
No hace falta instaurar una dictadura para cargarse al talento. Hoy basta con una sonrisa falsa y un “¡qué idea tan interesante!” justo antes de archivar tu propuesta en el cajón de los olvidos eternos. ¿Un comité neutral? Por supuesto… tan neutral como una reunión de cuñados hablando de política. Y esa política de empresa “inclusiva” es tan sincera como un correo de phishing con emojis.
En esta era moderna, los cuchillos no se sacan: se camuflan con coaching, dinámicas de equipo y frases motivacionales en la pared. El objetivo sigue siendo el mismo: que no sobresalgas. Porque pensar mucho es sospechoso, cuestionar es de conflictivos, y salirse del molde… bueno, eso es “falta de encaje cultural”. El castigo ya no es la cárcel: es convertirte en un holograma que nadie saluda en el pasillo. Ostracismo premium, con acceso a café gratis y newsletter motivacional.
Nos han vendido que estamos en la era de la meritocracia y la innovación. Claro que sí. Innova todo lo que quieras… siempre que no pongas incómodo al que lleva corbata. Sé brillante, pero no demasiado, no vaya a ser que alguien necesite gafas de sol. Piensa, pero mejor que coincidas con la visión corporativa. Porque lo que de verdad se premia no es el talento, sino la habilidad de asentir con entusiasmo mientras se te duerme el alma. Heródoto estaría encantado. Si Trasíbulo viviera hoy, no tendría que ensuciarse las manos cortando espigas altas —para eso ya tenemos protocolos, comités y políticas de recursos humanos bien pulidos. La poda selectiva del talento se ha sofisticado, ahora se hace con correos amables, gráficos de inclusión y frases tipo “no encajas en la cultura de equipo”.
Y no, no es exageración. Hoy, en nombre del sacrosanto “consenso”, se despide cordialmente a cualquiera que diga algo distinto. En nombre de la “diversidad”, se celebra una fila de clones perfectamente alineados. Y en nombre del “bienestar colectivo”, cualquier pensamiento incómodo es rápidamente amortajado con una sonrisa institucional y un formulario de satisfacción. Si esto no es evolución del poder, ya me dirás qué lo es.
Vivimos tiempos elegantes, solo hay que atenerse al manual de ultima generación para la aniquilación del genio (sin dejar manchas en la alfombra) ya no hay que quemar libros ni desterrar filósofos. Eso es tan siglo XX. Hoy, el sistema ha perfeccionado el arte de la anulación higiénica: basta con sonreír mucho, organizar comités con nombres inclusivos y repetir palabras como “cohesión” y “alineamiento” hasta vaciarlas de sentido. ¿Exceso de inteligencia? Se corrige con talleres de liderazgo emocional. ¿Ideas incómodas? Se diluyen con post-its de colores y dinámicas de grupo en las que el objetivo es no decir nada que pueda levantar una ceja. Y si alguien insiste en pensar por cuenta propia, se le aísla con frases como “tiene dificultades para integrarse” o “no entiende la visión estratégica” —la guillotina suave del siglo XXI.
Esto ocurre en todos lados; política, universidad, medios, arte, empresas. La mediocridad ya no se impone, se disfraza de consenso. Lo brillante asusta, lo impredecible molesta, la genialidad incomoda. Así que mejor decorar el escaparate con diversidad de todo… menos de pensamiento. Que se vea bonito, eso sí.
Y no hace falta represión, alcanza con un ambiente donde hacer preguntas sea de mal gusto, tener ideas propias sea arrogante y notar errores, una traición al equipo. El lema no escrito es claro: brilla, pero que no se note; piensa, pero sin pensar demasiado; y sobre todo: no hagas olas, que aquí lo importante es remar todos al mismo ritmo… hacia ninguna parte.
¿Y cómo acaba toda esta ópera de buenas intenciones? Pues, en una sociedad donde la excelencia se pone freno solita —no vaya a ser que moleste—, la crítica se convierte en decoración y la mediocridad se maquilla con buenos modales institucionales. Un mundo ideal donde los discursos son tan impecables como vacíos, la creatividad es bienvenida… siempre que no cambie nada, y el “progreso” es una elegante coreografía cuyo único objetivo es no pisar a nadie en la pista.
Pero no, no estamos ante un simple desliz cultural. Esto ya es rendición firmada y sellada con lacre. Cada vez que alguien piensa por su cuenta y recibe como premio un bonito silencio administrativo, no estamos “manteniendo la armonía”: estamos tapando con terciopelo el cadáver de la evolución. ¿Queremos de verdad una sociedad tan domada, tan perfectamente educada, que termine siendo incapaz de inventar algo que no venga con un manual de instrucciones preaprobadas?
Porque, a estas alturas, parecería que el caos es el nuevo monstruo del armario. Mejor inmóviles, pero bien presentables, que incómodos y creativos. Total, ¿quién necesita avance si podemos tener protocolos, informes, y reuniones donde no pasa nada pero todos están “alineados”? El verdadero progreso, ese sí que da miedo, hace ruido, incomoda, y encima no pide permiso.
Hoy en día, la gente va a votar cada cuatro años, se toma una selfie con el dedo entintado (o su equivalente moderno) y vuelve a casa convencida de que acaba de protagonizar un hito democrático. Libertad política total, faltaría más. ¿Para qué cuestionar el sistema, si te dejan elegir entre distintos logos que dicen exactamente lo mismo con colores distintos?
Los expertos, siempre exagerados, hablan de “rasgos autoritarios” en nuestro modelo político. ¡Por favor! ¿Dónde ven eso? ¿Será en esa tierna costumbre de elevar a cargos públicos a perfiles cuidadosamente mediocres? No por odio a lo brillante, claro, sino porque la mediocridad es predecible, y eso da mucha tranquilidad a los de arriba.
Y qué decir de ese concepto tan elegante “partidocracia”. Qué manera tan sofisticada de decir “todo es lo mismo con diferente envoltorio”. Aquí no hay un único partido, no, hay una coreografía de siglas que bailan al son de unas reglas trucadas, como si fueran rivales de cara al público, pero hermanos si miras entre bastidores. Claro, en los viejos regímenes totalitarios todo era más descarado —uniformes, consignas, desfiles. En cambio, hoy presumimos de diversidad: unos con corbata roja, otros con pañuelo morado, pero todos leyendo del mismo guion. Es una fiesta de pluralismo… estético.
¿Y cómo se mantiene esta farsa? Fácil: con medios que repiten el mismo mensaje desde ángulos diferentes, y un sistema educativo que enseña a pensar críticamente… siempre y cuando las conclusiones no molesten a nadie. El resultado: una ciudadanía que cree que piensa libremente, mientras repite con entusiasmo las frases que alguien ya aprobó por ellos.
Veamos algunas reflexiones sobre tiranía, virtud y mediocridad en Heródoto a través del pensamiento de algunos de los filósofos y pensadores más reconocidos en teoría política:
En Ética a Nicómaco, Aristóteles sostiene que el ser humano es político por naturaleza y que solo en comunidad puede alcanzar la vida buena, basada en la virtud y el bien común. Participar activamente en lo público no es opcional, sino esencial. La tiranía, al centrarse en el interés del gobernante, corrompe este ideal y rompe el equilibrio entre lo individual y lo colectivo.
Rousseau sostiene en El contrato social que el ser humano nace libre, pero la sociedad lo encadena. La libertad política, dice, requiere participación activa y alinearse con la voluntad general. La tiranía convierte al ciudadano en un súbdito pasivo, y sugiere que la falta de virtud cívica degrada la política a simple servidumbre.
Hannah Arendt, en sus obras «Los orígenes del totalitarismo» y «La condición humana», sostiene que los regímenes autoritarios no solo se imponen por la fuerza, sino también gracias a la pasividad y obediencia ciudadana. Enfatiza que la indiferencia ante la injusticia facilita la tiranía, pues el silencio y la falta de acción de la sociedad permiten que esta se mantenga y se normalice.
Desde otra perspectiva, Michel Foucault señala que, en las sociedades modernas, el poder actúa de forma sutil mediante “dispositivos de normalización”, mecanismos que imponen normas y expectativas para moldear conductas y pensamientos, promoviendo la conformidad y limitando la diversidad.
La tiranía ya no se limita al uso de la fuerza; también opera de forma sutil, incluso en democracias. Este ensayo sostiene que cualquier forma de tiranía reprime la excelencia y el pensamiento crítico, porque incomodan al poder.
Cuando el poder tiene miedo de la excelencia, la solución es simple: llamarla “incómoda” y ponerla en observación. La tiranía moderna no grita ni golpea, prefiere susurrar desde formularios, protocolos y frases como “no encajas en el perfil”. Aquí no hace falta dictador: basta una cultura que aplauda al dócil, archive al brillante y premie la obediencia como si fuera virtud. Ya lo decía Foucault, aunque no tan adornado: el control hoy viene disfrazado de normalidad.
En estos ambientes tan “civilizados”, la virtud estorba. Lo que se premia es ser dócil, encajar sin ruido y repetir el guion con buena letra. Pensar por uno mismo es casi un acto subversivo, y destacar… bueno, mejor no tentar al destino.
La mediocridad no es un accidente, es una política de seguridad. Y ejercer el pensamiento crítico ya no es solo un lujo intelectual, es resistencia pura. Porque hoy, el verdadero escándalo no es romper las reglas… es atreverse a pensar sin pedir permiso.
















Magnífico artículo que suscribo en su totalidad.
Un saludo.