Se pinchó el globo Truss

Se pinchó el globo Truss
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— P U B L I C I D A D —

Los británicos que creyeron en las promesas de que con la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea entrarían simultáneamente en el paraíso están recibiendo casi a diario una dosis creciente de realidad, y ésta no es precisamente como para tirar cohetes de júbilo. El trastazo que acaba de darse la ya dimitida primera ministra Liz Truss es por ahora la última demostración de que la gobernanza del país no parece estar en las mejores manos.

Truss, tan sólo 45 días como inquilina del 10 de Downing Street, ha pulverizado el record de brevedad que ostentaba desde 1927 su remoto antecesor, el también conservador George Canning, que resistió 119 días, aunque en aquel caso fue una neumonía la culpable. En el de la flamante “nueva Thatcher” (se ve que el apelativo era desmedidamente exagerado), ha sido la presentación de un presupuesto que puso los pelos de punta a todos los que saben sumar y restar, que en el Reino Unido parecen ser todos: unos, porque echaron cuentas y los números no les salían; otros, porque se dieron cuenta de pronto de que el país se había quedado sólo, sin los fondos de recuperación y resiliencia de que gozan los países miembros de la UE a modo de salvavidas, y todos en general, porque consideraron el plan fiscal de Truss una mezcla de improvisación y populismo. Y, por encima de todos ellos, los inversores internacionales salieron de estampida, al tiempo que la libra se derrumbaba al nivel más bajo en 40 años.  

Los británicos también han tenido oportunidad de comprobar la fugacidad con que se suceden los inquilinos en la residencia del primer ministro –van tres en apenas un bienio–, en una carrera que les hace parecerse cada vez más a los gobiernos italianos, que suelen durar unos 18 meses por término medio. También habrán podido percatarse de que la política británica es más de casta –Pablo Iglesias dixit– que nunca, puesto que todos los cambios vertiginosos de los últimos tiempos se están dirimiendo entre los parlamentarios del Partido Conservador, apoyado éste en su famoso Comité 1922.

Cierto es que en la elección de Liz Truss la última palabra la tuvieron la totalidad de los militantes del partido, que prefirieron a una señora de convicciones volubles y cambiantes al mayor rigor de un acreditado experto en finanzas y economía como Rishi Shunak. Pero, éste perdió la final porque debió pesar más en el ánimo de los militantes que, en tanto que avezado multimillonario e hijo de inmigrantes, no sería bueno ponerle al frente del país cuando la crisis sacude fuerte a más y más capas de la población.  

Si la dimisión de Shunak como ministro de Economía fue el detonante que hizo caer a Boris Johnson, su sucesor con Truss, Kwasi Kwarteng, que confeccionó el disparatado plan fiscal de fuertes rebajas de impuestos y multiplicación de subsidios, fue destituido por su jefa en un intento desesperado de ésta por aferrarse a la poltrona. Vano intento, porque la dimisión de la ministra del Interior, Suella Braverman, le demostró que no podría seguir un día más.  

En los intentos del partido por sustituir a Truss mediante elección interna, resulta evidente para el observador del lado europeo del Canal de la Mancha que tal procedimiento hurta a los electores una decisión que debería ser de su absoluta incumbencia. Sin que los sondeos sean sustitutivos de las urnas, debería tenerse en cuenta que la ventaja de  casi 30 puntos que ahora mismo otorgan al Partido Laborista es un indicador suficiente del hartazgo de los británicos con esta sucesión de fracasos tories, y se convocaran nuevas elecciones. Como era lógico, es lo que ha pedido el líder laborista, Keir Starmer, aunque será el sanedrín conservador el que al final decida si hay comicios o no

En medio de la barahúnda han surgido voces preconizando la vuelta de Boris Johnson. Sería otra anomalía más, que ahondaría en el sentimiento de que todo se cuece entre la casta.  Los ingleses llevaron hace siglos a sus más altas cotas el denominado gobierno de los notables. Los acontecimientos actuales acentúan la impresión de que al mando del país no parecen estar los más capaces.

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