¿Requiem por la democracia?

¿Requiem por la democracia?
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— P U B L I C I D A D —

Un conocido poema de la uruguaya Idea Vilariño dice: “Aquel amor que toqué con la punta de mis dedos, que dejé, que arrastré, que olvidé… ahora en tristes líneas que se caen de un cajón…”

Parafraseando el poema hoy podríamos decir: “Aquella democracia que tocamos con la punta de los dedos, que dejamos, que arrastramos, que olvidamos… ahora en unas tristes líneas encerradas en el cajón de lo que no pudo ser…” Aquellas ilusiones perdidas, aquel proyecto de convivencia en paz y en armonía que llamamos “Transición”, lo hemos arrastrado por el lodo y olvidado en algún cajón de la Historia.

No solo nosotros, en gran parte de los países del mundo, resurgen los sistemas totalitarios que antes parecían execrables y ahora parecen ser el “patrón” que se ha elegido para las generaciones futuras de la Humanidad. El poder impuesto por la fuerza del dinero y la codicia de una sociedad materialista, sin principios, sin valores, ha capturado sin apenas resistencia, bajo consignas y teorías vacuas o fraudulentas, el futuro de una civilización caduca y cobarde que parece haber entonado su propio “réquiem” final por el sueño democrático que, durante un poco tiempo (demasiado escaso) “tocamos con la punta de los dedos”.

La soberanía del pueblo “de la que emanan los poderes del estado”, es ya parte de esa obsolescencia programada por las élites mundiales y ejecutada por las políticas serviles, por sus órganos institucionales y por esos supuestos servidores de los estados, vendidos o capturados ideológicamente por dogmas y religiones abstrusas, con toda su parafernalia de liturgias surrealistas y “agendas” de ciencia ficción.

A lo largo de la Historia, hemos conocido iniciativas “salvadoras” del mundo en diferentes formas. A ellas concurren los liderazgos de todo tipo, sean reales o sean imaginarios o artificiosos surgidos del dinero, muy en línea con ese conocido pensamiento de que “el éxito en la vida mundana es la prueba de que se está entre los justos o elegidos de Dios”. Esto justificaría los medios elegidos para conseguir el poder, por muy inconfesables o inmorales que fuesen.

Hace unos días tan solo, el fundador y presidente ejecutivo del Fondo Económico Mundial (FEM, más conocido como “Foro de Davos”) anunciaba algunas previsiones para el futuro del mundo desde su tribuna internacional, en las que se desprenden advertencias terribles (o que intentan serlo) en las llamadas “agendas” a corto, medio y largo plazo. Previsiones apocalípticas que otros foros más o menos parecidos ya venían anunciando desde mitad del siglo pasado (afortunadamente fallidas) siguiendo la línea de los profetas bíblicos o del propio Nostradamus. En este caso lo primero es el “slogan”, la “idea fuerza” (“Great Reset”), que justifique la destrucción de las sociedades humanas para “salvar al Planeta”.

Lo más grave es que ésta nueva plutocracia ideológica, oligárquica y muy rica, ha decidido apostar por un mundo globalizado, gobernado por multinacionales, gobiernos (títeres) y organizaciones selectas vendidas al mejor postor. Sus intentos se ramifican en amplias y extensas redes científicas y mediáticas, que penden de los hilos manejados por esos “Poderes salvajes: La crisis de la democracia constitucional” de Luigi Ferrajoli (a los que tantas veces nos hemos referido) a través de la “Propaganda”, el manual del publicista Edward Bernays para “la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas”, seguido fielmente por todos los totalitarios que en el mundo han sido y son en la actualidad. “El control político de la información y de los medios de comunicación, sobre todo televisivos…” (Ferrajoli) es, desde hace tiempo, la vía de adoctrinamiento social y político al servicio del poder.

“Está en curso un proceso de deconstitucionalización del sistema político…” (dice Ferrajoli). “Su aspecto más grave es la aquiescencia pasiva de la sociedad a las violaciones de la letra y el espíritu de la Constitución, lo que ha dado lugar a una forma de democracia plebiscitaria fundada en la pretensión de la omnipotencia de la mayoría, donde el consenso popular, sería la única legitimación del poder político y de sus abusos, para deslegitimar críticas y controles”.

La democracia constitucional o reglas de convivencia establecidas por los ciudadanos, han sido sustituidas hábil y progresivamente, por “trampantojos” que pretenden mantener la imagen de sistemas democráticos, pero que en realidad están monitorizados, tutelados y controlados desde poderes ajenos a la vida, tradiciones, cultura, valores y principios obtenidos tras siglos y milenios de evolución y organización de las sociedades del mundo con un objetivo común: la sustitución del poder absoluto por un poder colectivo surgido del consenso y el acuerdo leales, plasmado en las constituciones nacionales.

La nuestra más reciente de 1978 trató de ser un ejemplo de reconciliación y respeto del pluralismo lógico y diverso de los españoles. Hoy, tras haberse violado y modificado sin otro control que el jurisdiccional (siguiendo el modelo de Kelsen), habiéndose anulado de partida cualquier control legislativo con el llamado “recurso previo de inconstitucionalidad” deja en el aire y en vigor los vicios, arbitrariedades y agresiones a nuestra Carta Magna, al caer el poder judicial en manos de los intereses particulares de los partidos políticos y obviando a la soberanía proclamada en su artº 1º.2.

El Parlamento o legislativo puesto al servicio del ejecutivo, ya es de por sí grave. Que el mundo judicial, única garantía de los derechos fundamentales claudique también, es la gota que colma el vaso del poder absoluto de los gobiernos y del “Derecho ilegítimo” (“Derecho de autor”), sobre el que se sustentan al “desvanecerse la soberanía que pertenece al pueblo y a nadie más, ya que ni asamblea representativa, ni presidente electo, puede apropiarse de ella” (Ferrajoli). Una soberanía que según Rousseau “no puede ser representada, por la misma razón de que no puede ser enajenada”. Menos todavía cuando es el resultado de listas cerradas, mandatos imperativos de los partidos y un valor de voto diferente para los ciudadanos del Estado.

La situación requiere una profunda reflexión sobre la deriva extravagante y suicida del sistema democrático en el mundo, Sobre todo en el Occidental que ha venido presumiendo del liderazgo democrático mundial, donde suenan ya desde hace tiempo las notas de un “Réquiem”.

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