El «Gran Debate»

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Entre la lógica expectación suscitada por los medios de comunicación y el también lógico escepticismo de gran parte de los ciudadanos, se ha producido la pasada noche un capítulo más de la política-espectáculo que, probablemente, conecte más con una sociedad orientada y tutelada por el poder de la imagen, que con una sociedad adulta y madura que desea ser protagonista de su futuro.

El modelo, como siempre es importado y como siempre viene del otro lado del Atlántico, donde el poder de los medios audiovisuales constituye un paradigma para aquéllos otros que siguen con docilidad —y hasta con agradecimiento— las pautas y patrones (formatos) que a este lado resultan artificiosos y ridículos.

Pensar que un debate entre candidatos presidenciales es un espectáculo televisivo con cierta plusvalía añadida en las audiencias es una cosa; pensar que de estos debates saldrán propuestas serias y rigurosas o compromisos políticos reales para el futuro de una nación, resulta más cuestionable, ya que en muy pocos casos (o ninguno) se presentan proyectos o programas de gobierno y administración pública sobre bases efectivas a la hora de cumplirse.

Los programas de las diferentes formaciones políticas tienen más de “buenas intenciones” que de maduración de ideas, contraste de datos e información o de trabajo concienzudo previo a la presentación de tales candidaturas, por lo que estos debates no pasan de ser un conjunto de generalidades, cuando no un rosario de descalificaciones que, como en el que hemos presenciado, dan una pésima imagen de quien no tiene argumentos o alternativas que ofrecer. En este sentido los asesores de campaña y asesores de imagen vuelven a quedar totalmente desacreditados por la torpeza de su “asesoría”.

Cuando está en juego el futuro de una nación no basta con seguir la línea que los medios interesados intentan imponer. Eso es anecdótico y puede servir para sociedades infantiles (como las que nos brindan como ejemplo), donde todo consiste en trabajo de publicidad para la “venta” de alguien que será nada más y nada menos que el responsable del destino de esa nación durante un mandato o más. Los gestos, la sonrisa, el lenguaje corporal, la indumentaria, el modelo de gafas o el corte de pelo del candidato, acaban por tener más peso específico que las ideas que sustentan a la formación que represente. Pero el “contrato social” que debe presentar un partido político no se consolida con el detalle entendible para todos de cómo conseguirá hacer lo que promete o su renuncia en el caso de no hacerlo en los plazos que tienen previsto.

El llamado “gran debate” (como otros debates anteriores con formatos más plurales), ha vuelto a dejar perplejos y sorprendidos a quienes esperaban de él (o de ellos) alguna luz para su intención de voto. Por mucho que se haya dado publicidad al mismo y se haya pretendido arrancar de su contenido el voto de los indecisos (más exigentes) o de la abstención (todavía mucho más escrupulosa) mucho me temo que ha sido un fiasco. Uno de ellos —quizá siguiendo las directrices de su guión— empezó con una agresividad hacia su adversario que escondía posiblemente su falta de concreción en las ideas genéricas expuestas; el otro se ha limitado a defender su gestión y, como de costumbre, remontarse a la situación de partida en su gobierno como justificación de sus políticas, apoyándose en ambos casos en la “cocina” de datos que acaban por confundir al ciudadano, no sólo porque no tenemos la posibilidad de contrastarlos, sino porque se nos ha vedado de manera implícita toda forma de seguimiento y participación política cívica a lo largo de todas las legislaturas, tanto por uno como por otro partido, debiéndonos limitar a recibir de los electos normas para obedecer y darles a cambio unos impuestos que se han despilfarrado en demasiados casos durante la gestión pública con el consiguiente endeudamiento de la población.

Una democracia no es real si no se asienta sobre la participación verdadera de los ciudadanos en los asuntos públicos, aunque sea a través de sus teóricos representantes. Unos representantes impuestos en listas cerradas a los que se desconoce de entrada, pero de los que seguirán desconectados por el propio y lamentable sistema personalista de la política basada en los “liderazgos” de unos y, como contrapartida, en la insignificancia del resto. Un sistema electoral discriminatorio y desigual en la valoración de cada voto, producirá además una sensación de impotencia que pretende impedir el afloramiento de un pluralismo ideológico nacido de la igualdad de oportunidades.

La cuestión es que, tal desigualdad de fondo pretende escamotearse con cierto descaro tras una legalidad que, como reconocen los propios miembros de las Juntas Electorales, está hecha para beneficiar a los mismos que la han redactado, por lo que resulta imposible tratar con justicia a todos equiparando sus posibilidades y condiciones de salida.

Por otra parte —cómo decía el Sr. Tierno Galván— los programas electorales no se hacían para cumplirlos, sino para justificar ante los ciudadanos la supuesta solidez de unas alternativas políticas. De ahí que todo el trabajo se dirija a la “venta” del candidato y que este se convierta no sólo en el responsable del poder ejecutivo, sino que pueda extenderse hasta los “poderes” legislativo y judicial por diferentes vías, todas ellas perfectamente legales. Una “venta” que empieza por la propaganda callejera con carteles y banderolas, que sigue con la inundación de buzones de papeletas electorales en que se nos señala ya a quien votar, bien directamente (como en el caso del Senado), bien de una manera más sutil por el orden de listas y que se remata con las apariciones de los candidatos en los medios de comunicación, consiguiendo que en un gran porcentaje se vote a “quien mejor me cae”, al “más popular”, al “más guapo”, al “más simpático”, al mejor comunicador, etc… y uno se pregunta dónde diablos ha quedado la Política de verdad.

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