Watergate

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— P U B L I C I D A D —

Cincuenta años han pasado desde que el gran escándalo político conocido por este nombre acabaría por llevarse por delante a todo un presidente de EE.UU. y con él gran parte de ese equipo de “leales” dispuestos a todo con tal de servir a quien los ha nombrado.

En España recientemente el asesor y gran “gurú” del gobierno socialista, lo reconocía así: disposición a tirarse por el precipicio (más o menos), fueron sus palabras. Un poco más tarde caería del pedestal de un poder prestado por el que manda, junto a otros muchos de quienes se puede prescindir a capricho y según convenga.

Un interesante libro (“La agonía del poder”) de quien fuera el equivalente en la presidencia de Richard Nixon en EE.UU. revela y trata de justificar una operación desde las “cloacas” para asegurar la reelección de su amo. Una operación que se considera forma parte del ritual de la lucha política en democracia en casi todas las presidencias americanas, tal como hemos visto recientemente en la sustitución de Trump por Biden. “El control telefónico y los micrófonos ocultos eran una práctica habitual en las administraciones anteriores, sobre todo la de Kennedy” (Hadelman).

En ella se vieron involucrados el que fuera fiscal general John Mitchell, (ya director de la campaña para la reelección de Nixon), Jeb Magruder que ejercía labores de relaciones públicas en la Casa Blanca (asimilado al comité de campaña, Chuck Colson, considerado el “hombre de choque personal del presidente” encargado de la “política dura”, un ex agente de la CIA de nombre Howard Hunt y el responsable de la Administración Federal y autor del libro: Harry Robbins Haldeman, más conocido como Bob Haldeman jefe de gabinete de Nixon.

La investigación llevada a cabo por los periodistas (de la vieja escuela) Bob Woodward y Carl Bernstein del “Washington Post”, empeñados en descubrir la trama que envolvía una operación chapucera de intento de espionaje (ya que los autores materiales de la operación fueron detenidos en el acto), daría lugar posteriormente a un libro y una película “Todos los hombres del presidente” que difundirían el caso a nivel mundial. No sólo sería el espionaje, sino también el manejo de fondos fraudulento en el mundo de la política.

El concepto de lealtad está ligado a varios factores: el de reconocimiento total y absoluta de la superioridad moral, intelectual o personal de alguien; la deuda contraída con alguien que puede reclamarla; el agradecimiento absoluto por la recepción de beneficios y privilegios o, la más común, la compra de lealtad por medio de dinero. De todas ellas está la política llena en cualquier régimen y forma de gobierno, incluso en las presuntas democracias donde se reviste de supuesta legitimidad. En este sentido EE.UU ha sido siempre un referente con más sombras que luces desde los primeros momentos de su independencia, donde el verdadero poder ha sido siempre el del dinero. Incluso era habitual y conocido presumir de tener comprados a los políticos o de tener influencia sobre ellos (una mala costumbre que traspasó fronteras y fue adoptada en gran parte de países).

El poder del dinero y la defensa de sus intereses se traduce en la perversión y la prostitución de las reglas o leyes por parte de los políticos que las crean, de las instituciones que las legitiman, de los gobiernos que las ejecutan y de los jueces que las aplican. Toda una rueda que se retroalimenta formalmente en el sistema democrático mientras repite que la soberanía es del pueblo “de donde emanan los poderes del Estado” (artº 1º.2 C.E.). Y es verdad, ya que si se diera la circunstancia difícil de que el pueblo responsable, maduro, sensato y libre decidiera otro modelo de organización política o administrativa del estado, éste podría ser muy diferente.

Watergate fue en su día un revulsivo que utilizó el partido demócrata americano para hacer dimitir a Nixon a través de una investigación periodística hábilmente difundida. Una práctica común de juego sucio en la política del “poder por el poder” que, como tantas otras ilegalidades, corrupciones e irregularidades, suelen verse y tratarse con diferencia sectaria y maniquea (Nixon malo, Kennedy bueno) por el mundo mediático sometido al dinero, experto en desinformación o en la práctica sesgada de la información y manipulación pública (tal como vamos conociendo).

En las últimas elecciones estadounidenses quedaron en el aire demasiados interrogantes, demasiadas cuestiones sin aclarar, demasiados intereses dispuestos a todo (“el fin justifica los medios”) con tal de apoderarse del poder perdido. Según el periodista Larry Johnson:Los documentos en poder de Trump, muestran que hubo un esfuerzo coordinado de la CIA, el FBI y el Departamento de Defensa a partir del verano de 2015 para interferir en las elecciones presidenciales de 2016 en favor de Hillary Clinton”. Transcurrido ya un tiempo suficiente, el americano común (no las élites oligárquicas de siempre) ya sabe a qué atenerse con respecto a la cuestión de esa “democracia en América” que Tocqueville supo analizar y advertir en su deriva hacia un “despotismo democrático” basado en la cantidad más que en la calidad democrática real de un sistema político.

“Watergates” con diferentes nombres están en las agendas de casi todos los sistemas políticos, con la complicidad de quienes precisamente deberían velar por evitarlos, denunciarlos o condenarlos. En unos casos se justifican con esas abstrusas “razones de estado”, en otros por ser materia reservada o de “seguridad nacional”, en otros por el simple hecho de “no pisar la manguera del compañero”… en todos ellos lo que de verdad queda al margen es el pueblo soberano ajeno a estos manejos y utilizado a conveniencia.

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