
«Cuando la libertad estalla en el alma de un hombre, los dioses ya nada pueden contra este hombre».
Las moscas.- Jean Paul Sartre
La frase pertenece a la obra teatral de Sartre, con un diálogo entre Júpiter (dios) y Egisto (rey) en la cual el primero dice:
Jupiter: Somos iguales porque te he hecho a mi imagen y semejanza. Un rey es un dios en la Tierra. Los dos hacen reinar el orden…..tú en Argos, yo e el mundo y, el mismo secreto, compartimos.
Egisto: Yo no tengo ningún secreto…
Júpiter: Sí, el mismo que yo. El secreto compartido entre dioses y reyes: que los hombres son libres. Tú lo sabes, ellos no.
Egisto: Si lo supieran incendiarían mi palacio. Hace quince años que hago teatro para disfrazar su poder… Es preciso fulminar a Orestes…
Júpiter: Egisto, los dioses tienen otro secreto: Cuando la libertad estalla en el alma de los hombres, los dioses no pueden hacer nada contra ellos.
Sobre el concepto ”libertad” se ha oído, se ha escrito, se la ha analizado en su profundo significado, desde la Teología a la Filosofía. Hace poco recordábamos a Fromm y su “Miedo a la libertad” entre tantos ensayos, tesis, e incluso películas como la del título, basada en hechos reales, que ocupó los primeros puestos en países como Méjico, Colombia o Perú. Está en la Declaración de los Derechos Humanos y todos dicen luchar por ella, pero…. nadie la conoce, ni la experimenta porque, al mismo tiempo, hemos creado cadenas para evitarla: el Derecho. Sobre todo el Estado de Derecho injusto o ilegítimo.
En el diálogo entre Júpiter y Egisto encarnando dos tipos de poder (divino y humano), el dios reconoce como un secreto a guardar entre ambos, su enorme impotencia cuando los hombres llegan a conocer ese “sonido de libertad” en sus almas.
¿Cuales son los motivos de que ese impulso, esa enorme fuerza libre no se potencie y arrase el poder de los dioses y reyes, aceptando sumisamente sus leyes? Simplemente que desconocen el enorme poder de su libertad, porque a los sistemas establecidos no les conviene. Es más fácil y cómodo aceptar colectivamente la singularidad e incluso la divinidad del poder, porque eso les evita tener que responsabilizarse del mismo. Al final siempre queda flotando el “¿libertad…? ¿para qué?…” de Lennin o el “no tendréis nada, pero seréis felices…” de otro totalitario.
Estas reflexiones surgen de la realidad social (con excepciones) puesta de perfil ante una realidad incómoda: el desconocimiento de su propio poder cuando tiene el alma llena de libertad y, en consecuencia el miedo al mismo y su encadenamiento a normas para mantener un orden predeterminado por el poder de dioses y reyes, lo que le transmite (o así lo cree) certidumbre y seguridad.
Reinos, imperios, culturas y civilizaciones se han construido no para la libertad de las personas, sino para encubrir el miedo de los dioses y reyes a la misma. Un miedo que provoca la teatralización de comportamientos e imágenes que proceden del imaginario colectivo: los dioses y los reyes tienen una superioridad y sabiduría superior al resto de los humanos. Por ello deben respetarse sus decisiones y actos. Porque se encaminan al bien común.
Miles de años de creación y mantenimiento de ese imaginario, fueron trasladados al mundo moderno a través de reverencia, obediencia, ritual y sumisión de los muchos y de la teatral representación de unos pocos. De nada sirvieron principios de igualdad por muy institucionalizada que fuera o el mudo trampantojo en que se escondiera. Los hombres, las sociedades y las culturas seguirían ignorando no sólo su libertad, sino otros tipos de vida que ésta les permitiera.
La libertad empieza en el pensamiento, en el raciocinio, en el discernimiento y sigue en la comunicación del mismo, pero… “para poder pensar libremente, hay que estar seguro de que lo que se escribe (o se habla), no tiene importancia” (Ernest Renan). Es decir, tener en cuenta las consecuencias de nuestro pensamiento u opinión, podría condicionar la libertad de pensar, decir o actuar. Impediría de facto nuestra libertad por autocensura.
Por eso, para muchos, es preferible no pensar, no decir y no actuar. Así se evitan la responsabilidad y la carga de hacerlo. Se convierten en meros convidados de piedra que ni sienten, ni padecen (salvo que convenga parecerlo), más atentos a la representación teatral donde hacen de simples comparsas del guión que los dioses y reyes les han preparado, mientras siguen embobados el desarrollo de la farsa, con sus disfraces respectivos y su aparente ignorancia de que, si ellos quisieran, podrían cambiar los papeles y los personajes.
La soberanía real nace de la libertad o libertades reales. Por eso, la gran parte de los “constructos” sociales, institucionales o económicos, son meros andamiajes teatrales, nacidos de la ficción imaginaria de su importancia por medio de los rituales mediáticos correspondientes. Los “sistemas” de poder no garantizan los resultados (como se viene observando), sino tienen una sola y casi exclusiva función: la creación de personajes, jerarquizarlos, mitificarlos y en su caso, adorarlos porque así viene en el guión.
Por muy complejas que sean las sociedades en su estructura y organización, ninguna ha nacido de la voluntad libre de sus componentes, sino del interés de quienes las han creado a su conveniencia. La pirámide colocará siempre en su cumbre a los “dioses” (por muy artificiosos que sean) y a los “reyes” (por muy desnudos que aparezcan), sobre una base de personajes que las masas han convertido en ídolos y a los que se han entregado vidas y haciendas para que la libertad individual y social que pueda anidar en sus almas, no se manifieste, no se visualice, no se exprese, si no es desde la corrección, la mesura y la santa resignación de quienes siempre piensan “podría ser peor”, mientras recogen unas pocas migas del gran banquete de los dioses y de los reyes. La libertad escondida, no es libertad.













