Netanyahu recoge los réditos de su política de fuerza

Benjamin Netanyahu
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Israel escogerá el próximo día 17 la imagen con la que querrá mostrarse al mundo, al menos en el futuro más inmediato: si la de su preconizada democracia, en la que no se admite que un líder procesado por soborno, fraude y abuso de poder sea encargado de formar gobierno, o bien sanciona la política de los hechos consumados, sea a costa de lo que sea, y que el fin justifica los medios. Ese día, precisamente, coincidirán la comparecencia del primer ministro en funciones, Benjamin Netanyahu, ante el tribunal que le juzga por los tres cargos expuestos, y la citación del jefe del Estado de Israel, el presidente Reuven Rivlin, al líder político al que encargará la formación de gobierno tras las terceras elecciones celebradas  en el lapso de un año. 

No hay tampoco esta vez un triunfador absoluto, puesto que ni Netanyahu, líder del conservador Likud, ni su principal oponente, el exgeneral Benny Gantz, al frente de la coalición Azul y Blanco, han conseguido la mayoría absoluta sobre los 120 escaños con que cuenta la Knesset, el Parlamento israelí. Sin embargo, Netanyahu y sus aliados de la ultraderecha y los partidos religiosos, obtienen una ventaja clara sobre Gantz, merced al retroceso tanto de su propia coalición como del antiguamente potente Partido Laborista. 

Para la mayoría absoluta, a Gantz no le bastaría incluso el apoyo de la Lista Conjunta Árabe, cuyo gran resultado histórico es el fruto de los temores suscitados tras las decisiones adoptadas por Netanyahu en los últimos años, coincidentes con la estancia al frente de la Casa Blanca del presidente Donald Trump.  Los méritos de un animal político

Nadie podrá negarle al avezado animal político que es Netanyahu dos méritos que se han demostrado decisivos: haber obtenido por vez primera el respaldo incondicional y sin restricciones de Estados Unidos, y conocer mejor que ningún otro líder al muy diverso pueblo israelí. La presentación por Trump en plena campaña electoral israelí de su propuesta de paz para Oriente Medio, que reduce las aspiraciones del pueblo palestino a vivir en bantustanes cercados, controlados y plenamente dependientes de la voluntad de Israel, ha sido la plasmación plástica de que Estados Unidos ha renunciado a su papel de árbitro creíble y aceptable en el conflicto israelo-palestino. Pero, también de que la dureza impuesta por Netanyahu ha cosechado los réditos de una victoria electoral, que no sólo le mantenga al frente del gobierno otros cuatro años, una vez que ya ha superado al frente del poder al fundador del Estado, David Ben Gurion, sino que también asiente la potencia de Israel como pilar decisivo en la geopolítica de la zona que se está dibujando. Una geopolítica, que pasa por fortalecer a Arabia Saudí como guardián de los Santos Lugares del Islam y guía del mundo musulmán, frente al adversario que le disputa la primacía, un Irán tentado de convertirse en potencia nuclear.

Netanyahu ha consolidado a Jerusalén como capital eterna e indiscutible de un Estado que se proclama judío, lo que abre la puerta a que ese 20% de población árabe-palestina que vive en Israel deje de ostentar la ciudadanía israelí a medio plazo. Cisjordania, el territorio sobre el que aún se supone que manda algo la Autoridad Palestina, consolidará también las colonias israelíes, expandidas pese a los llamamientos y protestas de buena parte de los integrantes de la Unión Europea. Entre estos no estaba el ya separado Reino Unido, valedor de la propuesta de Trump como “seria” y “positiva”. Previamente, Netanyahu se había anexionado definitivamente los Altos del Golán, conquistados a Siria en la Guerra de los Seis Días (1967).  

Todo ello, en suma, ha sido caucionado por la mayor parte de los ciudadanos israelíes, que han otorgado a Netanyahu una victoria de la que él mismo se mostraba sorprendido. Más allá de consideraciones marginales, ello quiere decir que la mayoría del país se alinea con su firmeza y está de acuerdo con su manera de dirigirles. Los valores morales que siempre han sido el gran tesoro de Israel y su incuestionable autoridad y liderazgo intelectual parece que ya no son, pues, los mismos. Es indudable que han variado y se han relativizado. Síntoma probable de que el fenómeno se extenderá y contagiará, en este caso para mal, a buena parte del mundo. 

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