Cuando la izquierda gobierna como la derecha

Cuando la izquierda gobierna como la derecha
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Tomo prestado este titular del libro del sociólogo Sergio Vilar La década sorprendente: 1976-1986 en el que se analiza y de disecciona la llamada Transición política española en todos sus aspectos, con sus luces y sus muchas sombras que aún oscurecen el panorama nacional y que son causa de no pocos de los problemas actuales.

Desde el principio, el profesor Vilar señala como una de las sombras “la inconsistencia teórica-científica” de la mayor parte de la clase política que fue instalándose en el poder y provocaba (y sigue provocando) la “inestabilidad ideológica, la falta de principios firmes y de programas claros y verosímiles, llevándola a pegar bandazos que contribuían a añadir conflictividad al sistema democrático”.

Han pasado muchos años y esta cuestión sigue de plena actualidad. Tanto en su aplicación a la teórica “izquierda” como a la también teórica “derecha”. Sigue la inconsistencia cultural e histórica de los llamados “dirigentes” e incluso va aumentando con la llegada de nuevas generaciones carentes de los más elementales conocimientos políticos, que tratan de ocultar con modas y modos que consideran más modernos tanto en sus “ideas” como en sus actitudes.

Así no sorprenden las “propensiones o tendencias izquierdistas de las derechas” despistadas, incoherentes y faltas de proyecto, como las actitudes autoritarias o las políticas de derechas de la autollamada “izquierda”, así como sus “amaneramientos típicos de nuevos ricos o patanes” (según el profesor Vilar). Lo cierto es que —tal como se decía en el 15M— son la misma cosa: una clase o “casta” de nuevo cuño, donde la coherencia política ha dejado paso al pragmatismo personal de “buscarse la vida” en cualquier partido.

Dicho pragmatismo ha dado lugar al funambulismo y al oportunismo desde los primeros momentos del cambio de régimen. Lo importante era conseguir una posición, engañar a la gente con ella a través de programas absurdos y mantener lo mismo que hacía el anterior (salvo algunas lindezas propias de la estupidez y la estulticia). Sólo cambian los collares, pero sus portadores se expresan de la misma forma. En aquellos tiempos Carrillo pedía un gobierno de concentración como el que fracasó el 23 de febrero de 1981; en la actualidad, sus teóricos seguidores piden un gobierno de coalición a toda costa. La cuestión es tocar poder, mandar en los demás según la teoría de Lèon Duguit: los que dan órdenes y los que están obligados a obedecerlas.

En aquellos momentos la supuesta izquierda era comunista (PCE-PSUC) pero según el profesor Vilar “la inmensa mayoría de los comunistas, incluidos los dirigentes, no habían leído a Marx, poco a Lenin y estaban formados por los manuales de Stalin y colaboradores”. Eso les permitía pasar a posiciones más moderadas o pragmáticas u oportunistas, como demostraron bastantes de sus líderes. El “eurocomunismo” era un remedo de socialdemocracia ajustada a lo que tocaba en la Europa de la postguerra donde se comenzaba a perfilar ese “pensamiento único” propio del totalitarismo. Como podemos comprobar nada nuevo bajo el sol de los “Podemos”, los “Ahora Madrid” o la última hornada de “Más País” (algo que todavía permanece inédito, salvo la cara de sus promotores), formaciones todas dispuestas a ocupar sillones, cargos y sueldos a toda costa. Incluso con los presupuestos o políticas de la derecha. Sólo cambian los “clientes” subvencionados.

El PSOE que proclamaba su “marxismo”, su antiimperialismo anti-OTAN, su republicanismo y su “O” de obrero, fue y ha sido pastoreado y llevado al huerto por dirigentes prácticos que, en el congreso de Suresnes, se decantaron por el cambio de principios a costa de recibir ayuda económica (“ni Flick, ni Flock…” que decía Felipe González) y apoyo del imperialismo. Su “marxismo” tenía más que ver con el de Groucho que con el de Carlos y su referéndum a favor de la OTAN da una medida de que en el mercado político todo es posible. Nuevos tiempos, nuevas caras. Ahora quien manda o sugiere parece que se llama Soros, el imperialismo se llama globalización, el pluralismo político y las promesas electorales se han ido por el desagüe hábilmente maquilladas. Las mentiras se blanquean en los medios apesebrados y tan sólo ha cambiado el trasero asentado en los mismos sillones.

El centro político fue más un buen deseo que una realidad, tal como se comprobó en poco tiempo. La mezcla de personajes del régimen anterior (con su toque de socialdemócratas propio del mismo), democristianos y liberales con tendencia centrífuga, era explosiva y en ella iban a chocar auténticos creyentes centristas con los más pragmáticos que buscaban y encontraron su propia supervivencia en base a deslealtades con el proyecto, cuando no traicionándolo. Su voladura era indispensable para el afianzamiento del bipartidismo posterior. En su seno los ordoñistas “uno de los elementos más perturbadores y más autodestructivos de la UCD” (según el profesor Vilar) y otros similares, dieron al traste con el proyecto inicial. En cualquier caso, se iba a mantener la socialdemocracia como nuevo “pensamiento nacional”, tal como proclama la propia Constitución.

¿Qué decir de lo que se constituyó como derecha real? Primero fue Alianza Popular con una mezcla de personalidades de clara herencia anterior, si bien con diferentes talantes (desde los más socializantes a los más tecnócratas). Luego la personalidad de Fraga se impondría y daría lugar a disensiones internas. Que el señor Vestrynge fuera secretario general de la formación, da una idea de nuevo de la coherencia ideológica de la misma. Más tarde las refundaciones de cada momento imprimirían su sello de oportunismo político electoral. En ningún momento se cuestionó o se reflexionó sobre el modelo de Estado establecido (las autonomías) y sus consecuencias fragmentarias de la unidad nacional. Es más, la mayoría absoluta del partido popular con Rajoy a la cabeza fue la gran ocasión perdida de apostar por una recomposición a fondo de la política nacional (sobre todo autonómica) y redefinir el proyecto del PP. En lugar de eso optó por la indefinición ideológica y la política de izquierdas que ahora mantiene su sucesor.

Por eso no sólo es que la izquierda gobierna con principios de derecha, sino también que la derecha gobierna con el manual de la izquierda. Ambos sólo buscan los votos que les den el poder, el poder de mandar sobre los demás. Es más, una cuestión de “cantidad democrática” (Tocqueville) que de “calidad democrática”.

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