Del Coronavirus también han hecho un relato

Del Coronavirus también han hecho un relato
Marta Pastor
Periodista y poeta de Madrid, directora y presentadora de "Ellas Pueden" de Radio 5.

Pueden contarnos las historias que quieran desde el Gobierno. La creatividad, especialmente de algunos ministros y ministras, del propio presidente o de su vicepresidente de asuntos sociales, es infinita. Es una pena que no se hayan dedicado al noble arte de la narrativa y el relato porque se les da de cine. En cambio, sus capacidades como políticos dejan mucho, pero que mucho que desear. Excuso decir lo que deja de desear su calidad humana.

He tardado varios días en empezar a escribir “largo” —que en el pequeño género de Twitter, lo hago todos los días— más que nada porque en caliente, y en este caso, en muy caliente no se debe escribir ni una línea. Lo cierto es que sigo sin enfriarme.

No voy a contar aquí cuál es la situación personal y familiar por la que paso, porque seguramente la mía es una más, y habrá incluso peores. Pero sí, ese calentamiento, no viene solo por la situación personal en medio de esta pandemia, sino por todo lo que veo, leo y escucho por parte del Gobierno, o de los Gobiernos. ¿Saben? La pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto lo que ya sabíamos, que no hay un Gobierno sino dos, enfrentados y uno de ellos, el de Podemos con el vicepresidente Iglesias que se salta la cuarentena un día sí y otro también, dedicado al chantaje permanente, y a dejar en ridículo a los ministros que no son de su formación. Pero no se equivoquen no voy a escribir de política hoy, voy a escribir de vida, de pura vida, o quizás de muerte, de pura muerte.

El panorama que nos ha tocado vivir hace que me tiemblen las piernas y se me erice el pelo, porque un Gobierno endeble y preso de la maldición de los espejos, puede ser perjudicial para los ciudadanos en un escenario normal, excuso decirles lo que puede suponer en medio de una pandemia, con las personas confinadas en sus casas, con más de 10.000 muertos, las uvis saturadas, el personal sanitario infectado en parte, y sin material a la vista de protección, detección y prevención, por no hablar del paisaje económico que es de aúpa. Creo que es lo más parecido a una película de terror de esas que hemos visto de grandes epidemias, pero que claro, esta vez no es una película, es la realidad, la cruda realidad.

Una realidad que, lo mismo, la vemos solo algunos porque el Gobierno, a pesar de todo lo que está pasando, sigue con relato para arriba y relato para abajo. Ahora, en su versión de la historia, parece que quiere ignorar a la pandemia porque se refiere a ella como “una crisis parecida a la anterior”, una frase que hace que revuelva. Veo que han optado por no mencionar la palabra pandemia, y ha decidido sustituirla, y solo habla de crisis. El maquillaje es para las fiestas no para la política, y el tratamiento que nos están dando desde el Gobierno a los ciudadanos, tratándonos como si fuésemos niños o inmaduros da verdadero asco, amén del desprecio que se hace de las víctimas de esta pandemia, no reflejando, por cierto, ni un ápice de compasión en sus comparecencias diarias, tan abundantes y tan escasas de transparencia, que hasta los propios periodistas hemos tenido que firmar un manifiesto por #LaLibertadDePreguntar … Fíjense hasta donde estamos llegando.

Cuando salen a la palestra, en ese croma que ha montado La Moncloa de los Ivanes y los asesores, tan aséptico, tan pulcro, tan nítido, tan alejado de la cruda realidad de los hospitales y los “hacinatorios” de los enfermos, para aparecer en las televisiones, no hay apenas menciones para los muertos. Si, los muertos parece que se esfuman en cuanto se enciende el piloto rojo de la cámara a la que hay que mirar. Sí, muertos y muertas, como la madre de Vicente, que entró por una puerta de un hospital una mañana y a los dos días le llamaron para darle una cajita con cenizas, o los padres de Rosa, que yacen aún asfixiados en la residencia, en este caso Rosa aún no ha llegado a verlos, o la abuela de Patricia que estaba en su casa saturando a 60 sin que la pudiesen poner oxígeno porque no había un médico que fuera a verla, o el compañero José María, o el hermano de Carlos, o el marido de Ana, o la hermana de Cristina…, cientos de casos que todos los días me llegan, a mí y a otros compañeros, contándonos la historia más terrible de nuestra vida periodística. Pero el Gobierno no quiere hablar de los muertos que eso da mala imagen. La mierda de la imagen, la mierda de la sociedad del postureo en la que vivimos, donde se esconde lo desagradable, lo que no conviene desde un punto de vista mediático, el silencio conveniente para poder seguir en la poltrona, para el minuto de gloria, para el tiro de cámara, para que los egos crezcan hasta reventar, y eso si mantener a los corderos en silencio.

El relato, el jodido relato, frente a la realidad que nos ha explotado en la cara con su venganza terrible como decía Ortega. 

Desde mediados de febrero mi hermana la médica y sus compañeros de atención primaria venían advirtiendo que estaban viendo “coronas” en los centros de salud, pero los tachaban de alarmistas, de catastrofistas… “es como una gripe”, pero médicos y médicas como mi hermana, modestísima pediatra de Atención Primaria, con mucha experiencia por la edad y por el trato continuo con pacientes día a día, sabían que no era así. Ellos, seguían con atención los casos y casos que les llegaban, y les preocupaba sobremanera que hubiera un pico de gripe cuando ya estaba bajando la curva de contagios, y que precisamente ese pico de gripe fuera en vacunados. “Son coronas” me decía, mi hermana, una y otra vez, “Marta, son coronas, ten mucho cuidado, hay que recluirse, no hay otra, solo hay una solución: domicilio, domicilio y domicilio”. Así un día tras otro. “No vayas a la manifestación del 8M” “No bajes por el barrio cuando haya partido en el Bernabeu” “No vayas a sitios con mucha gente” “Padre y Madre que no salgan de casa” “No te acerques mucho a ellos, a dos metros, Marta, a dos metros”.

Todo esto que os cuento sucedía a finales de febrero cuando ya muchos médicos estaban convencidos de lo que se nos venía encima, cuando sabían que no habría efectivos de mascarillas, ni de trajes, ni de guantes, cuando sabían que no habría respiradores, y que las uvis se iban a colapsar, cuando sabían que se iban a contagiar ellos los primeros, como sucedió en el caso de mi hermana. Si ellos lo sabían y lo advirtieron ¿Cómo no iba a saberlo el Gobierno? Es tan inverosímil todo…

Pero nadie hizo nada, porque había que seguir con el relato, el siniestro relato. Había que seguir con la matraca de Cataluña, con los viajes a ver a Puigdemont con autobuses llenos de ancianos para mayor gloria del exiliado,  con la manifestación del 8M metida con calzador por la Ministra de Igualdad, Irene Montero, que no iba a consentir, que además de tirarle la ley de libertad sexual, otra aberración más llena de sin sentidos como la pérdida de identidad de género, que ahora no me voy a parar en hablar de ello, desde luego, con la que está cayendo,  le quitaran su momento de gloria como ministra, su placer egoísta y ególatra de encabezar la manifestación y salir en todas las televisiones defendiendo la bandera del feminismo, un movimiento por el que ella jamás luchó, hasta que le pareció que eso del feminismo molaba y ella iba a ser más feminista que nadie, eso sí, dejando a las feministas de toda la vida, las que daban la cara, las que sacaron adelante el pacto de estado contra la violencia de género, las que se ocupaban de las maltratadas, las que se ocupaban de las mujeres sin empleo, de las precarias, de las autónomas mileuristas, de las que arañaban cada año milésimas, pero buenas eran, a base de tremendo esfuerzo a la brecha salarial, de las que atendían a las prostitutas víctimas del proxenetismo,  de las que clamaban en el desierto, al margen, fuera de la foto – ya había empezado esa tarea hacía unos meses para sacarlas del encuadre- porque la foto era para ella, de ella, y por ella. Otro ego atronador enmarcado en su relato al margen de la realidad importándole un bledo que pasara lo que pasara. La desaprensión hecha carne y habitando entre nosotras.

¿Saben una cosa? Unos días antes de la manifestación del 8M se reunió la coordinadora del 8M, que agrupa a todas las asociaciones feministas, y en esa reunión las feministas, salvo las asociaciones próximas a Podemos y el propio Ministerio de Igualdad, manifestaron que estaban dispuestas, si Sanidad lo consideraba peligroso, aplazar la manifestación, incluso suspenderla. Pero desde el Ministerio de Igualdad se presionó hasta límites insospechados, poniendo incluso al Gobierno en peligro de ruptura, y Sanidad se calló – Illa se plegó a lo que mandaba Sánchez, y Sánchez a lo que mandaba Iglesias, y el Gobierno cruzó los dedos y cedió, abriéndole la puerta de par en par a la muerte.

Pero no solo estaba pasando eso, había más, con la manifestación en el horizonte como un hecho absoluto e inaplazable, no se podían tomar medidas para suspender partidos u otros eventos ¿Cómo justificar la suspensión de unos temas si y otros no? Y así una cosa llevó a la otra, y se celebraron los partidos de fútbol multitudinarios, si, aun sabiendo los propios directivos de esos equipos lo que se nos venía encima, y también los congresos de los partidos, como VOX, los de la patria y la bandera, otros que tal bailan que llenaron Vistalegre de coronavirus, para que sus egos, también, reventaran de gloria, y seguir con su propio relato. 

Todo un Sin Dios, en pro del relato que se iban construyendo unos y otros mientras la realidad avanzaba por nuestras calles, se metía hasta la cocina en nuestros domicilios, se adentraba en nuestras escuelas, llenaba los cines y los teatros, y entraba también, esa realidad sigilosa en los hospitales y en las residencias de ancianos, una realidad infecta sobre unos ciudadanos ajenos, indefensos y rehenes de una panda de desaprensivos que nos han llevado hasta donde estamos ahora mismo.

Y lo peor de todo es que para esos desaprensivos lo que ha pasado no les ha parecido bastante, siguen en su relato, porque ahora, desde luego, si cambian el guion se tienen que apear en marcha de este tren desbocado de la realidad que no se siquiera a dónde nos lleva, o si lo sé, no me atrevo ni a escribirlo.

A mis 60 años nunca he llorado tanto como en estos días con un llanto lleno de impotencia, de rabia, de dolor, de ira, de desprecio, pero también de compasión, de angustia, de miedo y de desesperación. He llorado por los muertos y por los vivos, he llorado por mis hijos y mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de trabajo, por mis padres, por los vecinos, he llorado por gente que no conozco, por gente que me escribe y ni siquiera sé cómo responderles, pero lo mismo dentro de poco también nos van a decir que está prohibido llorar, no lo descarto, porque los del relato no quieren tampoco llanto, que les estropea el maquillaje y les saca brillos en la imagen. Claro que ellos, me parece, que no saben de sentimientos, es lo que tiene el afán de poder, te hace inmune a los sentimientos, te hace inmune a la humanidad, son donantes vivos de corazón, creo que les late una piedra en el tórax, o ni siquiera eso, pero nosotros no vamos a olvidar, y desde luego alguien tiene que pagar por esto, y tú y yo sabemos ya cuáles son sus nombres. No Olvidamos 

Son las siete y media de la tarde. No llueve en Madrid y la temperatura exterior es de 15 grados, quizás la primavera más fría de mi vida.

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