Carencias europeas en defensa

Política Exterior y de Defensa para una Europa más fuerte (III)*

UNA EUROPA MÁS FUERTE - CAPÍTULO 3
Carlos Miranda
Carlos Alonso Miranda y Elío, V conde de Casa Miranda, es un diplomático español Licenciado en Derecho, que fue Embajador de España en el Reino Unido desde julio de 2004 hasta 2008 y Embajador Representante Permanente de España en el Consejo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde julio de 2008 hasta su cese en febrero del 2012.
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Con presupuestos por valor de casi 200.000 millones de euros en 2011, el gasto de defensa de los Estados miembros de la UE fue entonces superior al de China, Rusia y Japón juntos, señalan, aparentemente, estadísticas fiables.[] En cuanto a la industria armamentística, esta representa un sector de primer orden en muchos Estados miembros. Con un volumen de negocios de casi 100.000 millones de euros en 2012, 400 000 puestos de trabajo directos y 960 000 indirectos, se trata de un factor importante de la competitividad industrial europea. La Agencia Europea de Defensa contribuye al desarrollo de esta industria.  La contratación pública concertada para proyectos militares en la UE representa un 25% del total de los contratos públicos de defensa. El restante 75% se lleva a cabo a nivel nacional, lo que genera duplicidades y propicia incompatibilidad en los sistemas.

Sin embargo, y sin restar importancia a la cuestión industrial que tiene un valor estratégico importante, entre otros motivos porque disponer de sistemas de armamento oriundos de Europa incrementa su autonomía estratégica, estas líneas se van a concentrar más en la cuestión político-estratégica de una Defensa Europea, aspiración que está en boca de todos cuanto tratan la temática de dicha autonomía estratégica. La realidad, sin embargo, dista mucho de las aspiraciones por diversas razones, todas ellas manejables, pero entre las cuales se encuentran también las aspiraciones de fondo de su pertenencia a la Unión por parte de las naciones que la componen.

En este sentido, es evidente que el espíritu que anima a la pertenencia comunitaria no es la misma por parte de todos sus miembros. Así, se podría aventurar que el ánimo español ha sido, y sigue siendo, el de reintegrarnos en el seno de una Europa de la que hemos estado ausentes, por diversas causas, desde la época de las guerras napoleónicas hasta el fin de la dictadura franquista. Nuestra supervivencia democrática lo exige, así como nuestro bienestar económico. En Francia, algunos ven, además, la necesidad, por un lado, de establecer una convivencia común pacífica con Alemania, su gran enemigo histórico, sobre todo durante la primera mitad del siglo XX, y, por otro lado, el afán de extender a una dimensión superior la propia política exterior francesa para promocionar, lógica y legítimamente, sus propios intereses. Ello no obsta para que esos objetivos puedan ser también interesantes para otros socios comunitarios menos fuertes o menos imaginativos … Las aventuras aeronáuticas o espaciales pueden entrar en esta categoría y no por servir, aparentemente, intereses franceses se puede argumentar que sean contrarios a los europeos globalmente o a los de Estados participantes en estas empresas.

Alemania vio en los Tratados de Roma la forma de volver con dignidad al concierto europeo e internacional además de afianzar la paz tras dos guerras cuyos resultados le resultaron catastróficos. Dicho esto, su creciente pujanza económica y su atribuida seriedad le han situado entre aquellos miembros que exigen un rigor económico-presupuestario que, entienden, no han seguido siempre otros miembros de la UE menos exitosos por no decir más menesterosos. Para los componentes del Benelux, que siempre pagaron la factura de las disputas militares franco-alemanas, la UE es una garantía de su supervivencia y de su individualidad. Para Italia, derrotada en la segunda guerra mundial, al igual que Alemania, los Tratados de Roma significaron su reinserción entre los países victoriosos.

Sin embargo, como hemos visto con el Reino Unido, otros países han tenido otro tipo de aspiraciones al ingresar en la Unión. Londres quería controlar el nuevo Imperio continental y ha acabado por renunciar a ello en función, cree, de sus propios intereses. Sin embargo, a los efectos de estas líneas, más interés tiene constatar que muchos países del Este, cercanos a Rusia e, incluso, víctimas de la misma, disocian claramente las ventajas económicas de su pertenencia a la UE, donde, por otra parte, algunos se resisten, en buena medida, a armonizarse plenamente con la Europa Occidental fundadora de la Unión, de la cuestión de su propia defensa que asocian estrecha y comprensiblemente a los EEUU y a la OTAN. Rusia y sus malos recuerdos les resultan demasiado obsesivos y recientes.

Estas consideraciones vienen a cuento de que, para esos países su defensa por parte de la OTAN es una realidad que no quieren reducir frente a un proyecto de una defensa europea, sin duda necesario, pero, solo un proyecto. Al igual que el cangrejo peregrino, no quieren abandonar la concha que les protege antes de tener asegurada en su inmediatez la sustituta.

Tampoco se trata, estableciendo una Defensa Europea, de suprimir la OTAN, elemento fundamental del vínculo transatlántico. Se trata de compatibilizar la Alianza Atlántica con una Europa más fuerte colectivamente en materia de defensa y que pueda operar como tal fuera de la Alianza y, porque no, asimismo como tal organización político-militar europea en su seno. Por otra parte, mal haría la UE en no desarrollar gradualmente sus propios medios colectivos de defensa, pues tampoco podemos ponernos gratuita y totalmente en manos ajenas. Además, una Europa más asertiva en materia de defensa será un plus no solo para sí misma sino, también, para la propia Alianza Atlántica.

En eso está la UE que lleva años aunándose en materia de defensa sin ánimo, aparte de algunos soñadores, de establecer una defensa alternativa a la OTAN “for the forseable future”, como dirían en inglés, para un futuro previsible, en español. Las cuestiones estratégico-militares, que son eminentemente políticas, suscitan tanto la necesidad de órganos políticos de consulta y decisión cómo de órganos militares comunes de ejecución. El modelo OTAN lo tiene bastante resuelto y los europeos debieran de encaminarse hacia el mismo a pesar de que ello pueda implicar algunas duplicaciones con organismos militares aliados integrados.

Es todo ello una cuestión delicada y difícil, pero que también pone de relieve que la profundización de la UE esta interconectada en todas sus vertientes. En efecto, ¿hasta dónde puede profundizarse en la Defensa Europea sin unas integraciones previas en materia política, económica o fiscal? La respuesta no es fácil porque en realidad la UE se construye progresando a la vez en sus diferentes frentes de integración, aunque de forma, aparentemente, desordenada. La Unión avanza como un mil patas, dando pasos aparentemente descoordinados, pero relacionados en todos sus diferentes registros o, al menos, eso desearíamos porque el grafismo de la comparación muestra como “el todo” avanza, sin perjuicio de que la lentitud pueda antojarse como excesiva.

         Si la Unión progresa por capas diversas, pragmáticamente solo podemos valorar positivamente los avances que se puedan hacer en una faceta o en otra por cuanto las iniciativas, inicialmente colectiva o individuales, abren el debate y permiten ajustar nuevos objetivos dentro de un marco posibilista, aunque pueda parecer -y serlo- lento. De esta manera, con estas líneas, se pretende entrar en una cuestión delicada y complicada pero fundamental para que la Unión pueda acabar disponiendo de una mayor autonomía estratégica.


* Tercer capítulo del artículo publicado en el libro del Movimiento Europeo Español “El debate ciudadano en la Conferencia sobre el futuro de Europa: A los 70 años de la Declaración Schuman” (4 de mayo 2020)

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