El independentismo catalán (un drama en tres actos)

El independentismo catalán (un drama en tres actos)
Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores. En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.

Preludio

El independentismo catalán, el Procés, es un claro ejemplo de nacionalismo estimulado por élites burguesas que, encima, aprovecharon el poder para crear una red de corrupción que ha enriquecido a muchos de ellos. Desde la representatividad que les otorgó la Constitución, comenzó a fomentarse un sentimiento identitario que nace de raíces culturales que merecen aprecio, pues enriquecen el patrimonio común: Cataluña posee su propio idioma con excelente literatura, así como instituciones que fueron reprimidas por la dictadura, aunque hubo catalanes que se implicaron en sus gobiernos y contribuyeron con eficacia al desarrollo de los años 60. Al llevarse a cabo la Transición, Adolfo Suárez restableció la Generalitat en la persona de un líder como Josep Tarradellas, que en el exilio representó a la Institución con gran dignidad. La Constitución tuvo entre sus ponentes al catalán Miquel Roca, político que se había caracterizado en la oposición. Su inclusión le permitió mostrar lealtad y altura intelectual. En el referéndum celebrado el 6 de diciembre de 1978 la Constitución fue aprobada con rotundidad en Cataluña. Solo un año después, Jordi Pujol, que durante los 23 años siguientes gobernaría la Generalitat, declaraba:

«Estamos conformes con ser españoles, pero nos consideramos unos españoles diferentes de los demás. Somos españoles siendo catalanes. Queremos seguir siendo españoles, pero queremos nuestra lengua, nuestra cultura, nuestras instituciones políticas y nuestra realidad como pueblo distinto aceptado en España.»

Parecía que la Transición, obra de todos, culminaba en un acuerdo nacional de consenso y que solo ETA, expresión salvaje y fanatizada del nacionalismo vasco, enturbiaría el horizonte con sus crímenes hasta ser derrotada por la democracia a costa de muchas víctimas. ¿Latía en la mente de Jordi Pujol la idea preconcebida de traicionar sus propias palabras? Hay que mirar en la historia para constatar que el nacionalismo secesionista ha realizado otros intentos cuando ha creído que existía un poder débil en España.

En el año 1931, el recién formado Gobierno de la Segunda República fue sorprendido por la actuación del militar Francesc Maciá proclamando la República Catalana. Duró solo tres días, al recibir la promesa del Estatuto y crearse la Generalitat. Fallecido Maciá, su cargo lo ocupó Lluís Companys que, en octubre de 1934, retó al gobierno español con su proclamación como Estado Catalán de la República Federal española. Aquel intento concluyó con Companys en el buque prisión Uruguay y su condena a 30 años de cárcel por rebelión. La victoria del Frente Popular en 1936 facilitó su indulto, pero él no correspondió al iniciarse la Guerra Civil. Manuel Azaña dejó escrito que se sentía dolido por las pruebas de insolidaridad, de chantajismo y de hostilidad que los nacionalistas tuvieron con la República. Se refería a la burguesía catalana, de la que dijo: “está sometida al despotismo personal ejercido por Companys y por los grupos irresponsables que se sirven de él”. Llegado al poder el socialista Juan Negrín, en unos momentos decisivos para la suerte de la guerra, se encontró con más desafección y se mostró indignado: “No hacemos la guerra para que nos retoñe un separatismo estúpido y pueblerino”. Y he aquí que, llegado enero de 1939 con las tropas de Franco entrando en Barcelona, La Vanguardia publicaba un gran titular: “Barcelona para la España invicta de Franco”. Así se iniciaba el silencio de los independentistas.

Está probado que el pueblo es manipulable y acepta el sometimiento a un poder firme. Hay que recordar que, tras la derrota nazi, muchos millones de alemanes que gritaron “¡Heil Hitler!” pasaron a ser demócratas, al igual que la mayoría de los italianos dejaron de ser fascistas tras la caída de Mussolini. En la historia son múltiples los ejemplos. En el principio de nuestra era tenemos el más singular y a la vez el más trágico, pues según los evangelios afectó al mismo Hijo de Dios. Está escrito: Jesús de Nazaret, recibido un domingo entre palmas y gritos de “¡Hosanna!” es condenado a muerte tres días después tras rehusar el pueblo una oferta de indulto por parte del prefecto romano Pilatos, que propuso elegir entre Jesús y un famoso criminal llamado Barrabás.

Desarrollo del drama

Procede recordar que desde la Transición se respetó el sentimiento diferencial de Cataluña, que recuperó más poder que el que tuvo en la República. Felipe González volcó ingentes recursos sobre Barcelona que fue transformada de manera admirable para las Olimpiadas de 1992. La renta per cápita, que se había duplicado en el franquismo, aumentó hasta ser una de las más altas de España. Los diputados de los partidos nacionalistas tuvieron gran influencia en el poder del Estado, inclinándose en favor del PSOE o del PP para permitir formar Gobierno. ¿Por qué, entonces, el grave conflicto separatista? No deja de sorprender que la Comunidad que ha logrado las mayores competencias en materia económica, cultural y política de toda su historia haya construido un relato de rencor hacia el resto de España.

Las más brillantes plumas de la Intelligentsia nacional se han ocupado con tal rigor del problema que poco cabe añadir. Si acaso, procede recordar lo que desde siempre ha sido un gran soporte del poder: crear una ilusión. En el caso del independentismo, ¿acaso hay algo mejor que la lisonja de hacerles sentirse superiores? La elaboración del credo supremacista la inició Pujol casi al tiempo que se declaraba catalán y español. No tardó en poner en marcha el llamado Programa 2000 que formulaba objetivos en diversas áreas: en la escuela y la universidad, la cultura, la comunicación, el mundo empresarial, la proyección exterior. Un ejercicio sistemático de propaganda del independentismo ha sido recopilado por Sergio Fidalgo, editor del digital El Catalán. En el libro 50 hazañas de TV3 prueba que esta televisión pública ha actuado como un motor del Procés, llevando a cabo una increíble labor de ingeniería social para inculcar el catecismo nacionalista, hasta el punto de presentar como “gran reserva del independentismo” a quien fue condenado por el salvaje atentado al empresario José María Bulto.

Mas volviendo a la estrategia inicial de Pujol, procede recordar la victoria pírrica del líder del Partido Popular José María Aznar, que le indujo a recurrir a los escaños que controlaba el presidente catalán. Este aprovechó la ocasión y le ofreció sus votos a cambio de más concesiones, entre ellas suprimir el servicio militar y la competencia en educación, es decir, poder adoctrinar a los niños cuando son una tabla rasa, y grabar en ellos el relato que ha contagiado también a otros sectores. Solo así se explica que haya cuajado el Programa 2000, cuando un 70% de los que habitan en Cataluña proceden en primera y segunda generación de otras regiones, según advierte el profesor de Economía, Ética y Ciencias Sociales la Universidad de Barcelona, Félix Ovejero. El resultado del poder ejercido por Pujol, dando la espalda a los catalanes que habían aprobado con el 91 % de los votos emitidos la Constitución del 78, ha devenido en un nacionalismo egoísta y ramplón que retrocede a principios del siglo XX y está intoxicado, aunque no lo sepan, con cierta dosis de fascismo personificado en la figura de Joaquim Torra, investido del poder por delegación de Puigdemont, que se siente ajeno a lo que no sea mantener vivo el choque.

A muchos catalanes y a otros muchos españoles que sienten su vínculo afectivo con Cataluña, se deben lúcidos análisis sobre el problema. El joven diplomático y ensayista, Juan Claudio de Ramón, ha recopilado en su Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña cuanto afirma la ficción del independentismo. Javier Cercas, escritor muy reconocido en ambas lenguas, denuncia el entusiasmo de Torra por dos figuras del fascismo catalán del pasado siglo: los hermanos Badia. Lo cierto del Procés es que el poder nacionalista solo ha tenido que predicar un catecismo del que basta reseñar algunos mandamientos:

  • La historia de Cataluña tiene poco en común con España.
  • Cataluña es una nación discriminada que no puede desarrollar su potencial.
  • Nuestra identidad prueba que somos diferentes y mejores.
  • España nos roba.

Con ello ha ocultado la motivación real de sus élites: el poder total. La forma de lograrlo está descrita en la historia: crear una visión que atrape a su gente. Pero en este caso no se percatan que es una ilusión impropia, pues se basa en querer hurtar al resto de los españoles, incluidos los que se sienten como tales en Cataluña, lo que no solo es su derecho constitucional, sino una herencia común. Recordemos lo que dijo en su día el presidente Cánovas: “Yo no puedo deshacer lo que hace quinientos años unieron los Reyes Católicos”. En Estados Unidos, Lincoln había manifestado algo semejante ante el desafió secesionista de los Estados del Sur: “No puedo permitir que se rompa la obra de nuestros padres fundadores”. Cuando en el año 1812 se aprobó la Constitución de Cádiz, el diputado Argüelles proclamó con orgullo: “Por fin toda la nación es libre y no puede ser patrimonio de ninguna familia o persona”. España pasaba a ser patrimonio de todos.

Desenlace

Muchos independentistas, surgidos de la persistente lluvia fina que ha calado a Cataluña durante tres décadas, deberán comprender que el hecho de haber nacido allí o de vivir allí, no les permite apropiarse de lo que es herencia común. La frase del famoso torero Guerrita: “Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” expresa de forma rotunda el sentimiento de muchos españoles que sienten a Cataluña parte de su identidad. Nunca aceptarán que se les quiera convertir en extranjeros en lo que consideran también su casa. Todo legado histórico es irrevocable, como afirma Juan Claudio de Ramón en La España de Abel (libro en que recopila el sentir de 40 jóvenes con ocasión del 40º Aniversario de la Constitución) por más que sus razones no vayan a conmover a quiénes, desde el poder que les da esa misma Constitución, han llevado a parte del pueblo catalán a vivir una emoción que, como tantas, supera lo racional. Hemos de admitir que Pujol logró muchos de sus objetivos a costa de trocar su promesa de lealtad en una felonía. A ello se añade que, además, su figura ha quedado manchado por enriquecerse obscenamente su clan familiar aprovechando el poder.

Sobre el comportamiento humano se insiste muchas veces que las creencias en una religión o una ideología producen sentimientos y emociones que blindan la mente contra los argumentos que las cuestionen. Dialogar se convierte en un empeño inútil, como recuerda el filósofo José Antonio Marina: “No se puede discutir con quien niega principios”. La pasión y la emoción no son racionales y los procesos de cambio están estudiados por la psicología social. Se requiere pedagogía y tiempo, tanto como sea necesario para deconstruir lo que el adoctrinamiento ha introducido con un relato que se sustenta en la ficción. El psicólogo estadounidense Jonathan Haidt analiza la cuestión en su obra La mente de los justos en la que intencionadamente deja un subtítulo: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata.

El Procés atenta —al igual que el Brexit británico— contra un principio descubierto por Darwin: los grupos cooperativos superan por selección natural a los grupos egoístas. Sin necesidad de tal principio científico, los africanos tienen el siguiente proverbio, basado en la experiencia de su entorno hostil: Si quieres ir rápido puedes ir solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado. La historia, maestra de vida, deja una enseñanza: todo conflicto en que confronten ideas blindadas por la pasión han de resolverse en clave de poder legítimo y no de imposible dialogo con quienes quieren hurtar a otros lo que se ha heredado unido. Para encauzar ese principio, las democracias avanzadas crearon un marco en el que toda conducta tenga el límite fijado por la ley. Gracias a ello cabe la esperanza de que el conflicto catalán pueda resolverse sin violencia, pero desde la firmeza y la determinación del poder para aplicar fríamente la ley y luego recomponer con paciencia lo que una conducta fraudulenta ha creado en una parte de la España que los propios catalanes contribuyeron a convertir en la primera nación unida de Europa.

1 Comentario

  1. Perfectamente desarrollado el psicodrama catalán en este artículo de Abel. Todo en el proceso separatista responde a un diseño teatral que, mucho me temo, no tendrá el desenlace que debería: la intervención sin complejos del Estado en aquel territorio y la advertencia a otros que van por el mismo camino de lo peligroso que es jugar con fuego. Un saludo.

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