El discurso del Rey 2019

El discurso del Rey 2019
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Como todos los años, el discurso que pronuncia el monarca con motivo de la Navidad, genera una cierta expectación entre algunos sectores de la sociedad, esperando que, a modo de oráculo, sus palabras sirvan como guión que marque la agenda política del Estado. Cada una de sus frases y expresiones son miradas con lupa tratando de encontrar pistas que lleven a conclusiones determinadas.

Pero, como casi todos los años, el mensaje navideño no pasa de ser eso: unos buenos deseos, una cierta complacencia en la situación y algunos toques que, el gobierno de turno, se encarga de colocar. Normalmente la frustración sigue a la esperanza de encontrar cierta luz en los graves problemas de la Nación y del Estado. Ambas cosas le corresponden en su doble papel y, en ambos casos, poco es lo que se puede esperar de quien “reina, pero no gobierna”; de quien está obligado a una neutralidad tan exquisita, que debe medir cada una de sus palabras.

Ya hemos comentado en alguna ocasión las diferentes interpretaciones que tal situación establecida en el artº 56.1 (Título II) de nuestra Constitución: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado Español en las relaciones…..”, cuya redacción supone una implicación mayor en lo que llaman “gobernabilidad” del Estado, que la que se viene apreciando desde la “soberanía nacional” (Artº 1º.1 de la C.E.).

El mensaje de este año acontece en un momento de alarma social para gran parte de españoles y ante la incertidumbre de lo que deparará el futuro, con retos importantes como el crecimiento del desempleo o sus condiciones cada vez más precarias, la fragmentación territorial comenzada en Cataluña, seguida por el País Vasco, Baleares, Galicia y Valencia, donde se están imponiendo modelos y adoctrinamiento ajenos a España; el desprestigio creciente de la representación política, de sus administraciones públicas y del entramado institucional, llenos de casos de corrupción; la desindustrialización progresiva y la pérdida de la iniciativa empresarial (casi toda ella dependiente en mayor o menor medida del Estado); la implantación de nuevas y falsas ideologías que enfrentan a los españoles y producen división social, la inmigración ilegal, etc.etc.

La mayor parte no han aparecido en el mensaje. Al menos con la contundencia que la situación requiere. Sí, en cambio, se han colado cuestiones ideológicas, al subrayar el artº 1º.1 de la C.E.: “España, es un país social y democrático….” totalmente contrario a los valores superiores proclamados como la “igualdad”  o el  “pluralismo político” , ya que supone la prevalencia de un cierto pensamiento único nacional, constituido casi en dogma de fe. Otras referencias a favor del “globalismo” o el “cambio climático” puede que se le hayan colado desde el ejecutivo, ya que en ellos aparece la sombra de quienes lo patrocinan. Lo mismo que la referencia ambigua a un “diálogo”, cuando le consta que lo alentado desde el propio gobierno es el enfrentamiento. No hace falta citar casos.

Como Jefe del Estado vitalicio le corresponde una responsabilidad mayor, ya que es el funcionario número uno del Estado, cuyo poder representa nada menos que la soberanía nacional “de la que emanan todos los poderes del Estado”, cuya función -entre otras- es el “arbitraje y el funcionamiento regular de las instituciones”. Las más básicas (legislativo, ejecutivo y poder judicial) no están pasando precisamente por momentos de gloria. Ni siquiera del respeto, confianza o reputación que cada una de ellas debe debería merecer. Por no hablar de las comunidades autónomas y su flujo permanente de casos penales o del despilfarro del gasto público (denunciado por los supervisores institucionales) que se contrapone a los cada vez más numerosos casos de necesidad social. Nada de ello ha sido mencionado en el mensaje del responsable del Estado.

A todo lo expuesto hay que añadir lo que en el mundo escénico se conoce como una mala interpretación, donde los cambios de plano obligaban al cambio de miradas al texto leído y donde las manos, una inerme (la derecha) y otra más gestual (la izquierda), quizás fueran una metáfora de la situación política. Los responsables del montaje deberían saber que lo primero que debe transmitir el mensaje es sinceridad (mirada a cámara permanente), concentración (primer plano o plano medio) y, según el contenido, rotundidad en los planteamientos (lo que implica no estar sometido a la censura del gobierno, ni a lo considerado “políticamente correcto”). El Rey, como Jefe del Estado constitucional, no está para plegarse a las arbitrariedades de los ejecutivos, a sus imposiciones y a sus caprichos o intereses particulares, ya que, insistimos, representa a la Nación o al Estado y éstos son más fuertes que  cada una de las instituciones. Si deja que lo utilicen a conveniencia personal o partidaria, habrá caído en el mismo error que muchos de sus antecesores: perder la verdadera autoridad.

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