“Quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano…” (Miguel Hernández)
En Política, la seducción nace de las convicciones más profundas y sinceras: aquellas que brotan directamente del corazón.
Adolfo Suárez ha sido una de esas personas que supo trasladar el amor a España y a los españoles a la esfera de la Política, seduciendo a todos con una propuesta para todos: un cambio político de envergadura que nos hiciera recuperar la condición de ciudadanos con todo el significado de lo que ello supone. Sin su tesón y su rebeldía frente a lo “políticamente correcto” de la época, España no sería lo que es ahora.
Se ha hablado mucho de esa etapa conocida como “transición” entre un régimen y otro muy diferente, que hizo posible un nuevo marco de convivencia para los españoles sin distinción de razas, credos o pueblos con su enorme riqueza cultural y tradicional. Era tan simple como llevar a la Política lo que era normal en el pueblo sin miedos ni prejuicios, sin rencores ni recelos de unos hacia los otros.
La Constitución elaborada con el consenso de todos los representantes políticos del arco parlamentario y refrendada por la gran mayoría del pueblo español, era el marco donde encajar sus derechos y deberes, sus libertades y sus obligaciones en un equilibrio razonable y justo para todos. Eran las nuevas reglas del juego democrático aceptadas como modelo de convivencia. Con sus errores quizá, pero también con sus muchos aciertos ante las circunstancias del momento.
Adolfo Suárez fue el guía que trazaba con manos firme y segura los caminos a seguir y arrostraba personalmente las responsabilidades derivadas de su trazado. Nos transmitió ilusión como pueblo y convenció a los más recalcitrantes de que el proyecto merecía la pena. Confió en todos, en una alarde de generosidad exenta de protagonismo, convocándolos a la unión y al trabajo por España.
Recuerdo con enorme nostalgia esos tiempos en que los partidos se ofrecían al debate abierto de los ciudadanos, sin bunkerizaciones de seguridad o de protocolo. Con sus puertas abiertas a las propuestas, a las ideas, a los proyectos… Todo era bueno para construir esa utopía democrática que nos unía y nos enganchaba a un proyecto que nos seducía por igual. Cada uno desde sus ideologías —por opuestas que fueran— aportaron los materiales necesarios de su pensamiento o de su acción. Esa fue la obra histórica y titánica de un Adolfo Suárez empeñado en conducir la nave a buen puerto a pesar de la incomprensión de muchos, de las zancadillas de otros y de la astucia de los aprovechados que ya empezaban a posicionarse.
La política en España tuvo un antes y un después de Adolfo Suárez porque éste supo inculcar su talante personal a la etapa de su gobierno. Sin miedo, con rigor y con la confianza puesta en quienes le acompañaron, tanto como responsables públicos como en el equipo político plural que formó la Unión de Centro Democrático. A todos profesó un cariño personal que iba más allá de lo oficial o protocolario. Supo integrar, frente a la desintegración y atomización poniendo por delante de las discrepancias las coincidencias con esa visión positiva (tan escasa) de lo que supone la unión en lugar del enfrentamiento.
Tuve la suerte y el honor de participar como otros muchos españoles en aquella aventura democrática que apoyábamos sin reservas, aportando lo que pude dentro de mi modestia en ella y me siento orgulloso de aquella etapa. Los nombres de quienes pasaron por aquella sede de la calle Arlabán, forman ya parte de mi vida y las relaciones con quienes asumían las responsabilidades de gobierno quedan para siempre en el recuerdo.
Adolfo Suárez era nuestra referencia para conciliar conflictos, para impulsar actividades, para construir piedra a piedra la casa de todos.
Poco después comenzaría el trabajo de destrucción y demolición del llamado “centro democrático” por unos u otros intereses, relegando a su creador a una situación de precariedad política que aceptó con dignidad pero que le llevó a marginarse poco a poco de esa nueva política hecha de cabildeos y conjuras, de compra de adhesiones y de votos con cargo a los presupuestos, de las luchas por el poder político, social y económico, de la bancarrota de la deuda, de los estados dentro del Estado, de las corrupciones, de los chanchullos, de la falta de escrúpulos, del clientelismo, del descontrol económico, de las influencias y privilegios sustituyendo a la dignidad del servicio público…
Desde su situación de observador Adolfo Suárez, abatido por problemas de familia y personales, debía repetir aquello de “No es esto, no es esto…..”. Era cierto, la mayor parte de lo que vino después fue ese aluvión de “listos” y aprovechados que quisieron hacer de la política una forma interesada de vida, tanto en forma directa como indirecta, pervirtiendo y ensuciando el altruismo inicial, con la toma del poder en forma vitalicia. Ya no era posible como preconizaba Adolfo Suárez que la participación en los asuntos públicos de todos los españoles les llevaran a tener la posibilidad de tener todos algún día esas responsabilidades públicas que son trabajar para los demás.
Quizá esa extraña enfermedad llamada Alzheimer tuvo un componente piadoso al impedir de alguna forma que, quien tanto hizo por construir, no pudiera darse cuenta de lo que se había hecho con su trabajo y su esfuerzo.
Hoy Adolfo Suárez ha recobrado la visión desde el más allá de nuestras mezquindades políticas actuales. Esas que se ceban y nutren de intereses ajenos a la unidad y al esfuerzo. Hoy Adolfo Suárez entra en la Historia no en función de sus méritos intelectuales, científicos o académicos, sino por algo mucho más importante que todo ello: haber traído a un pueblo el sabor de la libertad, de la responsabilidad respectiva, del trabajo compartido, de la concordia entre opuestos, del diálogo y de la firmeza de las convicciones democráticas. Nos abrió las puertas a la esperanza y nos hizo ver el arco iris de la suma de nuestras ideas; nos marcó un rumbo que otros más cortos de miras no han sabido o no han querido ver.
Hoy Adolfo Suárez contempla el dolor de ese pueblo al que entregó su vida. Un dolor ajeno a protocolos y conveniencias. Simple, sencillo, natural… que hace suyos los versos de Miguel Hernández:
“A las aladas almas de las rosas
de almendro de natas, te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero….”
Descanse en paz.













