El precio de destacar en sistemas que prefieren lo uniforme (I)

«Las tiranías, al concentrar el poder en una sola figura o élite, eliminan la crítica, sofocan la iniciativa y premian la lealtad por encima del talento. Este entorno castiga la excelencia independiente y eleva la obediencia ciega, creando así un sistema donde la mediocridad no solo sobrevive, sino que es requisito para ascender»

Trasíbulo y el emisario de Periando en Mileto
Jesús de Dios Rodríguez
Por
— P U B L I C I D A D —

A menudo se ensalza el legado grecolatino como la raíz principal de la cultura europea y mediterránea. Sin embargo, este reconocimiento suele quedarse en un gesto superficial, una reverencia simbólica más dirigida a los textos consagrados y a los rituales académicos que a una auténtica valoración del espíritu vivo que animó a aquellos pueblos antiguos. En lugar de una verdadera admiración hacia los pensadores, artistas y ciudadanos que forjaron una nueva manera de comprender el mundo, nos limitamos a repetir sus palabras como fórmulas vacías, sin cuestionarnos su sentido ni apropiarnos de su impulso transformador.

Hace unos dos mil quinientos años, en las costas luminosas del Mediterráneo oriental, las ciudades helénicas protagonizaron un despertar sin precedentes en lo cultural, lo político y lo filosófico. Frente al avance imponente del Imperio Persa, cuya estructura autoritaria amenazaba con sofocar la individualidad, los griegos no solo alzaron las armas: alzaron también el pensamiento. De aquel pulso entre la expansión y la libertad nació una profunda desconfianza hacia la tiranía, percibida no solo como un régimen, sino como una sombra que asfixia la dignidad humana y descompone la armonía social. Para ellos, resistir era más que sobrevivir: era afirmar el derecho a ser libres, a pensar sin cadenas, a construir una polis donde el alma del ciudadano valiera tanto como sus muros.

El legendario amor por la libertad de la antigua Grecia parece haberse esfumado entre burocracias, pantallas y cafés con leche. Hoy, en buena parte de Europa y del Mediterráneo, la indignación ha sido sustituida por una cómoda modorra cívica: se acepta la poda de derechos con una sonrisa, siempre que haya Wi-Fi y horarios estables.

El legado griego ya no es inspiración, sino decorado: lo sacamos a pasear en discursos solemnes, lo mencionamos en conferencias con PowerPoint… y luego lo metemos de nuevo al cajón, no vaya a ser que nos pida coherencia. Así, más que herederos de una cultura viva, parecemos guías de museo que repiten el guion sin atreverse a preguntar quién lo escribió.

Numerosos pensadores de la antigüedad —entre ellos historiadores, oradores y filósofos— compartían una crítica firme hacia los sistemas políticos que apartaban al ciudadano libre de los asuntos públicos. En la visión griega, implicarse activamente en la vida de la polis no era un privilegio, sino una obligación esencial del individuo. Uno de los testimonios más emblemáticos es el de Heródoto, célebre como el “padre de la historia”, quien en el libro V de sus Historias narra un episodio que ha perdurado como símbolo de la corrupción inherente al poder tiránico.

El fragmento que se presenta a continuación invita a reflexionar sobre cómo, a pesar de haber sido escrito hace más de dos mil años, conserva una vigencia inquietante en nuestra realidad contemporánea.

«Cipselo se convirtió en gobernante de Corinto, instaurando una tiranía bajo la cual exilió a muchos ciudadanos, les confiscó sus bienes e incluso les quitó la vida. Gobernó durante treinta años y, pese a su crueldad, murió tranquilamente en su cama. Tras su muerte, el poder pasó a su hijo Periandro, quien al principio parecía más amable y moderado que su padre. Sin embargo, luego de consultar con Trasíbulo, el tirano de Mileto, Periandro terminó siendo aún más cruel.

La historia cuenta que Periandro envió un emisario a Mileto con el encargo de preguntarle a Trasíbulo cómo podía asegurar su dominio y gobernar mejor su estado. Trasíbulo no respondió con palabras. En lugar de eso, llevó al mensajero a dar un paseo por un campo sembrado. Mientras caminaban, Trasíbulo fue cortando sin decir nada todas las espigas que sobresalían sobre las demás, una a una, hasta que el campo quedó nivelado.

El emisario, confundido, regresó a Corinto diciendo que Trasíbulo no le había dado respuesta y que parecía estar loco por destruir su propio cultivo sin motivo aparente. Pero Periandro entendió inmediatamente el mensaje oculto: Trasíbulo le estaba aconsejando eliminar a los ciudadanos más destacados y poderosos del estado, aquellos que “sobresalían”, para consolidar su tiranía sin oposición».

La anécdota relatada por Heródoto sobre Periandro y Trasíbulo conecta profundamente con algunos temas clave de la teoría política moderna, especialmente en lo referente al autoritarismo, el control del poder y la neutralización de las élites sociales.

El gesto de cortar las espigas más altas se puede interpretar como una metáfora de la “circulación de élites” que plantearon pensadores como Gaetano Mosca o Vilfredo Pareto. En la teoría moderna, se analiza cómo ciertas élites pueden amenazar el poder establecido, y cómo los regímenes —especialmente los autoritarios— buscan mantenerse eliminando o cooptando a las figuras más influyentes de la sociedad.

El mensaje implícito de Trasíbulo encierra una lógica que aún persiste: en los sistemas autoritarios, la supresión de las voces disidentes o sobresalientes se presenta como una condición necesaria para la estabilidad. Esta idea resuena con lo que Hannah Arendt analizó respecto a los regímenes totalitarios, donde la individualidad se percibe como una amenaza al control centralizado.

La concepción griega de ciudadanía activa entra en tensión con muchos modelos actuales donde la participación se reduce al voto periódico, y donde los individuos más críticos o creativos son con frecuencia marginados o desactivados políticamente. La anécdota puede servir para ilustrar cómo ciertas dinámicas de poder desincentivan la excelencia o el liderazgo independiente por miedo a que se convierta en desafío.

Frente a sistemas modernos basados en el estado de derecho, la escena narrada ejemplifica una forma de poder arbitrario y simbólico, donde el mensaje se transmite sin leyes ni discurso racional, sino mediante gestos e imágenes. Esto recuerda las preocupaciones contemporáneas sobre la erosión de las instituciones democráticas y el retorno del decisionismo político.

La metáfora de Trasíbulo ―cortar las espigas más altas para “nivelar” el campo― adquiere una inquietante vigencia en el contexto político y social contemporáneo. Lo que en la anécdota de Heródoto representa una táctica para eliminar a los individuos más destacados del cuerpo político, puede verse hoy reflejado en múltiples fenómenos que, aunque más sutiles, cumplen una función similar: neutralizar la excelencia, la crítica o la independencia intelectual que pone en cuestión el orden establecido.

En regímenes autoritarios, esta lógica se manifiesta de forma más explícita: la censura, la persecución política, la eliminación simbólica o física de opositores, y la concentración del poder en manos de una élite obediente son ejemplos directos. Pero incluso en democracias formales, puede observarse una tendencia a la homogeneización: figuras demasiado influyentes o incómodas suelen ser apartadas, cooptadas o desacreditadas públicamente. El campo debe seguir “nivelado”, no por el bien común, sino para proteger ciertas estructuras de poder.

En el ámbito laboral, educativo o cultural, esta metáfora también resuena. La mediocridad institucionalizada, la penalización de la creatividad disruptiva, y el miedo a destacar por temor al castigo social reflejan ecos de aquella vieja advertencia. No se trata solo de eliminar al sobresaliente, sino de disuadir a todos de intentar sobresalir.

La lección, por tanto, no es únicamente una crítica al despotismo, sino una advertencia sobre los mecanismos que, bajo apariencia de armonía o estabilidad, suprimen el dinamismo, la pluralidad y la grandeza humanas. En un momento histórico donde la conformidad muchas veces se disfraza de consenso, recuperar el valor de la voz propia ―aunque sobresalga― es un acto profundamente político.

La advertencia que encierra esta reflexión va más allá de una condena clásica al despotismo. Es una alerta vigente frente a las múltiples formas —más sutiles y civilizadas— mediante las cuales las sociedades contemporáneas neutralizan lo singular, lo crítico, lo verdaderamente transformador. Ya no se trata solo de tiranos evidentes ni de regímenes autoritarios; hoy, los mecanismos que restringen la pluralidad de pensamiento y el dinamismo humano se camuflan bajo discursos bienintencionados de unidad, armonía y estabilidad. Vivimos en la gloriosa era de la diversidad, la innovación y la libertad de expresión… siempre y cuando no se te ocurra tomártelas en serio. La creatividad es fantástica, pero que no se te vaya a ocurrir ser demasiado original, no vaya a ser que incomodes. La crítica es bienvenida, por supuesto, mientras se diga con una sonrisa y no mueva un solo ladrillo del edificio institucional. Y la inclusión… oh, la inclusión es sagrada, siempre que no implique cambiar nada en serio. Todo está permitido, mientras nada realmente importante se altere.

Esta paradoja genera una situación inquietante: disfrazar la obediencia de consenso ilustrado. No te atrevas a pensar diferente, que enseguida eres “conflictivo”. ¿Matices? No, gracias. Mejor todo en blanco o negro, que pensar cansa. ¿Y las diferencias? Se acomodan, se callan o, con suerte, se archivan como rarezas. En este panorama, atreverse a tener una voz propia se vuelve un gesto subversivo.

Porque el verdadero peligro no son solo los jefes autoritarios con cara seria, sino las oficinas, aulas y cafés donde el silencio se aplaude y cuestionar es de mala educación. La cohesión está tan sobrevalorada que ya no une: aplasta. Y lo extraordinario… que no moleste, que aquí celebramos la mediocridad con sonrisas diplomáticas.

Ante este panorama, recuperar el derecho a sobresalir —a pensar con libertad, a crear sin pedir permiso y a disentir con argumentos— se convierte en un acto de resistencia y, al mismo tiempo, en una apuesta firme por una sociedad más diversa, profunda y verdaderamente libre. No se trata de alimentar el ego, sino de defender un principio clave: el verdadero progreso no se construye desde el consenso constante, sino a través del intercambio entre perspectivas múltiples, incluso cuando se contradicen.

Hoy más que nunca, hacen falta espacios que no huyan de la diferencia, sino que la reconozcan como impulso esencial del cambio. Sistemas que no repriman la creatividad, sino que la cultiven. Y personas valientes que abracen su singularidad, entendiendo que destacar no es soberbia, sino un compromiso con el futuro y con quienes aún están por llegar.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí