Cuando la Comisión Europea estima que España no cumplirá el objetivo de déficit (ni este año ni el que viene) y rebaja la previsión de crecimiento augurando una tasa de desempleo del 22,2% para el año 2016, desde la barrera de sombra y sin arriesgar la figura, el llamado Consejo Empresarial para la Competitividad que representa -al parecer- a quince de las grandes empresas españolas más otras tres procedentes del Instituto de Empresa Familiar, ha dado a conocer a través de su presidente el informe “España 2018” con las medidas que, en su opinión, harían descender la tasa de paro actual a un aceptable 10,4% en el año 2018 al mismo tiempo que impulsarían el crecimiento.
Se ha dicho muchas veces que el infierno está lleno de buenas intenciones y desde luego el informe realizado por dicho consejo no carece de ellas. Una posición de altruismo y generosidad de quienes representan alrededor de un 17% aproximadamente del mundo empresarial español, pero que están en la pomada de todos los gobiernos y han formado parte de sus decisiones (las más de las veces equivocadas como ha demostrado la situación actual de las economías mundiales).
Hace unos días reflexionábamos sobre esta otra casta de directivos que, encastillados en su soberbia, han llegado a creerse los más preparados o los mejores, cuando en realidad sus cargos obedecen en la mayor parte de los casos a simple suerte, cuando no a recomendaciones políticas. Ellos son el oráculo que se consulta políticamente, los druidas de la economía capaces de crear extrañas recetas que sólo ellos pueden desentrañar y que les hacen mantener una situación de predominio social que justificaría sus abultadas retribuciones blindadas.
Los componentes del brebaje milagroso se resumen “grosso modo” en los siguientes ingredientes, sin que el orden de los mismos altere el producto final:
-estimular la creación de empresas y su mayor tamaño (el grande se come al chico y se elimina competencia); estimular la economía del conocimiento, abaratamiento de la energía y mejora del sistema educativo, acompañadas de lucha contra el fraude laboral y la economía sumergida.
Si para este viaje del prestigioso consejo no hacían falta las alforjas mediáticas utilizadas -ya que resulta obvio lo aconsejado- (espero que no les haya costado un céntimo), sí sería bueno que dejaran de mirarse el ombligo empresarial ¡tan reducido! y se plantearan otras posibles medidas menos sesgadas e interesadas como las siguientes:
1.-lucha contra el fraude laboral en el nivel de directivos y consejeros en la relación formación/retribución den todo el sistema;
2.-reducción drástica de sus sueldos para dedicarlos a “empleabilidad” en lugar de despedir personal o contratar en precario;
3.-apuesta por economías productivas en lugar de operaciones especulativas o productos basura;
4.- inversión en formación de sus empleados y retorno de las inversiones al pais de origen;
5.- responsabilidad directa de los cargos directivos ante los consumidores y por ende ante los accionistas;
6.- eliminación de las subcontrataciones externalizadas y retorno al núcleo de responsabilidad empresarial;
7.- sustitución de las tecnologías de atención al cliente (que nunca atienden al cliente) por empleados que sepan lo que hacen y cumplan su función (muchas de ellas son un ejemplo deplorable de “modernidad” a través de locuciones);
8.- incentivación real de la creación y desarrollo de todo tipo de actividades legítimas, eliminando burocracias, trámites y gestiones para la pequeña y mediana empresa y autónomos;
9.- apertura de líneas de crédito a través del ICO para la pequeña y mediana empresa de interés reducido y gestión controlada.
10.- gestión pública de capitales derivados de todo tipo de actos de las AA.PP.;
11.- sistemas de contratación pública sin posibilidad de ulteriores reformados;
12.- imposición del déficit 0 (gastos sujetos a ingresos) en las AA.PP.
Con algunas de estas medidas quizá fuera más fácil conseguir los objetivos que tan ingenuamente señalan pero, eso sí, les llevaría a descubrir su propia desnudez revestida de privilegios en la actualidad.
Una empresa no es solamente un colectivo de directivos más o menos preparados para el ejercicio de su función, es también y sobre todo la manera de hacer partícipes a todos sus componentes de un sueño, de unas ideas, de un proyecto de futuro. Por el contrario, la gran empresa actual se basa en unas estructuras administrativas descoordinadas y desconocedoras en muchos casos hasta de los mismos objetivos; un conjunto de personas y servicios deshilvanados, subcontratados, deslocalizados, tecnologizados (importan más las máquinas que las personas) y sin más horizonte que el aumento de beneficios para sus dirigentes. Si a esto añadimos las relaciones con el poder político hasta confundirse en sus organizaciones, tendremos la radiografía del sistema empresarial representado por este consejo y la mayor parte del Ibex 35 que beben directamente de los presupuestos públicos.
Desconocemos hasta qué punto el núcleo duro de la economía restante, formada por la pequeña y mediana empresa o los autónomos es partícipe de estos augurios, pero mucho nos tememos que están a años-luz de los mismos. Lo suyo es por el contrario cómo levantarse cada día, -no para acudir a un festejo, inauguración, acto social o político-, sino para enfrentarse a requerimientos fiscales, a problemas personales, al pago de facturas y salarios y atender a los clientes. Esa es su realidad diaria, no la de los informes muy bien pagados a pesar de su banalidad sustancial. Por eso ha hecho muy bien el ministro de Economía, Sr. de Guindos, al no prestar demasiada atención al distinguido Consejo Empresarial para la Competitividad. Los conoce muy bien y sabe de qué pie cojean.













