Constitución sin firmas femeninas

Nekane Jurado
Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Ahora que se empieza a hablar de la reforma de la Constitución de 1978, bueno será recordar que entre los redactores de la misma no hubo ninguna mujer. Sí las hubo en la redacción de la de 1931, y su presencia se hizo notar por cuanto los derechos de ellas quedaron escritos negro sobre blanco en aquel texto.

Nos lo recuerda un libro de Nekane Jurado que traza una historia del feminismo español desde más arriba del siglo XIX. Que va más allá de la reivindicación de la igualdad y la brecha salarial, y proclama que no se trata de cobrar los mismos salarios por igual trabajo, sino de superar la explotación a la que somete el neoliberalismo y la legislación actual tanto a los hombres como a las mujeres.

Que proclama, más allá de las reivindicaciones feministas, la superación del machismo y el feminismo con el sueño del HUMANISMO, el reconocimiento de la dignidad de la persona humana al margen de la misión del hombre y de la mujer en las funciones reproductoras.

Nekane Jurado, una escritora e investigadora de la historia del feminismo, subraya que la mujer española consiguió entre las primeras del mundo el derecho de sufragio, que su historial y sus logros sirvieron de guía y de orientación a las feministas europeas y americanas más conocidas, como Simone de Beauvoir.

Que las organizaciones feministas del Estado influyeron muy decisivamente en la Revolución de Asturias de 1934, en la maduración de la Unidad Popular en las elecciones de 1936, en la misma Guerra Civil de 1936, y en la lucha contra el franquismo tanto en la etapa del maquis como en la maduración de la Transición a la democracia.

Nombres ilustres jalonan esta historia: Empezando por las Brujas quemadas por la Santa Inquisición, aquellas mujeres que animaban las rebeliones populares contra los abusos del poder, y siguiendo por las Clara Claramunt, Clara Campoamor, la Duquesa de Kent, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, junto con colectivos feministas que tuvieron una lista de asociadas a la que no llegaron los partidos políticos, y unas escuelas y publicaciones pedagógicas muy influyentes.

Nada que ver con los nombres femeninos que hoy llenan los medios informativos y los debates televisivos… Con las Esperanza Aguirre, Botellas, etc, etc, etc… implicadas o imputadas en aventuras de corrupción, en defensa del status actual de las relaciones hombres-mujeres.

Nada que ver con la huella de sangre y maltrato que dejaron aquellas soflamas de un tal Queipo de Llano animando a los machos ibéricos a zurrar o incluso asesinar a sus adúlteras, a sus hijas cogidas en “delitos sexuales”, y a matar a mujeres republicanas y a sus parejas masculinas.

Estos son otros tiempos. Este es quizá otro feminismo un tanto descafeinado. Pero siempre nos queda la Esperanza, esa virtud que tiene nombre de mujer…

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