Ganó Meloni, ¿pasa algo?

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— P U B L I C I D A D —

Pues no, no se ha desencadenado el apocalipsis que supuestamente tenía en vilo a toda Europa ante la hipótesis, ya plenamente confirmada, del triunfo de Giorgia Meloni, líder de Fratelli d´Italia, partido que responde a las primeras palabras del himno nacional. El bombardeo dialéctico de medios y analistas, especialmente del espectro de extrema izquierda, avisaba de que la llegada de Meloni al poder sería prácticamente el principio del fin de la Unión Europea, a partir de un supuesto y previsible desenganche de la misma de la tercera economía de la UE, además de uno de los seis históricos países fundadores de la misma. 

Siguiendo al filósofo Diego Fusaro, profesor de Estudios Estratégicos y Políticos de Milán, y uno de los más encarnizados críticos de “la farsa antifascista de la izquierda”, Meloni no ha venido para reimplantar el fascismo, sino para echar abajo el trampantojo con que las élites de la izquierda han fingido que defienden la justicia social sin renunciar a ninguno de sus privilegios de clase. Lo que otro de los seguidores de Fusaro, Víctor Lenore, denuncia así: “El antifascismo también proporciona una coartada para detestar a toda la gente común que vota por opciones que no sean la izquierda”.

En estas elecciones generales concurrían nada menos que cuatro expresidentes del Consejo de Ministros: Enrico Letta, Matteo Renzi, Giuseppe Conte y el incombustible Silvio Berlusconi. La menuda pero enérgica Giorgia Meloni los ha laminado a todos, incluido a Berlusconi, que no obstante y en tanto que miembro de la coalición de la derecha, mantendrá una cierta capacidad de dinamitar el proyecto común, el deporte clásico al que se han entregado desde la posguerra la práctica totalidad de los 67 Gobiernos que han pasado por el Palazzo Chigi en los últimos 76 años. Las legislaturas en Italia son de cinco años, pero sobran los dedos de una mano para contar los que realmente han llegado a cumplir ese lustro.

Los críticos y augures más radicales frente a Meloni han pronosticado que las grandes conquistas progresistas, entre las que incluyen como las más señeras el aborto, incluso en minoría de edad y sin conocimiento paterno, la eutanasia y la generalización de una enseñanza sin calificaciones ni meritoriaje, quedarían cercenadas en su extensión a toda Europa por la coalición de Meloni-Salvini-Berlusconi. Les atribuyen, además, un giro categórico adoptando posiciones semejantes a Polonia y Hungría, e incluso que el presidente ruso, Vladimir Putin, sería el verdadero ganador de estos comicios por los compadreos, simpatías y francachelas que los dos varones del triunvirato ganador han disfrutado con el tirano del Kremlin.

Disipadas la niebla y la humareda, provocadas por los fuegos de tanta apocalíptica profecía, la realidad va a alumbrar algo muy distinto. Para empezar, los italianos, esa gente que, según el maestro José María Carrascal, siempre empiezan una guerra con los que parece que van a ganar y la terminan con quién de verdad la ganan, han decidido dar una oportunidad a Meloni y su partido, Hermanos de Italia, una vez comprobado que la abultada nómina de una clase política de la que están hartos no ha cumplido promesas ni expectativas. Una clase política que, como en muchos otros países semejantes, se mira el ombligo, disfruta e incluso abusa descaradamente de sus privilegios, mientras el común –la gente- se tiene que buscar la vida por su cuenta, sorteando incluso las trabas y obstáculos que le interpone en su ya de por sí ardua tarea de salir adelante cada día. 

Tendrá, pues, que demostrar a sus conciudadanos que su plan de reformas les hace la vida menos difícil y les ayuda a capear el temporal de la enésima crisis que soporta el país. Y, por supuesto, no cambiará en absoluto la línea de la Unión Europea con respecto a Ucrania, adoptada por su antecesor, el prestigioso tecnócrata, no elegido en las urnas, pero sí derrocado, Mario Draghi. Es seguro que propondrá reformas y cambios en el funcionamiento de la propia UE, que sacudirá sin duda la pesada maquinaria burocrática bruselense, pero de ahí a dinamitar el invento va un trecho que ni Meloni ni ningún ciudadano sensato se atreverá a franquear. 

Amenazaba la presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen con las herramientas de que dispone la UE para reencauzar a los díscolos, en clara alusión a la coalición de la derecha italiana. Esos utensilios –en Italia se traducirían en retenerles los 200.000 millones de euros de su gran tajada en los fondos de recuperación- también se pueden aplicar, al menos teóricamente, a cualquier otro miembro de la UE que transgreda o viole el acervo comunitario, desde los que intentan amordazar la libertad de expresión a los que insisten una y otra vez en controlar todos los poderes, especialmente el judicial, o hacen oídos sordos a los insistentes llamamientos a no engordar sideralmente la deuda que habrán de pagar varias generaciones.

Circula con profusión por las redes un video de pocos segundos en el que la propia Meloni sostiene dos melones a la altura de sus pechos y guiña un ojo al espectador. La nomenklatura progresista se ha lanzado a anatematizar la imagen y calificarla con todo tipo de improperios. En un sur de Europa, en el que el recurso a la testosterona suele ser muy frecuente, el video de Giorgia Meloni también puede ser una advertencia a los machistas que piensan que la pueden destrozar fácilmente.   

1 Comentario

  1. Un estupendo artículo que desmonta toda la propaganda catastrófica del mundo autollamado «progre» y su trastienda aberrante de agendas. Muchas gracias por el excelente análisis.

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