Carta abierta al Sr. Tezanos

Carta abierta al Sr. Tezanos
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Muy señor mío: 

Quizás sin proponérselo, se ha convertido usted en toda una celebridad —un “famoso” como diría mi hija— gracias a sus célebres guisos de encuestas, elaborados para el conocido (y antes prestigioso) restaurante de nombre rimbombante: Centro de Investigaciones Sociológicas, más conocido por su acrónimo C.I.S. que, aunque sin estrellas Michelin que lo premien, recibe de los presupuestos públicos (del dinero de los contribuyentes), una importante porción para —nada más y nada menos— que cocinar excelentes platos a gusto de toda su clientela plural y variada: los ciudadanos en su conjunto.  

La verdad es que su aspecto de buen cocinero transmitido por su físico inspira una cierta confianza en que los ingredientes de su cocina estén avalados por la profesionalidad, la honestidad y la calidad del producto final. De ahí el respeto que la cocina del C.I.S. ha merecido desde siempre y de la que nos hemos alimentado profesionalmente durante muchos años, sin que nos ocasionara ningún tipo de trastorno estomacal… hasta que ha llegado usted como “chef”, amo y señor de pucheros y sartenes, para diseñar otros menús diferentes más acordes con la voluntad (o el capricho) de un par de clientes, ignorando al resto de los comensales. Como consecuencia, en sus guisos abunda más el puchero que otros útiles con lo que la carta se ve reducida y empobrecida notablemente lo que la hace cansina y aburrida. 

Como le decía durante muchos años he trabajado en el sector, con lo que las encuestas no me resultan ajenas. Algo conozco del tema y por ello, al igual que usted, conozco sus posibilidades culinarias. Todo depende del respeto que merezcan aquellos a quienes van destinadas. El mundo corporativo se puede permitir ciertas licencias en los sesgos que prefiera dar a sus platos, al fin y al cabo “quien paga manda”… ¿o no?… Pero, en su caso, se da la circunstancia de que el restaurante tiene muchos propietarios asociados en algo que se conoce como “soberanía nacional” (¿le suena?) de la que emanan los poderes del Estado. Es decir, si no hay socios que mantengan el chiringuito, este se viene abajo y se cierra. 

Estos socios son un tanto especiales pues esperan del administrador del local una gestión limpia, honesta y eficaz, mientras que por la parte que le atañe como máximo responsable de cocina, esperan de usted no cocinar para solo una pequeña parte de socios, sino para todos ellos. Todo un reto que un buen cocinero como usted podría sacar adelante sin ningún problema, salvo claro está que, junto con el administrador, crean que los demás no entienden o son ignorantes o estúpidos y, por ello, se les puede manipular o engañar. Aquí nos encontramos entonces con el riesgo de que se rompa la baraja, se pierda el prestigio ganado a través de los años por otros “chefs”, los socios-clientes pasen de sus menús y, en consecuencia, haya que cerrar el local o éste quede como una antigualla llenándose sus cocinas de telarañas. 

Un plato reciente que ha llamado poderosamente la atención (por el claro abuso de especias, condimentos e ingredientes) ha sido esa pregunta retórica sobre la libertad de expresión, servida a “sus” socios preferentes, pero que ha causado más de una indigestión, cuando no un claro efecto vomitivo en el resto. Y es que la pregunta, desde el punto de vista técnico o profesional, le deja en un mal lugar como responsable de cocina. Usted debe saber que los buenos platos, los de calidad, no son un batiburrillo de ingredientes (al estilo del actual gobierno), sino que se basan en la calidad del producto principal: su objetividad e imparcialidad o, visto de otra forma, la honestidad del mismo que no esconde ningún elemento tóxico o caducado. 

Desde mi modesto conocimiento del tema podría sugerirle otra forma en la confección de sus menús, pero me temo que su amor propio quedaría dañado y no podría aceptar mis sugerencias o, directamente, las rechazaría. ¿Quién soy yo para tal atrevimiento? Pues simplemente alguien que le respetaba por su prestigio profesional anterior, a quien le cae simpático su aspecto bonachón de buena gente (honesta) y que se siente mal cuando el restaurante y la cocina que durante tantos años hemos usado, con unos platos variados al gusto de todos, que todos hemos recomendado por la calidad de sus productos, ha cambiado de administrador y de “chef” convirtiéndose en otra cosa diferente, como si se cocinara a la buena de Dios (al servicio del administrador) en lugar de servir a los socios titulares.

Como muestra de buena fe y dentro de mi modestia, le planteo una forma alternativa de cocinar, una receta distinta para la pregunta en cuestión:

¿Es usted partidario de todas las libertades públicas, incluida la libertad de expresión?

Ya verá como los socios propietarios del restaurante C.I.S. estarán más felices por el prestigio recuperado aunque, claro está, no le guste al administrador: al gobierno. 

Con mis mejores deseos. 

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