Estado de Guerra Fría

Por
— P U B L I C I D A D —

La OTAN nació para hacer frente a Rusia y hoy, setenta años más tarde, vuelve a designar a Rusia como su principal y más inmediata amenaza. Pareciera que no hubieran pasado tanto tiempo y tantas cosas desde que la denominada Guerra Fría se saldara con la derrota de la Unión Soviética y el derrumbamiento de su sistema comunista. Cuando algunos se apresuraron a declarar el fin de la Historia e incluso la inutilidad de mantener Ejércitos y ministerios de Defensa, ahora resulta que asistimos a un fuerte rearme, a la presencia reforzada de tropas permanentes en el este de Europa, a una atención y vigilancia acrecentadas sobre el flanco sur, o sea África, y sobre todo a un escrutinio permanente sobre China, calificada de “amenaza sistémica a largo plazo”, según el nuevo Concepto Estratégico acordado en Madrid. 

Por mucho que la propaganda de Moscú y las advertencias de Pekín quieran presentar a la OTAN como la organización culpable de esta escalada de la tensión a nivel planetario, las evidencias no dejan lugar a dudas: hay un agresor que es la Rusia del presidente Vladímir Putin como hay una China que no oculta sus maniobras para dominar y ocupar el espacio y subsuelo marítimo que comparte con Taiwán, Malasia, Vietnam y Filipinas, además del dominio y control de la ruta que tiene en el estrecho de Malaca uno de los cuellos de botella más calientes del mundo. 

La cumbre de la OTAN de Madrid ha dado un giro radical a su política de apaciguamiento y mano tendida a Rusia, que ha querido ver en la voluntad soberana de sus antiguos países satélites una amenaza existencial. El problema para Moscú es que desde Helsinki a Bucarest los países antiguamente sometidos a la bota imperialista rusa ya están escarmentados y pueden comparar el modelo de represión de libertades de Rusia, sea bajo los zares o bajo dictadores estalinistas, breznevianos o putinescos, y el que les ofrece un Occidente que, con todos sus defectos, permite como ningún otro sistema el desarrollo y el progreso individual y colectivo en una verdadera democracia, imperfecta si se quiere, pero muy superior al presunto atractivo de la eficacia en los resultados que pretenden ofertar Rusia o China.

Las medidas y anuncios efectuados en la decisiva reunión de Madrid constatan que, mientras los misiles rusos destruyen sistemáticamente Ucrania, ha estallado una Guerra Fría de la que brotarán abscesos intensos y calientes en cualquier parte del planeta, en definitiva, tal y como sucediera con la anterior edición de la Guerra Fría (1949-1991). Y, por supuesto, que los treinta actuales miembros de la OTAN, a los que se unirán Suecia y Finlandia, están dispuestos a disputarla. 

El presidente de Estados Unidos, en este caso el demócrata Joe Biden, ha vuelto a erigirse en líder del mundo que representa la OTAN, con su civilización y valores, aún a pesar de que a menudo sea necesario llamar al orden a miembros cuyo comportamiento se sale de tales parámetros, como por ejemplo Hungría y aún más Turquía. 

El reforzamiento de la presencia y capacidades militares norteamericanas en España, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, el Reino Unido, Alemania e Italia, denotan la envergadura del envite. Solo en lo que va de año, Estados Unidos ha desplegado ya 20.000 militares suplementarios en Europa, “para reforzar nuestra capacidad de respuesta a las iniciativas agresivas de Rusia”, lo que se traduce ya en 100.000 efectivos norteamericanos estacionados permanentemente en suelo europeo. Aumentar, además de 4 a 6, los destructores basados en Rota, e instalar un cuartel general permanente en Polonia para el 5º Cuerpo del Ejército americano, constituyen una advertencia muy seria a Moscú de que nadie le va a dejar las manos libres para que imponga su dictado en la Vieja Europa. 

También, conforme a las amenazas denunciadas por España especialmente, respecto del uso de los movimientos migratorios con fines terroristas y desestabilizadores, la OTAN reforzará la cooperación y la ayuda a Marruecos y Mauritania, y prestará especial atención a que la delincuencia organizada internacional, cobijada bajo el yihadismo, se adueñe del norte de África y Oriente Medio. 

La Guerra Fría que ya se está disputando, al igual que en la pasada edición, tiene también la amenaza nuclear pendiendo sobre nuestras cabezas. Esa amenaza persistirá de manera perentoria en tanto en cuanto no se resuelva la de Ucrania, y el presidente Putin pueda creerse tan acorralado como para desencadenar un holocausto. La disuasión de utilizar tales armas, resuelta en el pasado gracias al convencimiento de que pulsar el botón nuclear era asegurarse la mutua destrucción, exigirá una atención especial para que nadie a un lado y a otro tenga un pronto de locura. 

Y, en fin, como también sucediera en la pasada edición de la Guerra Fría, vamos a asistir en ésta a una desaforada carrera de armamentos, y al desarrollo acelerado de nuevas e inéditas capacidades para la guerra espacial y cibernética. Como punto de partida, la OTAN se encuentra con uno de los mayores respaldos de todos los tiempos de su opinión pública a esta estrategia de rearme y defensa frente a sus grandes amenazas. Esa misma opinión pública se pondrá a prueba también muy pronto cuando haya que afrontar las penurias, escaseces y calamidades de un conflicto que tiene todas las trazas de ir para largo.  Y, sin duda alguna, habrá que intensificar la labor de persuasión para ayudar a que tal opinión pública no flaquee a la menor dificultad, y sea consciente de que la libertad y la democracia no son gratis y precisan de no pocos esfuerzos y algunos sacrificios. 

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