El harakiri de Garzón

Por
— P U B L I C I D A D —

Cuando Alberto Garzón era el rostro joven de aquella Izquierda Unida al borde del colapso, en la aparentemente lejana décima legislatura, la que comenzó con la mayoría absoluta del PP tras el desastre de Zapatero, se le veía un muchacho bullidor, preparado, que trabajaba bien aquellas intervenciones en la Comisión de Presupuestos del Congreso de los Diputados, y hasta parecía saber de lo que hablaba, aunque su prisma de la realidad, desde la ideología comunista, en poco o nada tenía que ver con lo que la España devastada que había dejado el PSOE en 2011 necesitaba con urgencia.

Duró poco el espejismo. Un buen día, el zagal dejó de aparecer por la Comisión, donde ya nadie intervenía en nombre de Izquierda Unida, sin duda ocupado en muy otros menesteres, como fue ir desalojando a los distintos líderes comunistas. Primero al pobre Gaspar Llamazares, que acabó la legislatura más solo que la una en la cafetería de la sexta planta (“te he de ver comiendo solo”, dicen que maldecía Carlos Gardel a los amigos que le traicionaban). Y luego a Cayo Lara con el que acabó, como se dice en Murcia, tomándose el chocolate de espaldas.

Y es porque el chico se había caído del caballo y había descubierto la luz: una luz con coleta y barbita de chivo, que encandilaba las tertulias y meneaba las masas desarrapadas sans culottes del 15-M.

Desde entonces, Alberto Garzón no tuvo más norte que compartir mesa, mantel, escenario y público con su nueva deidad. Ya amagó de cara a las elecciones del 20 de diciembre, en la fallida undécima legislatura, pero le dijeron que tururú. Y cuando la persona amada te da calabazas, los enamorados hacemos mangas y capirotes para que nos vuelvan la mirada y nos ofrezcan la oportunidad de su cariño. Que nos volvemos gilipollas, vamos.

Y así, el abrazo del oso que Pablo Iglesias daba el otro día a Garzón, a la sombra del otro oso, el del madroño de la Puerta del Sol madrileña, traía sabor a suicidio político, si no de Garzón —que también—, de Izquierda Unida, heredera mal que bien del histórico Partido Comunista de España, de modo que por esta vez eran sus hijos las que devoraban a Saturno.

Los españoles dirán —diremos, y no se priven de hacerlo— lo que sea el 26 de junio, pero independientemente de que la alianza (confluencia, se dice ahora) izquierdista gane al PSOE, Garzón ha sido la katana con que Izquierda Unida se ha hecho el harakiri para siempre jamás. Y si no, al tiempo.

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