correcto”. Empezando por Susana Díaz que, en su triste derrota, empieza por pedir el aislamiento de una formación legítima que, precisamente, ha venido defendiendo el constitucionalismo y la legalidad, frente a otros que constantemente los retuercen a su conveniencia. Esta llamada impropia de quien se considera “demócrata” ya ha calado en forma de manifestaciones de eso que se considera “izquierda” y no es más que “casta” subvencionada en la actualidad.

Por eso digo que, quizás, vuelve el “15M”. Ese “15M” que contempló con estupefacción como unos cuantos advenedizos se apropiaban del movimiento con el sólo interés de formar parte de la “casta”. Como la indignación justa de la sociedad hacia su clase política de carácter transversal, era aprovechada para buscarse la vida en la denostada política, por unos hábiles “cuentacuentos” que, una vez situados, encontrarían en la comodidad de la poltrona, las dietas, los sueldos, los privilegios, las adulaciones mediáticas y hasta en los convencionalismos más rancios, el caldo de cultivo en que medrar el resto de sus vidas.

Todo eso es lo que denuncia y recoge otra formación también llamada “populista”. La desfachatez, el descaro, la impostura y la corrupción siguen anidando hoy por hoy en el panorama político español con un gobierno que puede decir una cosa y la contraria (los cuentos de León Felipe) sin inmutarse acompañado del coro de sus “socios”. Que unas veces se hace la foto publicitaria utilizando a los inmigrantes (lo de “migrantes” o migraciones sólo se aplica al mundo animal) y otras les da con la puerta en las narices; que unas veces dice que la moción de censura era para convocar elecciones y, más tarde, se enroca en la presidencia; que iba a publicar las listas de los amnistiados fiscalmente hasta que se dio cuenta de que, posiblemente, había muchos de los “suyos”; que iba a derogar la reforma laboral y las situaciones de precariedad hasta que los “agentes sociales” le leyeron la cartilla; que iba a imponer a los bancos impuestos especiales, hasta que le dieron el tirón de orejas; que da alas (y dinero) al separatismo catalán para comprar voluntades por una parte y, por la otra, les dice lo mismo que Rajoy…

Nuestra sociedad está empezando a hartarse de que la traten con el desprecio de su infantilización. Y no son precisamente las clases “ricas” las que lo hacen. Todos los movimientos de indignación en el mundo (llamados de “extrema derecha”) están compuestos precisamente de trabajadores que, con sus manos, su esfuerzo y sus impuestos, están hartos de escuchar y tragar tantos cuentos amplificados por el mundo mediático “apesebrado”.

Los ciudadanos quieren escuchar relatos verdaderos sobre la situación y eso es lo que parece darles “Vox”.

En primer lugar, sobre la organización política y administrativa del Estado, donde el modelo autonómico no sólo ha fracasado, sino que ha servido en muchos casos para el desarrollo de la corrupción galopante, propia del “compadreo” local o regional. Es más, está sirviendo para alimentar tendencias nacionalistas identitarias, más cercanas al concepto que muchos tienen del “fascismo” (nacionalsocialismo) tradicional, que cualquier otro planteamiento. Si algo ha fracasado, el sentido común y la sensatez aconsejan su revisión y, en su caso, el reajuste inmediato.

En segundo lugar, se les echa en cara su aparente rechazo a la inmigración. Lo que es más cierto es que son menos hipócritas que quienes, como ya decíamos, vienen utilizando a la inmigración como carnaza publicitaria. No se trata de atraer refugiados y atenderlos, sino de controlar efectivamente quienes tienen ese carácter y quienes no. Más todavía, se trata de conocer si podemos acoger social y humanamente a esas personas o preferimos verlos tirados por las calles malviviendo, cayendo en la delincuencia o perseguidos por la policía. Que cada uno reflexione sobre donde hay humanidad y donde no.

Otra cuestión es la denuncia de las ideologías de género. Es decir, de la confrontación impuesta entre personas que, como adultos, son muy capaces de establecer y organizar sus relaciones sociales o sentimentales de acuerdo con sus propias preferencias. Otra cosa diferente es cuando intervienen otros elementos delictivos en las mismas y, para eso, ya está el Código Penal. En España hemos tenido ya demasiados enfrentamientos ficticios por los muchos “cuentos” con que nos han manipulado. Los últimos en Cataluña, cuya sociedad ha convivido pacíficamente, hasta que se la ha llevado al odio del vecino, del compañero de trabajo de la propia familia.

Esto es aplicable a todo ese “trampantojo” de la llamada “memoria histórica” o la “comisión de la verdad” donde, de nuevo, se trata de crear relatos con el único objetivo de que vuelvan a hablarse de anacronismos de “derechas” e “izquierdas”, en unas sociedades que se relacionan sin problemas en su día a día, porque todos suelen tener un mismo denominador común: estar dominados por una casta de “cuentacuentos”. Lo que pasa es que la gente, (como el poeta) ya va conociendo todos los cuentos y no se los cree.

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