África y la Eurocopa de las vacunas

Mientras peleamos orgullosos por ganar el torneo de países europeos que más vacunan a sus ciudadanos, África sigue sin recibir dosis ante una tercera ola liderada por la variante Delta. ¿De qué sirve ganar la Eurocopa si la humanidad entera pierde el Mundial?

José Segura Clavell
Director general de Casa África. Portavoz de Energía del PSOE en el Congreso de los Diputados, catedrático de Termodinámica y Profesor titular de Física Aplicada en la Universidad de La Laguna.

En muy pocos días se empezarán a confirmar los peores presagios para el continente africano en el despliegue de su tercera ola. En algunos países ya es oficialmente la peor de las oleadas desde el estallido de la pandemia. Como explicó este mismo jueves la directora de la Organización Mundial de la Salud para África, los casos de COVID19 se están duplicando cada tres semanas, en comparación con cada cuatro semanas al comienzo de la segunda ola (diciembre de 2020). En la última semana se notificaron casi 202.000 casos y el continente está a punto de superar su peor semana en esta pandemia. La capacidad contagiosa de la variante Delta, un 60% más fácilmente contagiable que las dominantes hasta ahora, explica la rápida escalada de esta nueva oleada.  

No olvidemos que una mayor transmisibilidad significa más casos, más hospitalizaciones y el riesgo de que los sistemas sanitarios, igual de escasos que al principio de toda esta crisis, se vean sobrepasados. La variante Delta ya se ha detectado en 14 países africanos, nueve de los cuales están en situación complicada. En Uganda el 97% de casos son Delta, y en estos momentos hay gravísimas carencias de oxígeno en hospitales públicos y privados.  

Es muy lógico que nos preguntemos, pues, viendo el impacto que la difusión de esta variante tuvo en la India, si lo que está por llegar al continente africano va a ser verdaderamente catastrófico.   

Porque, y éste es de nuevo el centro de toda esta polémica, la realidad es que en África la variante Delta llega con el escenario perfecto para hacer el máximo daño posible: poblaciones agotadas tras tanto tiempo de restricciones, relajación de la ciudadanía, sistemas sanitarios infradotados y, sobre todo, un impacto casi cero de la vacunación.  

Mientras en Europa competimos entre nosotros por quién administra más rápido millones y millones de vacunas, en el continente africano los datos siguen estancados y no avanza la llegada de las mismas. La Unión Europea ya ha vacunado con al menos una dosis a cerca del 61% de su población mayor de 18 años. En África no llegamos al 3%. La brecha no deja de agrandarse. 

A veces se producen gestos que, además, empeoran las crisis. Esta semana hubo uno de ellos. Los africanos protestaron enérgicamente porque la Unión Europea, en la lista de vacunas que servirán para la obtención del pasaporte sanitario, el llamado ‘green pass’ para las personas vacunadas (que permitirá viajar sin PCR, ni cuarentenas) ha considerado que las vacunas de AstraZeneca que se fabrican en el Serum Institute de la India (la llamada Covishield) no se considera válida para obtener ese ‘pase verde’, mientras que sí lo son las Astra Zeneca fabricadas en Europa. Todas las vacunas que el mecanismo COVAX ha enviado a África son Covishield.  

Tampoco son válidas para el pasaporte verde ni las vacunas chinas ni las rusas, también aprobadas por la OMS. Es decir, la mayor parte de los 65 millones de vacunas administradas hasta hoy en África no son dignas de recibir el pasaporte verde europeo. ¿Qué es esto, política sanitaria, geopolítica o política migratoria?  

La decisión europea no solo ha indignado a los africanos. También lo ha hecho a la propia dirección de COVAX, que ha pedido a las autoridades de todo el planeta que reconozcan como válidas cualquiera de las 11 vacunas que hasta el momento ha aprobado la Organización Mundial de la Salud.   

COVAX, recordemos, solo ha sido capaz de enviar hasta hoy a países en desarrollo de todo el mundo (no solo los africanos) el 5% de su objetivo de 1.800 millones de dosis para principios del próximo año. A África (1.300 millones de personas) han llegado de COVAX solo 25 millones de dosis hasta el día de hoy, que es algo menos de las personas que en España han recibido ya al menos una dosis de la vacuna (25,6 millones de personas). No voy a recrearme más en las cifras que evidencian este abismo, pero sí quiero insistir en la necesidad de que entendamos que una pandemia global solo puede tener una solución global.  

Nos centramos en tener el mayor porcentaje de vacunación posible para poder relanzar nuestra economía y no reparamos en el hecho de que la ausencia de vacunación en otras partes del planeta, además de ser una situación solucionable (liberalización de patentes, por ejemplo), es un peligro para la salud de todos: genera autopistas para el virus, enormes territorios donde nazcan nuevas cepas aún más agresivas como la que estamos viendo y que, además, lo hacen sin población vacunada.  

Vivimos toda nuestra batalla contra el coronavirus como una especie de torneo, una Eurocopa de quién vacuna más y más rápido, y olvidamos que todos formamos parte del mismo equipo.  

La persona que la Unión Africana designó para negociar la adquisición de vacunas ante los fabricantes se llama Strive Masiyiwa. Es un empresario de éxito del sector de las telecomunicaciones, un multimillonario zimbabuense que reside en Londres y que por su capacidad de negociación se consideró que era la persona ideal para poder cerrar un buen acuerdo para la obtención de vacunas para el continente. Para este hombre, dejar a África fuera de la vacunación “fue un acto deliberado: los que tenían los recursos se abrieron paso al frente de la cola y tomaron el control de sus activos de producción». 

Masiyiwa contó hace unos días durante un webinar que la primera vez que los africanos lograron sentarse con las empresas productoras de vacunas (con dinero en el bolsillo para pagarlas por adelantado, además), la respuesta que obtuvieron fue que toda la producción de 2021 ya estaba vendida.  De hecho, contó incluso que uno de los fabricantes tenía previsto producir desde Sudáfrica una gran cantidad de vacunas, todas para ser exportadas hacia otras partes del mundo. “No son santos”, dijo este hombre, en alusión a  todos los actores internacionales implicados en el mercado de las vacunas. «Los que compraron las vacunas y los que les vendieron las vacunas sabían que no habría nada para nosotros», concluyó.  

En los próximos días, seguiremos pendientes de esta competición, de nuestra Eurocopa de las vacunas, a ver si la ganamos. Mientras, esperaremos pacientemente a que algún medio de comunicación acabe titulando que África es la nueva India, que los sistemas de salud africanos no han podido resistir o que el cómputo de muertes por la Covid-19 en África ya empieza a ser el que la lógica indicaba al principio de esta pandemia. Algo tenía que estar pasando con África, que no podía ser que tuviese tan pocas muertes o, al menos, tantas como las que hemos tenido en Europa. No podía ser que lo hubieran hecho tan bien. Disculpen mi cinismo, pero es que moralmente toda esta situación nos deja en el peor de los lugares.  

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